Infraestructura silenciosa
Cuando se habla de infraestructura, la atención suele concentrarse en grandes obras: autopistas, aeropuertos, puentes, puertos o líneas ferroviarias. Son proyectos visibles, que generan impacto y simbolizan progreso. Sin embargo, una parte importante del desarrollo de un país depende de otra infraestructura mucho menos evidente, pero igualmente estratégica: los caminos rurales, las rutas secundarias, las obras de conservación y los sistemas de mantención.
Es una infraestructura silenciosa. No suele ocupar titulares ni estar en el centro del debate público. Pero cuando falla, sus consecuencias se hacen sentir rápidamente: comunidades aisladas, interrupciones en la conectividad, mayores costos logísticos, dificultades para acceder a servicios básicos y pérdida de competitividad.
Chile cuenta con más de 88 mil kilómetros de red vial bajo la administración de la Dirección de Vialidad. Una proporción significativa corresponde a caminos de menor estándar, muchos de ellos esenciales para la actividad agrícola, minera, forestal, turística y para la vida cotidiana de miles de personas. En estas zonas, la conservación no es un detalle técnico: es una condición indispensable para mantener la conectividad y el desarrollo local.
Existe una realidad ampliamente conocida en ingeniería vial. Cada peso que no se invierte oportunamente en conservación puede transformarse en varios pesos adicionales en rehabilitación o reconstrucción futura. El deterioro de la infraestructura no es lineal. Cuando la mantención se posterga, los costos aumentan aceleradamente y las soluciones se vuelven más complejas y costosas.
Este desafío adquiere aún mayor relevancia en un contexto marcado por eventos climáticos más frecuentes e intensos. Lluvias extraordinarias, crecidas de ríos, remociones en masa e incendios ponen a prueba la resiliencia de nuestra infraestructura y exigen una gestión más preventiva que reactiva. Esperar que los problemas ocurran para actuar resulta cada vez más ineficiente y más caro.
Durante años, la discusión pública ha tendido a valorar más las nuevas obras que la conservación de las existentes. Sin embargo, desde una perspectiva económica y social, preservar adecuadamente la infraestructura disponible suele generar retornos tan o más relevantes que construir nueva capacidad. Cuidar lo que ya tenemos es también una forma de invertir.
La competitividad de sectores como la minería, la agricultura, el turismo o la logística no depende únicamente de grandes proyectos emblemáticos. También descansa en miles de kilómetros de infraestructura secundaria que permiten que personas, bienes y servicios se desplacen de manera segura y continua a lo largo del país.
Los países que logran desarrollarse de manera sostenida no son solamente aquellos que construyen grandes obras. Son también los que tienen la capacidad de conservar, modernizar y proteger la infraestructura que sostiene su funcionamiento cotidiano. Porque, al final, la verdadera discusión no es solo cuánto invertimos en nuevas obras, sino cuánto estamos dispuestos a invertir para preservar el valor de las que ya hemos construido.
*El autor de la columna es profesor titular de Ingeniería UC, investigador de Clapes UC y presidente del Colegio de Ingenieros de Chile
Lo último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
CYBER 50% Plan Digital+$5.990 al mes SUSCRÍBETE