Opinión

Cuando la geopolítica, la IA y el clima entran a la sala de directorio

Directorio de una empresa. Imagen genérica creada con IA

Durante años, la agenda de los directorios estuvo dominada por resultados financieros, crecimiento, eficiencia operacional y cumplimiento regulatorio. Sin embargo, el contexto actual está redefiniendo profundamente el rol de la gobernanza corporativa.

La geopolítica, la inteligencia artificial y el cambio climático han dejado de ser asuntos periféricos para convertirse en factores estratégicos de la competitividad, el acceso a mercados, el costo del capital y la resiliencia de las organizaciones.

La mayoría de las empresas todavía aborda estos desafíos por separado. La geopolítica suele analizarse desde la gestión de riesgos; la inteligencia artificial desde la transformación digital; y la sostenibilidad desde el cumplimiento regulatorio o los compromisos ambientales. Sin embargo, la realidad es que estos tres fenómenos han convergido y hoy forman parte de una misma conversación estratégica.

La inteligencia artificial suele presentarse como una revolución tecnológica. Sin embargo, sus implicancias van mucho más allá de la innovación. La IA está modificando la distribución del poder económico global y dando origen a una nueva competencia por recursos estratégicos.

Durante gran parte del siglo XX, la influencia geopolítica estuvo asociada al control de petróleo, gas, minerales y rutas comerciales. En el siglo XXI emergen nuevos activos críticos: datos, energía y capacidad de cómputo.

No es casualidad que Estados Unidos haya impuesto restricciones a la exportación de chips avanzados hacia China, ni que los semiconductores se hayan convertido en uno de los activos más disputados de la economía global. Tampoco es casualidad que gobiernos y empresas estén anunciando inversiones por cientos de miles de millones de dólares en infraestructura digital. Lo que está en juego no es únicamente liderazgo tecnológico. Es competitividad, seguridad económica y capacidad de influencia.

La velocidad de esta transformación tampoco tiene precedentes. Empresas como Microsoft, Amazon o Google necesitaron más de dos décadas para alcanzar valoraciones cercanas al billón de dólares. OpenAI y Anthropic podrían aproximarse a ese nivel en menos de diez años. La velocidad con que se crea valor está cambiando, pero también la velocidad con que surgen riesgos y se transforman industrias completas.

Al mismo tiempo, la expansión de la inteligencia artificial está generando una creciente presión sobre los sistemas energéticos. Grandes centros de datos pueden consumir energía equivalente a decenas de miles de hogares, mientras los gigantes tecnológicos compiten por asegurar acceso a electricidad confiable y de bajo costo. Diversos países están revisando sus estrategias energéticas para responder a una demanda que crece aceleradamente.

La sostenibilidad ha dejado de ser únicamente una agenda ambiental para convertirse también en una cuestión de competitividad y desarrollo económico.

La disponibilidad de energía limpia, segura y competitiva será cada vez más determinante para atraer inversión, desarrollar infraestructura tecnológica y participar en la economía del conocimiento. La transición energética ya no responde únicamente a objetivos climáticos; también está vinculada a seguridad energética, productividad y crecimiento económico.

Por otra parte, la discusión sobre inteligencia artificial está revelando un fenómeno menos visible, pero igualmente relevante: el nuevo cuello de botella ya no es exclusivamente el talento.

La escasez se está trasladando hacia la infraestructura.

Energía, centros de datos, redes eléctricas, sistemas de transmisión, minerales críticos y capacidades de construcción se están convirtiendo en factores estratégicos para el crecimiento económico. La capacidad de producir inteligencia dependerá cada vez más de la capacidad de construir infraestructura.

En este contexto, los directorios enfrentan un desafío distinto al de años anteriores.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial afectará a los negocios, ni si el cambio climático o la geopolítica representan riesgos relevantes.

La pregunta es cómo gobernar organizaciones en un entorno donde estas tres fuerzas han convergido.

Lo que está cambiando no es solo la tecnología. Está cambiando la forma en que se crea valor, se gestionan los riesgos y se construyen ventajas competitivas. Y ello exige una nueva mirada desde los directorios.

Chile posee atributos que podrían transformarse en ventajas competitivas relevantes en esta nueva economía: energías renovables de clase mundial, importantes reservas de cobre y litio, una institucionalidad sólida y una posición estratégica para el desarrollo de infraestructura digital. Sin embargo, la oportunidad no está garantizada.

La decisión estratégica es si queremos limitarnos a exportar recursos o participar activamente en la creación de valor asociada a la economía de la inteligencia artificial.

La geopolítica, el clima y la inteligencia artificial ya no son conversaciones independientes. Son expresiones de una misma transformación que está redefiniendo la competitividad de las empresas y de los países.

Comprender esa convergencia ya no constituye una ventaja competitiva. Se está convirtiendo en una condición indispensable para gobernar las organizaciones del futuro.

Por Myriam Gómez Inostroza, directora de empresas, gobierno corporativo, sostenibilidad y riesgos estratégicos.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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