La Casa en la Pradera: el filtro de la nostalgia
La pequeña casa en la pradera 2.0 (Netflix) viene a recordarnos que, incluso detrás de los recuerdos más cálidos, también hay polvo, injusticias y cicatrices. Y que siempre estuvieron ahí, aunque nos hayamos encandilado con el atardecer.
Dígaselo con Village. A quien conoce esta frase, vaya esta columna. Con música de fondo y todo. Esa sensación que mezcla tristeza y calidez, con la certeza de que el tiempo no se recobra y que el cliché “todo pasado fue mejor”, no necesariamente se refiere a algo más feliz, pero sí más especial. Lo cierto es que la nostalgia es ingrata. Incluso, puede ser peligrosa. Lima las astillas, suaviza las superficies y filtra los tragos amargos, con el riesgo de que los recuerdos se estampen para siempre en una esquela de Sarah Kay.
Ahí se instala la televisión de los 70 y 80, con su imagen porosa, sonido desfasado y ese hallazgo feliz de sintonizar la serie justo cuando comienza, dando vuelta la perilla gastada de la TV familiar. Sobre todo, si era el inicio de La casa en la pradera, con Melissa Gilbert y compañía rodando por los pastos floridos de una indómita Kansas. Sus 204 episodios, emitidos desde 1974 hasta 1983 y basados en las novelas autobiográficas de la propia Laura Ingalls, instalaron la imagen definitiva de la serie familiar: una mezcla entre western inocente y drama social, bajo la bonachona mirada de Michael Landon, padre ejemplar y héroe de frontera, quien luego perpetuó su propio mito en la inolvidable Camino al cielo.
Pero detrás de una dimensión cándida, siempre hay otra historia. La nueva adaptación de Netflix, recoge la nostalgia y también esa segunda capa. Los nuevos Ingalls siguen buscando prosperidad en el Kansas de fines del siglo XIX, pero ahora el viaje de Charles (Luke Bracey) y Caroline (Crotsby Fitzgerald) tiene otro peso: ella extraña su antigua vida y la profesión que abandonó; él carga con culpas familiares que mueven gran parte de sus decisiones. Laura (Alice Halsey) continúa siendo el corazón del relato, aunque ya no es la única mirada. Mary (Skywalker Hughes) gana profundidad y los personajes secundarios toman un protagonismo inesperado.
Frente a cualquier estreno, la discusión sobre el wokismo se hace inevitable. Y esta no es la excepción. Pero a pesar de algunos cuestionamientos iniciales, la serie incorpora con naturalidad temas claves de la novela: la perspectiva de la Nación Osage frente al colonialismo, y a personajes como el doctor George Tann, un médico afroamericano que desafía el relato tradicional del Oeste norteamericano. Conviene recordar que los personajes de la serie original también padecían enfermedades, pobreza y dilemas morales, aunque la sonrisa reconfortante de Michael Landon nos haya hecho olvidarlo. Pero estas temáticas antes olvidadas, toman un protagonismo necesario, que le da otro espesor a la nueva entrega.
Al final, el mayor obstáculo de la serie, es su belleza. Un problema, si se quiere, muy netflixiano. La nitidez de la imagen, la música incidental, prístina e incansable, los rostros de belleza canónica y gestos publicitarios. Ciertas escenas se acercan, peligrosamente, a un comercial de perfumes y hacen añorar esos tiempos de imagen porosa, sonido desfasado y perillas gastadas.
Basta pasar eso por alto, para que la serie muestre sus verdaderos colores y encuentre su valor en el contexto actual. La pequeña casa en la pradera 2.0 viene a recordarnos que, incluso detrás de los recuerdos más cálidos, también hay polvo, injusticias y cicatrices. Y que siempre estuvieron ahí, aunque nos hayamos encandilado con el atardecer.
Así solemos recordar las series de nuestra infancia, como refugios inocentes con más luces que sombras. Pero basta volver a ellas para descubrir que, quizás, los que cambiamos fuimos nosotros.
Lo último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE