Culto

Heinrich Schliemann: el hombre que descubrió (y casi destruyó) Troya

Guiado por una fantasía infantil, desenterró un tesoro legendario y la máscara de Agamenón, pero sus brutales y "salvajes" métodos casi borran el pasado para siempre.

Para la Navidad de 1829, cuando tenía 8 años, el niño Heinrich Schliemann, hijo de una familia acomodada en el norte de la actual Alemania, recibió de regalo un libro. No era azaroso pues al muchacho le encantaba leer. Era una Historia Universal Ilustrada para niños. Presto, lo primero que revisó fue su período favorito del pasado: la antigüedad clásica. En específico, a los griegos. En una lamina, el libro recreaba el incendio que destruyó la mítica ciudad de Troya, ubicada en Asia Menor. Ello convenció al chiquillo de que Troya, efectivamente había existido. Y más aún. Se propuso encontrarla. “¡Padre, debes estar equivocado! ¡Troya existe! de lo contrario ¿cómo han podido hacer este dibujo?“, le habría dicho a su progenitor.

La anécdota la cita Pilar Luis Peña en su artículo Un hombre llamado Schliemann y un sueño llamado Troya, y da cuenta del gran objetivo de vida del germano: encontrar los vestigios de la verdadera ciudad de Troya, el escenario histórico de La Iliada, el poema épico atribuido a Homero. Estaba convencido que La Iliada no era solo una ficción, algo de sustrato real tenía que tener.

Luego de una infancia y juventud algo tristes, lo cierto es que su empeño y su facilidad para los idiomas hizo que ya hacia la treintena de edad Schliemann se convirtiese en millonario gracias a su habilidad como comerciante. Pero los negocios no lo hacían feliz.

Poco a poco, Schliemann fue reuniendo un capital que pensaba invertir en su gran sueño, descubrir Troya. Para eso, comenzó a prepararse como pudo, en 1866, se trasladó a París, donde comenzó a estudiar Ciencias de la Antigüedad y Lenguas Orientales en la Universidad de la Sorbona. En ella, básicamente se enseñaba lo que hoy conocemos como Historia Antigua.

Tras un fracasado matrimonio con una aristócrata rusa, en 1868 viajó a Grecia por primera vez. En suelo heleno, y pagado de su propio bolsillo comenzó a hacer sus primeras excavaciones, sin más guía que su propia intuición. Comenzó en la isla de Ítaca, la tierra del legendario y astuto héroe Odiseo, el protagonista del poema épico Odisea, de Homero, que acaba de ser adaptada al cine por el cineasta Christopher Nolan. Sin hacer ningún hallazgo relevante, se trasladó a Micenas, y luego, pasó a Turquía, entonces parte del Imperio Otomano.

Ahí tuvo el golpe de suerte que estaba necesitando, pues conoció a Frank Calvert, cónsul británico en los Dardanelos, quien había comprado la mitad de la colina de Hisarlik, en Turquía. En ese lugar, aseguraba Calvert, estaba la sospecha de que se encontraba Troya. De hecho, el mismo Calvert había hecho un par de excavaciones sin resultados. Pero, entusiasta, Schliemann aseguró que él, con sus cuantiosos recursos, sí podría hacerlo.

En 1869 se casó con una muchacha griega de 17 años, Sophia Engastromenos. Con ella, tuvo dos hijos a los que bautizó, cómo no, con nombres helenos: Andrómaca y Agamenón. Al año siguiente, 1870, y tras recibir los permisos de las autoridades otomanas, comenzó sus excavaciones en la citada colina de Hisarlik. Estaba convencido que cumpliría el sueño de su vida.

Sophia Engastromenos

Las dificultades, precisa Peña en su artículo, no fueron pocas. “El frío, los insectos y víboras, los saqueadores, la falta de higiene del lugar”. A poco andar, Schliemann notó que en el lugar no existía una sola ciudad, sino varias. “Se dio cuenta de que el suelo originario de la colina estaba a diecisiete metros de profundidad y que bajo el polvo de tantos siglos no yacía la Troya homérica sino la superposición de seis ciudades”. Inicialmente, Schliemann creyó que la correspondiente a Troya II era la Troya cantada en La Iliada. Años después, rectificó este hallazgo y lo estableció en la Troya VI (o Troya VIIa).

El problema es que Schliemann, al no ser un arqueólogo profesional, recurrió a métodos bruscos, que no tuvieron cuidado con la preservación de sitio. “En el siglo pasado no existía la maquinaria de la que disponemos hoy en día, por lo que toda la excavación se realizó a base de pico, pala y carretilla”, dice Peña.

Como si fuera poco, y con el fin de excavar a la mayor profundidad posible, usó métodos aún peores. El National Geographic dice: “Sus trabajadores utilizaron, según algunas versiones, dinamita y maquinaria pesada para llegar hasta ella, lo que destruyó buena parte de los estratos superiores, más recientes en el tiempo, y causó la pérdida irreversible de información de gran importancia histórica".

