Diario Impreso

El aprendiz de un ídolo

<P>Hace un mes, el tenista chileno Matías Sborowitz (753° ATP) puso fin a la relación con su coach Horacio de la Peña. En ese momento, su madre llamó a Fernando González y dos semanas después, el ex 5º del mundo y triple medallista olímpico regresó al tenis, por primera vez como entrenador. De esa relación, hablan los dos en la cancha.</P>

El sol abrasa inclemente sobre la cancha número 6 del Estadio Israelita. Comuna de Las Condes, 16 horas en punto. Fernando González aparece en el lugar con lentes oscuros, una botella de agua en una mano y su raqueta en la otra. De pie, justo en medio del cuadrado de líneas blancas, está Matías Sborowitz y en el cuadrado contrario, separado por la red, hay otro muchacho concentrado en su posición de juego. González toma varias bolas amarillas de un canasto, se planta en una esquina y pega un derechazo fuerte, pesado, duro, que cruza toda la cancha.

El entrenamiento comienza.

Los ojos de Fernando están clavados en el joven de 19 años y mientras la pelota está en juego no le quita la vista de encima. A ratos se le acerca y le da instrucciones al oído. Matías lo observa casi sin pestañear, como un joven aprendiz atento a seguir al pie de la letra las órdenes de su maestro. Su mentor. Eso significa Fernando González para él, desde la primera vez que lo vio jugar. En 2004 y con apenas nueve años, estuvo pegado al televisor en su casa en Los Trapenses, atento y algo incrédulo frente a la más importante postal del deporte chileno. En la imagen estaban González y Massú, en la entrega de medallas de los Juegos Olímpicos de Atenas. Ese como tantos otros, son los primeros recuerdos imborrables que Sborowitz tiene del ídolo González.

La gestión

Hace tres semanas, Matías estaba compitiendo en un Torneo Futuro en Turquía cuando recibió un llamado de su madre. "Entrenarás con Fernando González", le dijo ella. Quedó mudo. Durante casi seis años, el argentino Horacio de la Peña había sido su entrenador, y la relación profesional y deportiva había terminado unas semanas antes.

"Mantengo una buena relación con él, fue como mi papá durante todo ese tiempo, me enseñó muchas cosas y con él crecí. Pero no podía seguir viajando conmigo y en la cancha sólo tenía algunas horas del día disponibles para mí. No me servía por el momento. Ahí tomé la decisión de entrenar con Fernando", comenta Sborowitz.

De la Peña guarda los mejores recuerdos . El y Matías pasaban más horas al día juntos, que el joven con sus padres. "Matías está en una etapa de su carrera en la que necesita mucho trabajo en Chile y el extranjero. Tiene muy claro lo que quiere, pero yo había dado otro paso en mi vida. Tengo una esposa y cinco hijos, entonces ya no podía ni puedo dedicarme al cien por ciento al trabajo con él".

Una pelota termina en la copa de un árbol y Fernando le dice a Matías que tome agua. Durante el descanso, ambos se sientan en una banca al medio de la cancha. "¿Cuándo debo pegarle el tiro para rematar?", pregunta Matías. "Eso es algo que vas a aprender solo", le responde González. Ninguno de los dos se detiene a comentar los detalles sobre cómo terminaron trabajando juntos. Lo cierto es que, tras esa llamada y a más de 15 mil kilómetros de Chile, Matías se convirtió en el aprendiz de un ídolo. También el suyo.

Regresa un bombardero

Al mismo tiempo y en Chile, Fernando González, de 32 años, cerraba el trato que lo convertiría por primera vez en entrenador. Llevaba casi un año exacto retirado del tenis, desde el 21 de marzo de 2012, cuando jugó su último partido. Hasta entonces había cambiado sus horarios, olvidó el antiguo itinerario de sus viajes tenísticos y armó el propio y se enfocó en la música, la lectura y otros de sus gustos.

Estaba haciendo todo lo que no pudo hacer libremente durante los últimos 16 años de su vida. La idea de entrenar a Matías no estaba entre sus planes. "Me lo ofrecieron y pensé que podía ser una gran oportunidad. Necesitaba volver a meterme en esto, el tenis ha sido mi vida, además que tenía una buena referencia de él como jugador", comenta.

Pero algo se les escapó de las manos. González es, hasta ahora, el sensei de esta historia. Y lo sabe. Apenas se conoció la noticia de su regreso al tenis como entrenador, la atención se posó sobre Matías Sborowitz, quien hoy es el 753 de la ATP y que hasta finales del 2011, cuando abandonó el circuito juvenil, ocupó el primer lugar del ranking nacional y 15º a nivel mundial.

"Sé que genera una expectación por ser yo quien lo entrene, pero Matías y cualquier otro tenista debe provocar eso por sus resultados en el ATP. Yo tampoco, como su entrenador, busco sólo los buenos resultados; lo que quiero es que se sienta un mejor tenista y que crezca como jugador, que se equivoque con convicción", dice González.

