Fundación Balmes Barrios será inaugurada a fin de año

Gracia Barrios y José Balmes en su casa de Ñuñoa en 1983.

Para dar curso a la entidad, la familia realiza un catastro de las obras de los Premios Nacionales José Balmes y Gracia Barrios. A la fecha llevan 400 obras catalogadas.


Si Frida Kahlo (1907-1954) y Diego Rivera (1886-1957), los dos mayores iconos de la pintura mexicana, tejieron una de las historias de amor más tormentosas en la historia del arte del siglo XX, los Premios Nacionales de Artes Plásticas Gracia Barrios (1927) y José Balmes (1927-2016) hicieron lo propio, pero lejos del drama, trenzando un romance bulladamente feliz. “Son pocas las parejas de artistas como ellos, con un matrimonio muy unido, con toda una vida hecha en torno al arte”, cuenta Concepción Conchita Balmes Barrios (1957), artista y única hija de la pareja. “Imagínate que siempre compartieron su taller: tenía forma de ‘L’, pintaban todos los días cada tarde, uno en una esquina y el otro en la otra, al medio tenían una mesita donde tomaban té. Mi mamá trabajaba escuchando música clásica y mi papá tenía una tele donde ponía fútbol o noticias. No sé cómo lo hacían, pero convivían de lo más bien”.

Barrios dejó de pintar en 2013. Fue dejando poco a poco la pintura aquejada por los achaques propios de la edad y una pérdida de memoria progresiva. Balmes, por su parte, abandonó los pinceles en 2014, dos años antes de su muerte. El taller de ambos, sin embargo, sigue tal cual. “Nos hemos preocupado de cuidar mucho el lugar. Sus pinturas, sus pequeñas libretillas y hasta las obras, están guardadas de la misma manera”, cuenta Conchita sobre el espacio ubicado en su histórica casa de Ñuñoa, que hoy la familia evalúa convertir en una casa-museo. “Me gusta mucho esa idea, pero también requiere de una figura legal previa”, acota la artista, quien junto a su hija Elisa Triviño, actualmente trabaja para dar forma a la Fundación Balmes Barrios.

“Los propósitos de su creación son dar cauce a la correcta administración de su patrimonio, sabemos que sus obras no nos pertenecen solo a nosotros, sino que son parte de la historia de Chile”, acota Triviño.

Por mientras, madre e hija, trabajan en un catastro que ya lleva 400 obras catalogadas, desde los años 60 hasta el 2012. “Son obras enmarcadas y en bastidor que pertenecen a la familia. También hay dibujos, pero eso todavía está en proceso de inventario”, cuenta Triviño. Conchita agrega: “Es difícil estimar cuántas obras son en total, pero entre colecciones privadas y públicas, deben existir más del doble, cerca de las mil, incluso más”.

Terminado el catastro, los planes son dar curso a un catálogo razonado que abarque toda la obra de la pareja. Será una de las primeras iniciativas de la fundación, pero también hay otras como hacer exposiciones internacionales o prestar obras a museos extranjeros. “Debería estar constituida legalmente a fines de este año y nos gustaría que tuviera como centro de funcionamiento la misma casa de Ñuñoa”, dice Conchita.

Obras recuperadas

Por estos días, galería VALA (Av. Holanda 2012, Providencia) expone ocho obras de Balmes y Barrios. Dos fueron rescatadas de la Academia de Bellas Artes y las otras seis del Palacio La Moneda, donde llegaron en calidad de préstamo el año 2000, tras asumir la presidencia Ricardo Lagos.

“Prestar obras era algo que hacían regularmente”, cuenta Triviño. “En el período de Eduardo Frei también habían facilitado algunas, pero esas después fueron adquiridas. Estas, en cambio, se fueron quedando, siempre las veíamos por televisión en la sala del comité político”, agrega.

“Son trabajos muy representativos de la obra de ambos”, cuenta Marcelo Aravena, director de VALA, quien gestionó la devolución. “Hay coleccionistas interesados, pero por su valor patrimonial esperamos que sean adquiridas por una institución pública”.

“Tienen mucho con ver con la pintura latinoamericana”, dice Conchita sobre las dos obras de mayor tamaño de la muestra. La flor amarilla o el sueño bolivariano (1995) de Gracia Barrios “habla de la unión americana y hace una alusión a una novela de García Márquez”, dice la artista, y sobre la pieza En tierra (1989) de José Balmes, explica: “Aborda los cuerpos desaparecidos en el norte durante la dictadura en Chile (…) El gran cambio que introdujeron mis papás fue dar curso a un cuestionamiento social en el arte que antes apenas existía: dejaron de lado esa visión académica de la pintura de caballete y, en cambio, hablaron de temas contingentes, dando cabida al artista como ser activo en la sociedad, al artista ciudadano”.

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