Pierre Lemaitre: “Hoy la fe en el futuro está en quienes creen que la tecnología permitirá liberarnos de la amenaza climática”
Con Grandes promesas, el escritor francés concluye su ciclo dedicado a “Los años gloriosos", las décadas de expansión capitalista en la Francia de la posguerra. Ganador del Premio Goncourt, Lemaitre habla de las secuelas de ese período, de la pérdida de fe en el progreso y de su ambicioso proyecto narrativo.
A inicios de los años 60 el futuro se veía con ilusión en Francia. Las privaciones de la posguerra quedaban atrás. El país crecía y el automóvil familiar se convirtió en el símbolo del progreso. Con él llegaron las grúas, las nuevas carreteras, el auge inmobiliario. La vida cotidiana parecía rodeada de objetos y bienes materiales que abrían un horizonte de desarrollo, recuerda el escritor Pierre Lemaitre.
-Pertenezco a la clase media baja, una de las que se beneficiaron de ese apogeo del capitalismo europeo. El primer televisor, el primer automóvil familiar, luego el primer teléfono en el living de la casa… y esa sensación de que el mundo se abría hacia un progreso infinito… El futuro se veía prometedor.
Nacido en 1951, Lemaitre fue testigo de esa transformación durante su niñez. Aquellos años de modernización, que abarcan de 1945 a 1973, fueron conocidos como “Los años gloriosos”: los años dorados del capitalismo francés. Una época feliz en cierto modo, pero menos atenta acaso a las tensiones que persistían y los nuevos problemas: la lucha de las mujeres con el machismo ambiental, los inmigrantes en una sociedad heredera del pasado colonialista y los problemas ambientales derivados del crecimiento acelerado.
-Fue una especie de adolescencia de Europa- dice Lemaitre.
Grandes promesas (Salamandra), su nueva novela, cierra un ciclo de cuatro novelas dedicadas a ese período y protagonizadas por la familia Pelletier. Ambientada entre 1963 y 1964, esta entrega se abre con un incendio. Jean Pelletier rescata a un bebé y se convierte, súbitamente, en una estrella popular. Su esposa, la ambiciosa Geneviève, trata de sacar provecho de la situación. Pero la admiración pública convive con la sospecha: François, su hermano periodista, investiga una serie de asesinatos de mujeres y se pregunta si Jean, un exitoso hombre de negocios, no oculta una identidad más oscura.
“Fueron años felices para una gran parte de la población, lo que no significa que lo hayan sido para todo el mundo. Como cualquier otra época, también generó exclusiones”.
En la ciudad las calles están intervenidas por las obras públicas: la construcción de la circunvalación de París simboliza el progreso, pero tiene costos sociales: destrucción de barrios, desarraigados y desplazados. Entre ellos aparece Manuel, el hijo de campesinos españoles refugiados. La novela presenta un gran elenco de personajes, que incluye a la tía Thérese, la bondadosa hermana de Geneviève, y los hijos de esta última, Colette y Philippe.
Ganador del Premio Goncourt en 2013 por Nos vemos allá arriba, novela ambientada en la Primera Guerra Mundial, el escritor francés ha elaborado un gran fresco narrativo del siglo XX francés: exploró también el período de entreguerras y la ocupación alemana. Y adelanta que ampliará su saga hasta los años 90. Literariamente, su obra dialoga con Víctor Hugo, Alexandre Dumas, Balzac y Zola, y de algún modo revive la energía del folletín del siglo XIX, proyecto que lo ha convertido en uno de los autores más leídos de su país.
Para el diario Libération, Lemaitre “mantiene un delicado equilibrio entre la crítica social y el suspense, entre la gran historia francesa y los mezquinos deseos de un adolescente que mira por el ojo de una cerradura”. A su vez, Le Figaro anotó que el autor “nos ofrece una historia digna de una tragedia, un terrible dilema moral entre los hermanos Pelletier (...). Es imposible decir más sin desvelar el magnífico mecanismo narrativo creado por Lemaitre”.