Por estos días, Matías competirá durante todo abril en los tres certámenes consecutivos del circuito de torneos Futuro, en el Estadio Palestino. "Voy tranquilo, confiado del trabajo que estoy haciendo con Fernando. Mi única meta con él es jugar bien, crecer", cuenta. Del otro lado, este 13 de abril, Fernando habrá cerrado su carrera con un partido de despedida ante 4 mil personas, contra el español Juan Carlos Ferrero, ex número 1 del mundo y su amigo.

El mismo día de la llamada a Turquía, Fernando le pidió a la madre de Matías que su hijo volviera lo antes posible, para comenzar a trabajar. Era jueves y al día siguiente, Matías tomó un avión de regreso a Chile. El primer entrenamiento quedó pactado para ese mismo sábado, a las 4 de la tarde. "Mientras Matías estaba en Turquía, estuvimos conversando con Fernando sobre él y todo lo que se le vendría con el cambio de entrenador. Ese mismo día surgió la idea de que Fernando lo entrenara, fue todo muy espontáneo. Además, ya nos conocíamos desde varios años antes, el mundo del tenis es muy pequeño. Cuando cerramos el trato, él estaba muy contento", comenta Karen Tauber, madre de Matías.

Quince minutos antes de comenzar, Fernando ya rondaba la cancha del Sport Francés que habían elegido para ese primer encuentro. No era el primero en sus vidas, pues ya se habían visto varias veces antes, ni tampoco sobre la cancha. Ese no sería el primer raqueteo entre ambos. Esa tarde, Matías vivió el debut de Fernando como su propio entrenador.

"Empezamos de lleno a entrenar. Me corrigió desde el primer momento y le tengo mucha confianza. De no ser por Fernando, yo jamás habría empezado a jugar tenis", cuenta Matías.

La primera vez que Matías pisó una cancha de tenis fue a los siete años. Su padre lo había llevado al Estadio Israelita para que aprendiera a jugar fútbol, pero mientras jugaba, oía cómo en la cancha de al lado los tenistas golpeaban las pelotas con sus raquetas y emitían un sonido seco que resonó en su cabeza. Un día, Matías le dijo a su madre que quería aprender a jugar tenis. Y más aún, le confesó que quería ser tenista. "Al principio no estuvieron muy de acuerdo, pero después me apoyaron con todo", cuenta.

Del otro lado, la primera vez que Fernando vio jugar a Matías fue durante su último paso por Wimbledon, en 2011. "El estaba compitiendo en el mismo torneo, pero juvenil. Ese no fue un buen día para él. Hoy que lo veo como entrenador, sé que hay muchas cosas por mejorar. Físicamente, tiene una gran fortaleza, pero no es tan rápido en la cancha. Mi misión es sacar provecho a sus cualidades más allá de cómo se refleje en los resultados", comenta González.

Horas en cancha

La tarde del primer entrenamiento duró casi dos horas y media. Así fueron también los siguientes, de lunes a sábado, tres horas en la mañana y otras tres en la tarde. El resto del tiempo casi no lo comparten. "Cuando pasas mucho tiempo con alguien, sobre todo sujeto a tanto esfuerzo, la relación puede quemarse", comenta Matías.

Sin embargo, el acercamiento de ambos se ha forjado en el poco tiempo que llevan trabajando juntos. El viernes pasado, Fernando invitó a Matías a su departamento, a ver el partido de Christian Garín, por Copa Davis. Fue su primer encuentro a solas y lejos de la arcilla. Esa tarde, después de ver el partido y antes de irse a entrenar, Fernando pidió comida y almorzaron juntos.

A una hora de entrenamiento aparece Hermes Gamonal -ex tenista y entrenador del otro muchacho presente- en la cancha 6. Saluda a todos, toma una raqueta que permanecía en la banca y se incorpora al juego. Fernando también y se ubica justo al lado de Matías. Faltan 60 minutos de entrenamiento y González observa fijo cada vez que Matías golpea una pelota. Unas cuantas veces lo corrige. Fuera de la cancha, ambos comentan que aún no se han propuesto metas ni tampoco definido cuánto tiempo más entrenarán juntos. Ambos están enfocados en el entrenamiento a diario.

"Por ahora, creo que seguiremos juntos. Estamos viendo el calendario para ver dónde seguir. Puede ser Argentina o Europa. No lo sabemos aún. La única meta trazada hasta ahora es jugar bien, ser el mejor si se puede", comenta Matías.

El entrenamiento casi termina y Matías practica su saque. Fernando toma una pelota y se pone en posición. Matías lo observa fijamente. La pelota da dos botes, pasa casi indivisible hasta el otro lado y da justo en la línea del medio. Ace. "Dame un mérito por eso", le dice Fernando, sonriendo.

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