Milo J y una noche desde el sur del tiempo en el Estadio Monumental
Con un espectáculo que mezcló murga, folklore, trap y una puesta de fuerte carga simbólica, el argentino mostró en la fría noche del sábado una sorprendente solidez artística y una conexión transversal con el público chileno, guiño a Mon Laferte incluido.
“Gracias Milo por ponerle música a lo que sentimos”, rezaba el cartel que una entusiasta fan levantaba desde las primeras filas, como esperando algún gesto, alguna mirada, alguna bendición como respuesta. Como sea, era un sentimiento que parecía repetirse entre todos quienes llegaron al Estadio Monumental.
De Morón al Monumental con una banda fenomenal, la experiencia barrial y rioplatense de Milo J mostró la densidad del alcance que lo tiene encumbrado como un fenómeno de la música latina. Tras su celebrada presentación en el Festival de Viña esta temporada, era claro que su fanaticada local mostraría un mayor compromiso. Y así sucedió.
Ante un estadio repleto pese al frío intenso que bajó sobre la capital la noche del sábado 23 de mayo, el joven trasandino presentó un show articulado sobre la médula de su celebrado La vida era más corta (2025). Pero no elude su momento. Por ello el arranque tiene en escena a la murga de Agarrate Catalina, claves en el acompañamiento vocal del disco, la gira promocional y asimismo en la sesión Tiny Desk.
Por ello es que la presentación abre con un guiño a ese show. “Venimos del sur del tiempo de un edén en los suburbios pardo mestizos y rubios trepados al mismo tiempo”, suena en vivo el recitado de los murgueros uruguayos en el Tiny que se volvió viral. Hay quienes lo corean, como si fuera el estribillo de una canción, o un refrán popular. Ambos pueden ser.
Con el arranque de Bajo de la piel, inició también el coreo masivo. Y de inmediato la impone la claridad de que el proyecto navega entre las aguas del trap, la música latinoamericana, la poesía y la calle. Hay pistas, hay efectos, pero también hay instrumentos en vivo. Incluso más enfatizados en la mezcla de sonido.
El de esta noche es un show de intención íntima a escala mainstream. Pasan los temas ineludibles, cámaras en el escenario, una pasarela central y un andamio que permite una segundo nivel en el escenario. Dispuestos en el escenario, pequeños retablos, que mezclan flores, tejados, arquitectura barrial; puede ser Montevideo, Guanajuato o Lima, da igual. La imagen está cargada de latinoamérica.
Suena algo del material más trap como 3 pecados después, que despierta a la gente. Aunque se ha hecho cargo de su estatus de figura de la música latina, el show de Milo J puede funcionar perfectamente en el contenido entusiasmo de una peña folclórica, como en la ambición de estadio.
Suenan las guitarras criollas, destaca el violín de la santafesina Tamara Meschller (con el mismo poncho que vistió en el Tiny Desk) e incluso hay espacio para un solo entre la batería y la percusión folclórica, como para remarcar que esto es música orgánica que tomó por asalto al algoritmo.
De todas formas, el fenómeno de Milo J mantiene el misterio que hace crecer a los buenos proyectos. Y deja en claro que ha logrado un sorprendente alcance transversal; muchos niños en el público (que cantan con impresionante convicción las letras cargadas de imágenes y poesía), otros tantos luciendo la camiseta del Deportivo Morón -con el auspicio del cantante- y público sub 40.
También aparece un actor y un árbol desnudo de hojas montado en la pasarela central, que guiña al universo visual del disco. Cuando suena MmmM, las flamas aparecen en el árbol; una imagen que combina la furia quirúrgica del fuego y la fragilidad del esqueleto maderoso. Un sentido de la narración que va desde los textos al escenario.
A ratos Milo J canta desde la pasarela, en otros momentos sube al segundo nivel y también opta por darle protagonismo a los músicos. El actor en escena parece traducir las emociones que el de Morón dispara en sus rimas. También tiene su momento, durante un intermedio, con un recitado. “La vida era más corta, sí, pero tal vez sea mejor que una larga vida carente de sentido”, declamó ante el aplauso del respetable.
Tras una pausa, Milo J vuelve al escenario luciendo la actual camiseta alternativa de la selección chilena. Un clásico gesto de “tribuneo” pero que en el caso de él, no parece demasiado forzado. Y cuando empieza Niño, la gente comienza a corearla con fuerza, como si con ello se pasara el frío. Milo los mira, sorprendido.
Es el tramo más intenso de la noche. Pasan Llora Llora -con aplausos para Akriila, aunque su voz suena en la pista-, Gil, Olimpo y M.A.I. En el segmento en que suena Que pena siente el alma, Milo invita a la gente a conectar con Violeta Parra. Hay quienes derraman una lágrima. Otros corean como posesos. Y más cuando sonó su personal interpretación, cargada de tonos graves, de Mi buen amor, de Mon Laferte, la chilena más internacional en estos días. “Soy re fan de Mon Laferte. No salió como esperábamos, pero salió”, comentó.
También pasa por Luciérnagas, el tema que interpreta originalmente junto a Silvio Rodríguez, lo que engancha con el público local aprovechando el fuerte vínculo del cubano con el país. Y para el final vuelve a echar mano al material más trapero, con temas como No hago trap. Aunque el público está ganado, es claro que Milo está tratando de acomodar sus universos. Pero lo que más impacta, es su sorprendente madurez artística, pese a que aún no tiene 20 años. Una sorpresa desde el sur del tiempo.
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