“Los años gloriosos” es una expresión acuñada por el economista Jean Fourastié para designar el período de prosperidad que Francia vivió desde la posguerra hasta 1973. Al mirar hoy esos años, ¿qué impresión le dejan? ¿Fueron realmente años felices?
Fueron años felices para una gran parte de la población, lo que no significa que lo hayan sido para todo el mundo. Como cualquier otra época, también generó exclusiones, pero el “efecto de progreso” era lo suficientemente poderoso como para que esas exclusiones no nos parecieran tan evidentes como hoy, cuando uno esquiva a las personas sin hogar para sacar dinero de un cajero automático.
¿Todavía se idealiza ese período? ¿Quiso mostrar las grietas de esa imagen?
No, no tengo esa impresión. Me parece que hoy existe un consenso para analizar ese período con la severidad que merece. Eso no significa, sin embargo, que seamos capaces de extraer las consecuencias que deberían imponerse, sobre todo respecto de la cuestión más urgente: el calentamiento climático.
Lo que me interesaba era hacer chocar a estos personajes estereotípicos de la época con los excluidos: los desempleados de la posguerra, las mujeres enfrentadas al aborto, el éxodo rural.
Usted explora esa época a través de los miembros de una familia. Una familia próspera, ciertamente, pero como decía Tolstói, “cada familia infeliz lo es a su manera”.
Con esta familia, los Pelletier, quise mostrar lo que podía ser una familia feliz de “Los años gloriosos”. Cada uno de los hijos logra, más o menos, tener éxito profesional; el nivel de vida mejora para todos; cada pareja tiene dos hijos —algo bastante modesto para la época— y, salvo la pareja formada por Jean y Geneviève, sus vidas personales son más bien satisfactorias. Lo que me interesaba era hacer chocar a estos personajes estereotípicos de la época con los excluidos: los desempleados de la posguerra, las mujeres enfrentadas al aborto, el éxodo rural, los marginados de la modernidad, entre otros.
La novela comienza con un incendio en el que Jean salva a un bebé y se convierte en un héroe popular. Pero sabemos que sobre él pesan fuertes sospechas. ¿Le interesa especialmente esa dualidad moral y la complejidad de los personajes?
Me parecía fértil para la novela que un mismo personaje fuera buscado simultáneamente porque se sospecha que es un asesino en serie y porque ha realizado un acto heroico. Esa dualidad remite también a la de su hermano, que deberá enfrentar un terrible dilema moral en el que solo tendrá que elegir entre dos malas soluciones… y será tarea del novelista intentar encontrar una tercera. El lector juzgará.
En Grandes promesas, París parece invadido por las grúas y las obras viales. El gran emblema de la época parece ser el automóvil, ese “producto perfecto del capitalismo moderno”, y uno de sus símbolos es la construcción del bulevar periférico. ¿Qué representaba para Francia?
Condensaba una gran parte de los estereotipos culturales de la época: la ilusión de la libertad —que se confundía con la movilidad—; la ilusión del éxito —aunque los automóviles más básicos estaban al alcance de los bolsillos más modestos—; la ilusión de la aventura —que, en realidad, para la mayoría terminaba en un camping de verano—; el objeto práctico por excelencia, que terminó atrapado en los primeros atochamientos masivos y los primeros tacos históricos; e incluso algo muy sexy, aunque la píldora anticonceptiva todavía era prácticamente una idea teórica.
El automóvil concentraba todo eso, lo que lo convierte al mismo tiempo en el símbolo ideal de la época y en uno de los objetos contaminantes más representativos del período que nos condujo al desastre.
Otra escena fundamental es la de Manuel, hijo de inmigrantes españoles, enfrentado a un jabalí que se le escapa. Ese episodio parece cargado de simbolismo...
Esta vez elegí que la trayectoria de la feliz familia Pelletier chocara con la de un inmigrante de segunda generación, en una época de fuerte inmigración. Intento fusionar la historia de un inmigrante que fracasa en su integración a una sociedad todavía muy colonial en su funcionamiento social, con el éxodo rural del que será víctima debido a la generalización de la agricultura intensiva y con la exclusión inmobiliaria que afectó a las poblaciones más vulnerables ante la fiebre constructora que inició un largo proceso de urbanización y cementificación del país.
