Opinión

El patio trasero

Estados Unidos ha desplegado una fuerte ofensiva en el hemisferio para aumentar la adhesión de los países de la región al nuevo paradigma de influencia de Washington. En el marco de esta estrategia -tributaria de la disputa multinivel que mantiene con China-, las expectativas de la administración Kast respecto a marcar “por mera presencia” un quiebre positivo en la relación bilateral se han visto sonoramente frustradas.

Pensamiento mágico mediante, el Presidente y su círculo confiaban en que la cercanía ideológica y las señales tempranas de sumisión para con EE.UU. pavimentarían la relación entre ambos países. La realidad, sin embargo, es que ni la visita de un recién electo José Antono Kast a Trump para participar del lanzamiento del “Escudo de las Américas”; ni la reversión de la posición de Chile en materias como el genocidio en Gaza; ni la definición de Estados Unidos como “aliado estratégico” surtieron el efecto deseado.

Al contrario, hoy Chile se encuentra amenazado por aranceles incluso mayores que los que en su minuto intentara imponer Trump en las postrimerías de la administración Boric; los embajadores de Israel y Estados Unidos en el país emplazan a autoridades nacionales -oficialistas y de oposición- sin recibir notificación alguna de nuestra Cancillería y se nos acusa de tolerar trabajo forzoso a fin de justificar las represalias arancelarias. Nada de esto habla de una deferente reciprocidad hacia las señales de Chile.

Uno de los primeros en hablar de este elefante en la sala fue el ministro de Defensa, Fernando Barros, al señalar que “una suerte de castigo por esclavismo parece muy injusto y genera dudas en la cercanía y confiabilidad de la relación”, una posición que levantó alertas en Cancillería y a la que se intentó bajar el perfil en su minuto.

Pero Barros ha insistido recientemente en el punto, advirtiendo que las nuevas exigencias de Estados Unidos en orden a que dupliquemos el gasto militar o que nos retiremos del estatuto que consagra la Corte Penal Internacional -que tanto incomoda hoy a Israel y que Estados Unidos no reconoce- serán evaluadas en su mérito dado que “no somos el patio trasero de ningún país”.

Como resulta evidente, la insistencia y consistencia de la posición expresada por el ministro de Defensa hace difícil hablar de una mera descoordinación al interior del gobierno. Lo que acá se expresa es una abierta incomodidad de sectores relevantes del país con la forma en la que se están conduciendo las relaciones internacionales en un contexto de alta beligerancia global; competencia regional desatada y aumento de las hipótesis de conflicto tanto global como regional.

Estados Unidos ha decidido compensar su retroceso relativo como única potencia global con una ratificación inequívoca de su condición de hegemón hemisférico. Y esto importa complejos desafíos para un país como Chile, cuya estrategia de desarrollo ha estado ligada indisolublemente a la participación, no preferente, en una globalidad gobernada por reglas que hoy languidecen.

Resulta claro que para este tema la actual administración tampoco contaba con un plan, pero resulta también evidente que ese vacío no puede mantenerse eternamente. Alguien lo va a llenar, todo un intríngulis.

Por Camilo Feres, Director de Asuntos Políticos y Sociales de Azerta

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