Opinión

¿Deberíamos poner un impuesto a la Inteligencia Artificial?

Bill Gates ha propuesto trasladar la carga tributaria del trabajo humano a la inteligencia artificial (IA), sugiriendo que los gobiernos podrían necesitar gravarla para compensar la pérdida de ingresos por impuestos sobre la renta.

La IA promete una era de productividad sin precedentes, pero su implementación ocurre en un mundo de mercados imperfectos. En mercados laborales donde las empresas tienen un alto poder de mercado, como son los contemporáneos, se tiende a una “automatización excesiva”. Las firmas reemplazan humanos no porque la IA sea necesariamente más productiva, sino porque les permite capturar toda la renta de su inversión, sin tener que compartir los beneficios en forma de salarios con los trabajadores.

La propuesta de un “impuesto a los robots” busca encarecer la automatización para emparejar la cancha dado que el trabajo tiene impuestos. El beneficio es claro: corrige la tendencia de las empresas a eliminar puestos de trabajo que aún son productivamente valiosos. Al imponer un costo a la sustitución, se protege el empleo y se mitiga la pérdida de beneficios no pecuniarios del trabajador (como el sentido de propósito, la dignidad del trabajar y la estabilidad).

Sin embargo, el costo es la distorsión del progreso. Un impuesto a la automatización reduce la inversión en IA generativa, la cual suele ser complementaria al talento humano. Esta carga impositiva disminuye el producto marginal del trabajo y, por ende, los salarios de quienes conservan su empleo. Es decir, se protege el puesto de trabajo hoy, pero se debilita la capacidad de generar riqueza mañana.

Una alternativa es flexibilizar la contratación y el despido, reduciendo las fricciones que hacen que el humano se reasigne a sectores donde es más productivo y más rentable que la IA sustitutiva. Esto, en teoría, permite que el mercado se ajuste dinámicamente. No obstante, el éxito de esta ruta depende del entrenamiento del trabajador.

El problema de lo anterior es que en mercados no competitivos, los trabajadores no perciben el retorno total de sus nuevas habilidades porque la empresa usa su poder de mercado para mantener los salarios bajos. Esto desincentiva al empleado a capacitarse, o peor aún, algunos podrían sobreinvertir en educación solo para “escapar” de la automatización, generando una carrera educativa ineficiente y costosa.

El impacto de la IA no es un destino inevitable, sino el resultado de nuestras reglas del juego. La evidencia sugiere que la automatización ineficiente es más probable en sectores con poca competencia. Por ello, la política pública no debe ser binaria. Un impuesto muy bien diseñado a la automatización, si ello es posible, que sustituye tareas rutinarias podría ser necesario para frenar el desplazamiento ineficiente, pero no debe castigar la IA que potencia la creatividad humana. Al mismo tiempo, flexibilizar el mercado laboral solo será efectivo si se acompaña de esquemas de capacitación en los que el trabajador tenga garantías de captar una parte justa del aumento de la productividad. Lo cual requiere que las autoridades de la competencia no sólo se ocupen de la falta de competencia en los mercados de bienes y servicios, sino también de su carencia en los mercados laborales.

En última instancia, el objetivo no debe ser frenar la IA, sino evitar que el poder de mercado la convierta en una herramienta de mera captura de rentas en lugar de un motor de productividad y creación de empleos hoy inexistentes, como muestra la evidencia en algunos sectores, que contribuirán al bienestar agregado.

Por Felipe Balmaceda, economista

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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