Editorial

Reino Unido y los costos del Brexit

A una década del referéndum que decidió su salida de la UE, el país no solo se apresta a tener siete primeros ministros en diez años, sino que enfrenta un complejo escenario, con la economía estancada y una creciente fragmentación política.

Reino Unido cumplió la semana pasada 10 años desde que en junio de 2016 una estrecha mayoría de británicos votó a favor de dejar la Unión Europea. Y lo hizo sumido en una nueva crisis política que llevará al país a mediados del próximo mes a sumar siete primeros ministros en una década. La decisión del jefe del gobierno laborista Keir Starmer de anunciar su dimisión, a solo dos años de haber logrado una histórica mayoría en la Cámara de los Comunes tras más de 13 años de gobiernos conservadores, da cuenta de las dificultades que enfrenta el sistema político británico para asegurar gobernabilidad. Una realidad que se ha agravado desde que el país decidió dejar la UE y que ha ido acompañada de la fragmentación de su sistema político.

En la década anterior al referéndum del Brexit, Reino Unido tuvo solo tres primeros ministros; sin embargo, desde 2016 la duración promedio de los jefes de gobierno ha sido de poco menos de dos años. El problema afecta tanto a laboristas como a conservadores. Si bien el último en anunciar su salida antes de tiempo fue Starmer, en los ocho años anteriores los conservadores acumularon cinco primeros ministros, incluyendo a Liz Truss, quien permaneció en el cargo por poco más de 50 días. Si bien las razones que gatillaron las renuncias han sido diversas, desde el escándalo por violar la restricción del Covid que afectó a Boris Johnson hasta la tormenta política desatada por el agresivo plan de baja de impuestos de Truss, las consecuencias del Brexit han sido claves en la inestabilidad.

El eje de la campaña de quienes impulsaban la salida de Reino Unido del bloque europeo era que pertenecer a la UE representaba un lastre para el país. Por eso, liberarse de las obligaciones que planteaba el pacto europeo permitiría no solo responder de mejor manera a la presión migratoria, sino también favorecer el crecimiento de la economía al no estar constreñido por la normativa comunitaria. Nada de eso, sin embargo, sucedió. La inversión se redujo y la economía creció a un promedio anual de apenas 1,2% desde 2016; a su vez, el PIB per cápita de Reino Unido por paridad de compra, que antes de esa fecha superaba, por ejemplo, al de Francia y al promedio de la UE, hoy quedó rezagado. Según algunas estimaciones citadas por The Economist, sería hasta un 8% más bajo de lo que habría sido si el país hubiera seguido dentro del bloque.

Los costos económicos del Brexit, que obligaron por una parte a tomar medidas para limitar subsidios -como la ley de recortes a las ayudas por discapacidad y enfermedad de Starmer- y que fueron, por otra, la justificación del agresivo paquete de bajas impositivas de Liz Truss para reactivar la economía, han tenido serias consecuencias políticas. Lo mismo que la fuerte alza de la inmigración de países extracomunitarios -derivada en parte por la baja de los flujos desde la UE-, que aumentó el descontento en sectores que apoyaron el Brexit. Frente a ello, los partidos tradicionales han sido incapaces de dar respuestas efectivas, potenciando a otras fuerzas políticas, como el Partido de la Reforma, en la derecha, y el Partido Verde, en la izquierda, que no solo están acabando con el bipartidismo, sino que hacen cada vez más difícil asegurar la gobernabilidad en el país.

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