Cuando los partidos olvidan su misión
Cada cierto tiempo resurgen voces que proclaman el agotamiento de los partidos políticos. La creciente desconfianza ciudadana, el auge de los liderazgos personalistas y el poder de las redes sociales parecen reforzar la idea de que estas organizaciones se han convertido en un obstáculo más que en un instrumento para la democracia. Sin embargo, el problema quizás no radica en su existencia, sino en el progresivo abandono de su misión.
Como advierte Rafael Alvira en El dogma democrático, la democracia no puede reducirse a un simple mecanismo para agregar preferencias individuales ni a una competencia permanente por el poder. Su estabilidad depende de la existencia de instituciones intermedias capaces de articular el bien común, moderar los conflictos y transformar las múltiples demandas sociales en proyectos políticos coherentes. Entre ellas, los partidos ocupan un lugar insustituible.
Cuando una tienda política deja de ser una comunidad de convicciones para convertirse en una mera maquinaria electoral, comienza a perder su legitimidad. Si su principal objetivo pasa a ser conservar cuotas de poder, controlar la agenda pública o asegurar la próxima elección, la deliberación política termina subordinada al cálculo estratégico. En ese momento, la ética deja de orientar la política y la política comienza a instrumentalizar la ética. Esta transformación tiene consecuencias profundas. La representación se debilita porque los ciudadanos dejan de sentirse interpretados; el debate público se empobrece porque las diferencias se reducen a consignas; y la confianza institucional se erosiona porque las decisiones parecen responder más a intereses particulares que al bienestar general.
La democracia liberal necesita partidos, pero no simplemente agrupaciones eficaces desde el punto de vista electoral. Los requiere con identidad intelectual, capaces de formar dirigentes, cultivar virtudes cívicas, sostener principios incluso cuando resultan políticamente costosos y reconocer la validez del adversario. Una democracia sin partidos sólidos corre el riesgo de quedar a merced de movimientos efímeros, del populismo o de liderazgos edificados exclusivamente sobre la aprobación del momento.
Además, los partidos no solo representan a la ciudadanía; también contribuyen a educarla políticamente. La forma en que discrepan, acuerdan y ejercen el poder, moldea la cultura democrática. Si normalizan la descalificación permanente, la polarización extrema o la posverdad, terminan deteriorando el acervo moral de la sociedad.
La crisis de confianza que afecta a muchas democracias probablemente no se resolverá sin partidos, sino con organizaciones capaces de recordar que el poder nunca constituye un fin en sí mismo, sino un medio para servir al bien común. La calidad de una democracia depende menos de la perfección de sus reglas que del nivel moral de quienes las encarnan.
Por Álvaro Pezoa, Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial, ESE Business School, Universidad de los Andes
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