Clásicos
Rohmer escritor. Nunca se termina de aprender. Por el New Yorker ahora nos enteramos de que la primera vocación de Eric Rohmer, el extraordinario realizador de Ma Nuit chez Maud, fue la literatura, no el cine. La crónica habla de una novela, escrita bajo el pseudónimo de Gilbert Cordier y titulada Elisabeth, que él publicó nada menos que por Gallimard en 1946. Traducida recientemente al español por Ediciones JC, por supuesto no ha llegado a Chile. El crítico de la revista neoyorquina no se aproxima a la novela solo desde la curiosidad. Al revés, la toma muy en serio. Además de ponerle fichas, dice que tiene pasajes de una densidad psicológica propia de Henry James. Vaya, vaya. Aunque el personaje de Elisabeth sea el de una mujer casada y prima lejana del protagonista, que es un joven ingeniero que trabaja a las afueras de París, lo cierto es que ella hace de nexo entre los múltiples caracteres que convergen a su casa veraniega. El protagonista establece durante esos días una relación afectiva con una viuda algo mayor que él y a partir de ahí -bajo la presión de la incertidumbre y el cálculo- el joven no se decide si vivir la experiencia como una aventura o como un destino. Entretanto, su desliz con una chica que todavía es estudiante precipitará un desenlace que se sale del control suyo y de todo el grupo. Habría en la novela algo parecido al ambiente frívolo e indolente de La regla del juego (la película de Jean Renoir), pero según el crítico, la estructura de la novela es mucho más moderna, más arriesgada expresivamente, de lo que fue el clasicismo del cine que Rohmer haría más tarde, una vez que se defraudó de su carrera literaria. Elisabeth no tuvo éxito y el libro que él escribió después (Seis cuentos morales, que vino a publicarse en los años 70) fue rechazado por la editorial. En ese momento debe haberse preguntado: ¿Para qué ser novelista si se puede ser cineasta? Como quiera que sea, 10 años después de su fracaso como escritor, en 1959 Rohmer estaba ya rodando su primer largo (El signo del León) y los años siguientes lo consagrarían como uno de los referentes más rigurosos de la “nueva ola”. Poco antes de eso, Rohmer había sido crítico y redactor jefe de Cahiers du cinéma, la legendaria revista fundada por André Bazin. Los antecedentes que entrega Richard Brody en su artículo prueban que Rohmer nunca se movió gran cosa del tema de la pareja o, en concreto, del tema de la búsqueda del amor-destino puesto a prueba, si se quiere, por lo que pudiéramos llamar aventurillas o amores accidentales. Sobre este esquema está construida la serie de los seis Cuentos Morales (1962-1972). Un esquema argumental parecido utilizó luego para la serie que realizó después (Comedias y Proverbios), con la salvedad de que en estas otras películas los encuentros y desencuentros describían cuán ajustadas o desajustadas respecto de la realidad podían estar las expectativas de sus protagonistas. Rohmer murió el 2010 y -es de no creerlo- seguimos hablando de su obra. Es lo que ocurre con los clásicos.
Presumida. La intención -bajar los estudios clásicos de los altares para ponerlos a nuestro alcance- puede ser buena, pero el resultado no lo es tanto. Mary Beard, profesora emérita de Cambridge, premio Princesa de Asturias del 2016 en Ciencias Sociales y gran divulgadora del legado de Grecia y Roma en numerosos libros e incluso en una serie de televisión, intenta en Clásicos sin filtros (Crítica, 2026) romper el protocolo y la solemnidad que muchas veces limitan el acceso a la antigüedad greco-romana y cuenta cómo en su caso, ya a los cinco o seis años, se conectó precozmente con este mundo en una sala del Museo Británico. En su ensayo desentraña qué hay detrás de ruinas como la Acrópolis, el Panteón, el Coliseo o Pompeya, y qué tanto pueden decirnos a nosotros hoy los escritos de Platón y Aristóteles, los nombres de Edipo o Antígona o el poema de la Eneida con que Virgilio quiso exaltar la gloria de Roma como imperio. A lo que el libro llama, una y otra vez, majaderamente, es a no perder de vista que detrás de cada una de estas manifestaciones culturales hubo (y lo más probable es que lo siga habiendo) un discurso de poder frente al cual no podemos ser ingenuos. No hace falta decirlo: Beard florece en la relatividad de los estudios culturales de fines del siglo XX y varias observaciones suyas apestan a multiculturalismo, no obstante que para su libro no hay más clásicistas que los ingleses y, con suerte, alguno que otro estudioso de la academia estadounidense. ¿No tendrían en esta materia algo que decir -se pregunta uno- los franceses, españoles, italianos o alemanes? La autora, que quiere ser divertida y simpática, aunque generalmente no le resulta ni lo uno ni lo otro, se desvía con frecuencia, frente a tesoros del esplendor griego y romano, a la crónica de distintas batallas culturales bien irrelevantes, donde el propósito no es otro que rescatar el legado clásico de la perversa sensibilidad conservadora que lo mantiene secuestrado. Hacia el final, su ensayo aburre con disquisiciones sobre el futuro de las lenguas clásicas, como disciplina y como gremio. El libro, que es corto y se hace largo, habría ganado bastante con un relato menos egocéntrico (¿en verdad Mary Beard se encuentra a sí misma tan interesante?) y con una prosa sin tanta pretensión de parecer deslenguada, atrevida o “moderna”.
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