Napoleón en Santa Elena: sus últimos días entre humillaciones, enfermedad y soledad
Tras ser derrotado en la batalla de Waterloo, el destronado emperador de Francia fue confinado por Gran Bretaña en una remota isla del Atlántico Sur. Desde la niebla perpetua de Longwood y los constantes choques con el gobernador británico, hasta el avance de su fatal enfermedad y la redacción de sus memorias, así transcurrió el trágico exilio final de Napoleón Bonaparte.
“Vengo como Temístocles a sentarme en el hogar del pueblo británico. Me pongo bajo la protección de sus leyes”, fue lo que de acuerdo al historiador Jean Tulard en su biografía (Napoleón, 2012), habría dicho Napoleón al momento de abandonar la isla de Aix, en Francia, para ponerse bajo resguardo del pabellón británico, en el buque Bellerophon. Consciente de que tenía un lugar en la historia, y amante de la antigüedad clásica, el corso dejó por escrito su voluntad.
Por entonces, el célebre emperador huía derrotado tras la desastrosa batalla de Waterloo, el 18 de junio de 1815. Pese a contar con el apoyo popular, su apoyo político era nulo, y el regreso del rey Luis XVIII inminente. Por ello, Napoleón huyó del territorio continental francés rumbo a Aix, donde analizó sus opciones. Y entregarse a los británicos, curiosamente, no le parecía del todo mal. Tulard cita el testimonio de Las Cases, uno de sus oficiales cercanos, que por entonces lo acompañaba.
“El Emperador nos reunió en una especie de consejo —contó Las Cases—; se debatieron todas las posibilidades…No se le podían plantear exigencias al crucero inglés. No quedaba más remedio que o bien volver a tierra y emprender la guerra civil, o aceptar las ofertas presentadas por el capitán Maitland. Nos decidimos por esta última opción. Se nos dijo que, a bordo del Bellerophon, nos encontraríamos ya en suelo británico, y que los ingleses se verían obligados, desde ese mismo instante, por los derechos de hospitalidad. Disfrutaríamos, desde ese momento, de los derechos civiles del país".
Pese a que el Bellerophon efectivamente condujo a Napoleón a suelo británico, y que su llegada significó que los curiosos en los puertos de Torbay y Plymouth se acercaran al muelle para verlo, lo cierto es que su destino estaba zanjado. Al corso no se le permitió desembarcar, y pronto fue notificado lo que las autoridades inglesas habían decidido para él: el exilio en la remota isla de Santa Elena, posesión británica en el Atlántico Sur. Para ello, Napoleón y su séquito fueron transferidos desde el Bellerophon al buque Northumberland.
Fue el 15 de octubre de 1815 cuando el emperador de los franceses pisó la que sería su última morada. En verdad, el destierro en Santa Elena era lo más parecido a mandar a alguien al medio del desierto casi con lo puesto, porque la isla -hasta hoy- es un lugar muy difícil de acceder. El historiador Andrew Roberts la describe así en su libro Napoleón. Una vida (2016): “Con una superficie de solo 220 kilómetros cuadrados, y una circunferencia de 45 kilómetros, la roca volcánica de Santa Helena se encuentra a 1.850 kilómetros de Angola, a más de 3.200 de Brasil y a 1.125 de la superficie más próxima, la isla de Ascensión. Ha sido descrita como ‘más alejada de cualquier sitio que cualquier otro sitio del mundo’”.
La isla estaba regida por una empresa privada, la Compañía de las Indias Orientales Británica, y en gran parte Santa Elena servía como punto de pertrechos para los navíos en viaje. “Desde mediados del siglo XVII hasta 1834 esta oscura mota en el confín del imperio británico se utilizó como punto de abastecimiento de agua en el trayecto de ida o de vuelta de la India. En 1815 su población estaba compuesta por 3.395 europeos, 218 esclavos negros, 489 chinos y 116 malayos. El gobierno inglés firmó un acuerdo con la Compañía de las Indias Orientales, que regía la isla, por el que accedía a sufragar el encarcelamiento de Napoleón allí”, agrega Roberts.
Por supuesto, no es que Napoleón haya sido dejado a su suerte en la africana isla, al momento de su llegada se le hospedó en la casa de la familia Balcombe, mientras se terminaba de construir una casa en la zona de Longwood, que sería su última morada. A toda prisa, se terminaba de afinar el lugar diseñado especialmente para él y a donde llegó a los dos meses de estadía.