Junto a ese acelerado proceso de modernización urbana y crecimiento inmobiliario aparece otro fenómeno: la corrupción. ¿Qué lugar ocupa en la novela y en su visión de esa época?
El mismo que ocupa siempre en los períodos de capitalismo desenfrenado. Cuanto más poderoso se mostró el capitalismo, más se desarrollaron los fenómenos de corrupción. El dinero comenzó a circular cada vez más rápido y la corrupción siguió la misma curva ascendente.
Hacia el final del libro descubrimos que el narrador es François. Él se pregunta si esos años podrían considerarse “la última página del siglo XIX”: la última época en la que el futuro todavía se concebía con esperanza. ¿Cree que esa fe se perdió?
Sí, lo creo, e incluso pienso que es conveniente asumirlo. Hoy la fe en el futuro está encarnada por los ecotecnócratas que todavía sueñan con que la tecnología nos permitirá liberarnos de la amenaza climática. Creo que es preferible ser menos soñador, más pragmático… y más radical.
Quemamos la vela por ambos extremos sin tener la menor idea de las consecuencias trágicas de lo que estábamos haciendo.
Al observar esta saga en su conjunto, ¿qué siente haber descubierto al recorrer narrativamente la Francia de la posguerra?
No hice más que confirmar la intuición que tenía al comienzo de la tetralogía: esos 30 años fueron una especie de adolescencia de Europa. Quemamos la vela por ambos extremos sin tener la menor idea de las consecuencias trágicas de lo que estábamos haciendo.
Los grandes novelistas
La novela está dedicada a Victor Hugo y Alexandre Dumas. ¿Qué aprendió de ellos?
Del primero aprendí lo que significa la amplitud novelesca, aunque yo mismo no consiga alcanzarla; del segundo, el aliento novelesco, que tampoco logro dominar plenamente. La amplitud consiste en la capacidad de reunir en una misma obra la intriga, la emoción, la historia colectiva y los destinos individuales de los personajes. El aliento consiste en sostener la novela mediante una energía narrativa continua.
Nadie lo ha hecho mejor, en esos dos ámbitos, que los grandes novelistas del siglo XIX, desde Hugo hasta Tolstói, y desde Dumas hasta Dickens.
Considero que la novela por entregas es una de las formas narrativas más modernas y eficaces; las series de televisión no hacen otra cosa.
De alguna manera, su obra parece haber revitalizado, con un lenguaje y un ritmo contemporáneos, la gran novela social y por entregas del siglo XIX. ¿Se reconoce en esa tradición?
Era mi ambición. Considero que la novela por entregas es una de las formas narrativas más modernas y eficaces; las series de televisión no hacen otra cosa. Siempre me sorprendió que esa manera de construir las intrigas hubiera desaparecido un poco del panorama literario. Si modestamente he contribuido a ponerla nuevamente de moda, entonces no habré escrito en vano.
Como lector, uno tiene la impresión de que usted disfruta enormemente escribiendo. ¿Es así?
El impulso del placer es el motor principal de mi trabajo, con la ilusión de que también arrastre el placer del lector… Un programa ambicioso.
Ahora que este ciclo narrativo está llegando a su fin, ¿comenzará otro?
En teoría, todavía deberíamos ver concluir la serie con las últimas décadas del siglo XX, entre los años 70 y 90, y con la tercera generación de los Pelletier: Colette, Philippe y sus primos.
En un plano más personal, ¿mira el futuro con esperanza o preocupación?
Con mucha preocupación. La democracia retrocede prácticamente en todas partes del mundo, al mismo ritmo en que las ideas de extrema derecha ganan terreno. La comunidad internacional que está al mando es totalmente incapaz de adoptar las medidas necesarias frente al calentamiento climático. El mundo entero aplaude una Copa del Mundo de Fútbol, gigantesca operación capitalista cuatro veces más contaminante que las ediciones anteriores. Se necesita un temperamento muy especial para seguir siendo optimista respecto del futuro.
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