Opinión

Civilidad

En su Cuenta Pública, el Presidente Kast anunció la pérdida de la gratuidad o de la PGU para quienes incurrieran en incivilidades. Las incivilidades (o conductas incívicas) son una incorporación reciente al vocabulario jurídico nacional. Su uso se popularizó con ocasión de la implementación de la “Ley Karin” contra el acoso, para designar comportamientos irrespetuosos, groseros o descorteses. Considerando su corta vida jurídica y su ambigüedad semántica (Kast ofreció ejemplos muy dispares), anclar a esta expresión una sanción no parece ser una buena idea.

Donde el concepto de incivilidad (y su contracara, la civilidad) sí tiene bastante más enjundia es para (re)pensar el nexo entre política y violencia. Para varios pensadores –entre otros, el filósofo francés, Étienne Balibar– la política descansa y exacerba el enfrentamiento. La tesis de Balibar puede resumirse así: dado que la libertad y la igualdad se conquistan (no son una ofrenda divina o del soberano, ni una cualidad intrínseca de las personas), la política es una práctica insurgente, más cercana al conflicto que a la deliberación. En ella sobreviven incrustadas distintas formas de violencia (física o simbólica) que son normalizadas. Por eso, las estrategias de emancipación o transformación social pacifistas –como las promovidas por Gandhi– suelen ser vistas como heroicas, exóticas o estériles.

El enfoque de Balibar explica varias cosas. De entrada, por qué los estilos confrontacionales logran adhesión ciudadana, en lugar de rechazo. También un episodio reciente, que de otra manera sería llamativo. La diputada Javiera Rodríguez, tras denunciar amenazas contra su integridad física (según dijo, alusivas a la muerte de Charlie Kirk, un político baleado en una universidad estadounidense), decidió acudir a dar una charla sobre liderazgo estudiantil en una universidad. Ahí fue “funada”. Varios rechazaron su presencia y sus discursos como una forma de “provocación”. Pero, en lugar de ignorarla, decidieron “ir al choque”. El guion de este episodio es simple y repetitivo. Acción y reacción, ambas deliberadas, ninguna de las partes esquiva el conflicto; al contrario, lo azuzan. Y luego, el habitual desenlace: unos y otros denuncian, selectivamente, violencia de la contraparte, justifican la violencia propia y piden solidaridad. Nadie parece percatarse de lo absurdo de la escena.

Entonces, ¿cuál puede ser el rol de la civilidad? La civilidad es mucho más que urbanidad o cortesía, es un horizonte normativo que nos jala a reflexionar sobre las violencias que ejercemos, padecemos y normalizamos. Y a producir instituciones y prácticas que ofrezcan verdaderas alternativas. Es una disposición a rehuir de la violencia, sin intentar encajar al otro en nuestro molde y sin abdicar de nuestros ideales. Es un compromiso de protección colectiva frente a las violencias, incluyendo sus formas estatales, estructurales e, incluso, emergentes (como las detectadas en la última encíclica papal respecto de la IA).

Por Yanira Zúñiga, profesora Instituto de Derecho Público Universidad Austral de Chile

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