La niña y el gobernador
Con los Balcombe, Napoleón pasó buenos momentos, incluso, dice Roberts, hizo amistad con la hija menor del clan, Betsy, de 14 años. “Esa amistad comenzó cuando Napoleón puso a prueba a Betsy con las capitales de Europa. Cuando le preguntó por la de Rusia, respondió: ‘Ahora, San Petersburgo; antes, Moscú’, frente a lo que ‘se giró bruscamente y, clavando en mí sus ojos penetrantes, me preguntó con severidad, ‘¿Quién la incendió?’. Se quedó estupefacta, hasta que él se empezó a reír y dijo: ‘Oui, oui. Sabes muy bien que fui yo el que la incendió’, a lo que la adolescente le corrigió: ‘Creo, señor, que la incendiaron los rusos para librarse de los franceses’. Con esta respuesta, Napoleón se volvió a reír, y la amistad con ‘mademoiselle Betsee’“.
Pronto, Napoleón llegó a su nueva residencia. Ocurre que, según Roberts, Longwood era el lugar que tenía el peor tiempo atmosférico de la isla, con una humedad tropical asfixiante. “Longwood se encuentra sumida en la niebla durante más de 300 días al año. La humedad habitual es del 78%, y alcanza muchas veces el 100%. Así pues, todo está leve pero constantemente húmedo, incluso el papel de las paredes y los árboles, doblados por el viento, aparecen cubiertos de líquenes. Para que Napoleón pudiese jugar a las cartas era necesario secarlas en el horno, porque, si no, se quedaban pegadas”.
Así, con la lentitud y la pesadumbre, los días pasaban lentos en la residencia de Longwood. Dice Tulard: “En la atmósfera asfixiante de la isla, Napoleón repartía su tiempo entre los paseos por el espacio permitido por las autoridades inglesas, los dictados a sus compañeros y la lectura: en Longwood, se reunió una biblioteca de dos mil volúmenes, cuyos títulos conocemos. Vida taciturna, que se volvía más penosa por un clima en el que reinaban las nieblas y las lluvias, y por la tensa atmósfera que creaban las rivalidades y las susceptibilidades entre los miembros del entorno”.
Pero no todo sería tan apacible, porque pronto comenzaron los choques con el gobernador de la isla, Hudson Lowe. “Subalterno de una inteligencia mediocre, esclavo del reglamento y aturdido por una responsabilidad demasiado grande”, dice Roberts.
Hudson Lowe tuvo el dudoso privilegio de ser el último enemigo de Napoleón, pues al ser un hombre rígido entró rápidamente en conflicto con el estelar prisionero, así lo explica Roberts. “Lowe se quejó de la cantidad de leña que se consumía en Longwood, regañó a William Balcombe porque Betsy había montado uno de los caballos de Napoleón, se negó a que afinasen su piano y prohibió que le entregasen unos libros de historia, un busto del Rey de Roma y un juego de ajedrez de marfil grabados con la ‘N’ imperial...y prohibió al capellán de Santa Elena recibir como regalo una cajita de rapé de Napoleón, alegando que se trataba de un intento de soborno a un funcionario”.
Roberts también agrega un dato: Napoleón se resignó a pasar el resto de su vida en Santa Elena y no hizo ningún intento de fuga, a pesar de que en un momento le acercaron un plan. “Napoleón nunca se planteó intentar escapar de Santa Elena, algo sorprendente teniendo en cuenta que hasta Rochefort todos sus intentos —Córcega, Egipto, Elba— habían tenido éxito. Sí que fingió, a modo de broma, un intento de fuga, al lanzarse cabalgando cerca de un precipicio, escapando de la vigilancia del capitán Thomas Poppleton del 53º Regimiento, pero Cockburn no se alarmó y dijo a su compatriota que seguramente le encontraría si regresaba a Longwood, lo que efectivamente sucedió”.
