Culto

Michel Houellebecq y la eutanasia en Francia: “Comenzó con compasión y terminará con contabilidad”

El escritor francés arremete contra el proyecto de ley que debate la Asamblea Nacional. En sus nuevas columnas, acusa al Estado de camuflar bajo el derecho a la muerte un frío cálculo de costos financieros.

Michel Houellebecq nunca rehúye la polémica. Jamás. Más bien, es un escritor que se alimenta de ella, como el aire. A propósito de la votación en el parlamento francés de la Ley de eutanasia -cuya aprobación definitiva, por parte de la Asamblea Nacional, podría producirse este 15 de julio, después del rechazo del Senado-, el autor de Ampliación del campo de batalla publicó una columna en el conservador matutino Le Figaro donde -una vez más- defendió su postura en contra del derecho a la muerte.

Con el sugerente título El mar ennegrecido por la sangre, Houellebecq anotó: “Es verdad que me he dedicado a escrutar los síntomas del suicidio occidental, el auge del nihilismo; pero no recuerdo haberme alegrado por ello. Entramos en un mundo donde será más fácil morir; habría preferido un mundo donde se pudiera vivir”, escribió el hombre de El mapa y el territorio.

“No estoy seguro de querer pertenecer a una sociedad que legaliza la eutanasia. Al pedir a sus ciudadanos acceso a la eutanasia, Francia está pidiendo su propia eutanasia”, añadió.

En rigor, Houellebecq cuestiona el concepto base, la idea de “dignidad”, pues a su juicio no se puede reducir al ser humano a “su capacidad de interactuar, al menos a través de la palabra”, en una crítica a lo que él define como “progresismo”. El escritor apunta a que cualquier sistema democrático debiera poder revertir ciertas normas.

“Cuando se ha producido un ‘avance social’ (aborto, pena de muerte, matrimonio homosexual, reproducción asistida, gestación subrogada, lo que sea), no se contempla dar marcha atrás, nadie piensa en ello. Esta petición de principio es antidemocrática”.

Incluso criticó a la Iglesia por su rol, adjudicándole responsabilidad por el rumbo de la sociedad, ante proyectos como este. “La religión católica, a pesar de lo que parecen ser algunos leves signos de vitalidad recientes, está desde hace tiempo completamente rezagada en Europa, y no he llegado al extremo de preferir una sociedad islámica bajo el pretexto de que la sociedad laica se aparta de la ley moral”.

Y no bastándole el espacio en Le Figaro, el mismo día en que la publicó -el pasado jueves 9 de julio- también dio a conocer otra columna, esta vez en el Le Point, pero ahora compartida junto a Laurent Frémont –profesor de Sciences Po, cofundador del colectivo Démocratie, Éthique et Solidarités, que reúne a destacados médicos, cuidadores, abogados e intelectuales opuestos a esta propuesta de ley– en la que reitera su oposición a la eutanasia. Ahora sumando argumentos de índole económica.

“Nadie hablará de dinero: las explicaciones las redactan personas discretas. Las cifras, sin embargo, son sencillas: una persona moribunda cuesta dinero, una persona muerta no cuesta nada. Una civilización habría construido hospicios; se aprobará una ley. Es más rápido, casi gratuito, y se denominará un nuevo derecho. Esto comenzó con compasión y terminará con contabilidad”.

“(El deshauciado) entre todos los hombres, el único que ya no devolverá nada: en la contabilidad de flujos, un puro costo, el único ser humano completamente en déficit. Frente a esta aritmética, cada civilización ha establecido un sistema de excepciones: el domingo, la noche, la infancia, la cabecera. Lo sagrado nunca ha sido otra cosa: lo inútil que permanece prohibido. La modernidad los ha ido recuperando uno a uno: ha caído el domingo, la noche se ha desvanecido, la infancia se ha convertido en un mercado. Lo que quedaba era el lecho del moribundo, el último territorio donde no entraba la utilidad. Chesterton solo preguntaba una cosa antes de quitar una valla: saber por qué la habían levantado; esta es la edad de la especie, y la quitaremos a mano alzada. Llamamos descivilización a la extinción de la última excepción”.

“La libertad de morir es una libertad interior; cuando se convierte en un servicio público, cambia su naturaleza y su lealtad. Rilke suplicó que a cada uno se le concediera su propia muerte, aquella que madura dentro de la vida como su fruto; un siglo después, la respuesta es una muerte fabricada: fechada, medida y sancionada oficialmente. Pero no se aborda el miedo al abandono organizando el abandono”.

Un hombre polémico

No es primera vez que Michel Houellebecq se muestra como un opositor a la eutanasia y simpatizante de ideas más bien conservadoras. Lo hizo durante el caso del enfermero Vincent Lambert, un hombre que en Francia optó por el suicidio asistido. En la ocasión, acusó al Estado francés de matarlo porque su muerte solo se debía a razones económicas.

En sus novelas también lo ha hecho. En El mapa y el territorio (2010), el padre del narrador se encuentra en Suiza para ser eutanasiado en Suiza por una empresa llamada Dignitas.

En 2021, cuando el debate agarró fuerza, también publicó una columna en Le Figaro titulada: Una civilización que legaliza la eutanasia pierde todo derecho al respeto. En su columna, Houellebecq defiende la idea de agonizar.

“La agonía es un momento particularmente importante en la vida de un hombre porque le ofrece una última oportunidad (...) cualquier interrupción anticipada de la agonía es un acto francamente criminal”, opina.

El escritor, contrario a quienes defienden la eutanasia pare evitar sufrimiento y dolor innecesario a quienes se enfrentan a sus últimos momentos, asegura que ese padecimiento “tiene sus encantos”.

“No es más que un infierno puro, desprovisto de interés o significado, del que no se puede extraer ninguna lección”, agrega. E incluso, señaló que ese dolor puede ser eliminado mediante el uso de morfina o la hipnosis.

Houellebecq criticó: “Al cabo de un tiempo, una vez alcanzado cierto grado de degradación física, inevitablemente acabaré diciéndome (aunque no me lo señalen) que no me queda dignidad. Bueno, ¿y qué? Si eso es la dignidad, podemos vivir sin ella; no la necesitamos”.

La dignidad, para el autor de Sumisión, es algo que se puede perder. “Todos necesitamos sentirnos necesitados o queridos, o al menos valorados, o incluso admirados, en mi caso. También es cierto que podemos perderla; pero no podemos hacer mucho al respecto; los demás juegan un papel muy decisivo en este sentido. Y me veo pidiendo morir sólo con la esperanza de que alguien me diga: ‘No, no, no, quédate con nosotros’; eso sería típico de mí”, dice en el artículo.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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