Estos métodos dañiños y poco profesionales a la hora de realizar excavaciones abrieron la llamada “Trinchera de Schliemann”, una gigantesca abertura de 17 metros en la colina de Hisarlik, que destruyó parte del lugar y de los vestigios por completo. Sus métodos, como señalan Jill Rubalcaba y Eric H. Cline en su libro Excavando Troya: De Homero a Hisarlik eran “salvajes y brutales”, incluso para los estándares del siglo XIX: “Araba capas de tierra y todo lo que contenían sin llevar un registro adecuado: no cartografiaba los hallazgos ni describía los descubrimientos”. Pero destruir el sitio no fue lo único que hizo Schliemann en Hisarlik.

Vista de la colina de Hisarlik, en la actual Turquía. La muesca en la cima de la colina es la "Trinchera de Schliemann". Representación de Hisarlik, del libro Ilios (1880) de Schliemann.

Schliemann, Príamo y Agamenón

En 1873 la expedición obtuvo su primer gran éxito al desenterrar un gran tesoro de objetos de oro y plata desde el fondo de la tierra. Schliemann, solo con La Iliada como eventual guía, y sin más recursos interpretativos que su propia intuición, los dató como el Tesoro de Príamo, el legendario rey de Troya, el padre de los héroes troyanos Héctor y Paris.

El fabuloso botín constaba de objetos de cobre, varias copas de plata y dos de oro, una jarra del mismo material y un florero de plata en cuyo interior aparecieron dos diademas, 8.750 anillos, seis pulseras, dos copas, una gran variedad de botones y otros objetos; todos ellos finamente labrados. El problema fue que Schliemann no le dio cuenta a las autoridades otomanas del descubrimiento. A las escondidas, se llevó el tesoro rumbo a Grecia, la patria de su esposa y lo ocultó en las granjas de unos familiares de ella. Pero su sed de reconocimiento fue más e hizo fotografiar a Sophia engalanada con las joyas troyanas.

Sophia Engastromenos con las joyas del Tesoro de Priamo.

Por supuesto, tamaña infracción no iba a pasar desapercibida. En 1874 las autoridades otomanas lo acusaron de sustracción de patrimonio nacional y lo condenaron a pagar una multa. Schliemann, ni corto ni perezoso, decidió convertir la sanción en una oportunidad. “La pagó quintuplicada con la condición de que le permitieran retener parte de ese hallazgo y le renovaran el permiso para excavar. En cumplimiento de ese acuerdo dejó la parte convenida con destino al antiguo museo de Constantinopla”, señala Hugo Francisco Bauzá en su artículo La Troya homérica: de Schliemann a Korfmann.

Años después, se demostró que la datación de Schliemaann estaba lejos de la realidad. En su revista, Smithsonian Magazine, el Museo Smithsonian señala: “Aunque Schliemann sostenía que el tesoro de collares, diademas, broches, armas y demás objetos que desenterró en Hisarlik pertenecía a Príamo, excavaciones posteriores demostraron que en realidad procedía de Troya II , una capa datada alrededor del 2400 a. C., mucho antes de la Guerra de Troya. Las ruinas de la Troya de Homero, por su parte, se encuentran varias capas más arriba, en el nivel de Troya VI“.

Pero como quien nace chicharra...mientras Schliemann esperaba que el gobierno otomano le renovara el permiso para excavar en Hisarlik, puso rumbo rumbo a Micenas, Grecia. Ahí continuó en lo suyo e hizo otro hallazgo fabuloso. En la acrópolis de la ciudad, en 1876, descubrió un complejo funerario, y en ella encontró una máscara de oro que Schlimann -de nuevo sin más que su pura intuición- atribuyó al legendario rey miceno Agamenón, uno de los jefes aqueos en la Guerra de Troya, y que aparece por supuesto en La Iliada.

La llamada Mascara de oro de Agamenon descubierta por Heinrich Schliemann en Micenas

Sin embargo, años después, se demostraría que al igual que con el tesoro de Príamo, la datación real correspondería a otra fecha, y no la que se supone vivió el monarca. La máscara habrá sido forjada entre el 1550 y 1500 a.C., lo que la situaría unos 300 años antes. De todos modos pasó a la historia, erróneamente, como la máscara de Agamenón.

Heinrich Schliemann falleció el 26 de diciembre de 1890, durante un viaje en Nápoles, Italia. A pesar de que es un nombre polémico para el mundo de la arqueología debido a sus rudimentarias (y destructivas) formas de excavar, lo cierto es que sus hallazgos cimentaron el relato histórico.

“Las excavaciones de H. Schliemann en Hisarlik (Turquía), entre 1870 y 1890, probaron la existencia histórica de la Troya descrita por Homero. El reciente hallazgo del arqueólogo M. Korfmann (2009) de una importante muralla que rodeaba a esa antigua ciudad corrobora las ideas de Schliemann y otorga fundamento histórico a muchas circunstancias narradas por Homero”, dice Bauzá.

Sin embargo, el arqueólogo e historiador Eric Cline en entrevista con el periódico The Guardian fue más lapidario: “Si se observan los mapas de excavación, verán un hueco en el medio donde dice ‘Palacio removido por Schliemann’. Él se llevó el palacio de Príamo y luego lo desechó. Encontró Troya, pero también la destruyó”. Y todo por una fantasía de niño.

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