“Entre su séquito sí que se produjeron numerosas conversaciones en torno a la posibilidad de fugarse, e incluso se llegó a esbozar algún plan, como el diseñado por el general Lallemand y un tal coronel Latapie, que habían huido de Malta dos meses después de ser encarcelados allí. Latapie propuso ocupar la isla de Fernando de Noronha, a 350 kilómetros de la costa brasileña y empleada como prisión por los portugueses, incitando a la rebelión a sus 2.000 presos y embarcando desde allí hasta Santa Elena para liberar a Napoleón. Pero él mismo lo rechazó, calificándolo de ‘historieta que se han inventado para dar mayor autoridad a las vejaciones de sir Hudson Lowe’”.
En su rutina diaria, Napoleón se dedicaba sobre todo a dictar sus memorias. “La rutina diaria de Napoleón en Longwood, hasta su enfermedad en 1820, consistía en levantarse a las 6 de la mañana, tomar té o café, lavarse, afeitarse y recibir un masaje de cuerpo entero con colonia; ‘Frota más fuerte’, decía a sus sirvientes, ‘como si estuvieses frotando a un mulo’. Desayunaba a las 10, dictaba después sus memorias, y después tomaba un baño de entre una y tres horas, llegando incluso a comer mientras tanto. A primeras horas de la tarde recibía visitas en el salón, sentado junto al fuego con el sombrero bajo el brazo, antes de dar un paseo hasta la casa de Bertrand, para regresar luego y corregir la copia dictada antes de la cena”.
“Está tan débil y falto de descanso”
Entretanto, la salud del emperador comenzó a empeorar. Aparecieron unos dolores y males concentrados en la zona estomacal. Lo señala Jean Tulard: “En 1817, estuvo aquejado de una fuerte disentería y dolores reumáticos. La enfermedad se volvió crónica, a pesar de los esfuerzos del médico irlandés O’Meara, a quien expulsó el gobernador por complicidad con los franceses. En 1819, se agravaron los vértigos. El médico de la Marina Stokoe, que diagnosticó una hepatitis ocasionada por el clima, fue devuelto a Inglaterra”.
Para 1818, ya había dictado sus memorias y su salud era peor que nunca. Ese año, la familia de su querida amiga Betsy abandonó la isla. Antes de marchar, la joven pasó a despedirse de su célebre amigo, y tiempo después anotó cómo fue que lo vio. “Tiene el rostro de color cerúleo, y las mejillas caen formando bolsas en ambos lados de la cara. Los tobillos están tan hinchados que sobresalen por encima de los zapatos; está tan débil y falto de descanso que, si no se apoyase con una mano en una mesa, y con la otra sobre el hombro de un ayudante, no se mantendría en pie”.
Roberts apunta que ese mismo año aparecía la enfermedad que le costaría la vida. “Entre principios y mediados de 1818 hizo su aparición el cáncer de estómago que acabaría con su vida, aunque no le fue diagnosticado con precisión hasta dos años después”. Enfermedad, que por cierto, también había causado la muerte de su padre.
El cáncer empeoró sobre todo en 1820. “Hacia julio de 1820, aparecieron las náuseas y los dolores en la zona del estómago; pronto, Napoleón ya no pudo alimentarse más que de potajes y gelatina de carne”, señala Tulard.
Viendo el final más cerca, Napoleón hizo su testamento el 15 de abril de 1821, en el que pidió ser enterrado a las orillas del río Sena, “en medio de la nación francesa a la que tanto he amado”. Expiró a los 51 años, el 5 de mayo de 1821 a las 17:49. “Durante los tres últimos minutos, dio tres suspiros. En el momento de la crisis, ligero movimiento de las pupilas, movimiento irregular de la boca y del mentón a la frente, una regularidad como en un péndulo”; señala Tulard.
Hoy, la casa de Longwood, donde vivió Napoleón, todavía existe y se puede visitar. Fue su sobrino, el emperador Napoleón III, quien en 1854 negoció con Inglaterra la compra de la propiedad, junto con otras dos relacionadas con el paso del emperador por la isla. Hoy se conocen como dominios franceses de Santa Elena, que en rigor, no constituyen una dependencia de Francia, sino que son propiedades privadas de ese país dentro de la isla de bandera británica.
Napoleón, por su lado, pudo volver finalmente al Sena. Tras haber sido enterrado en Longwood, en 1840, el gobierno de Luis Felipe I logró su repatriación. Sus restos llegaron en la fragata Belle-Poule, y se depositaron en el mausoleo Les Invalides, de París.
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