La bola mágica
Como nunca, la ciencia ocupa portadas y titulares. No por un premio ni por un descubrimiento, sino por decisiones burocráticas que, en la mirada de buena parte de los expertos, ponen en riesgo la actividad.
Una raya más para el tigre, dirá quizás la titular de Ciencia, que en pocos meses ya ha debido lidiar con polémicas inéditas e, incluso, con la temprana salida de su subsecretario.
Ahora el problema son las bases del Fondecyt de Postdoctorado 2027. Dos puntos concentran las críticas: por un lado, la exigencia de que todo proyecto lo presente un chileno o un extranjero con residencia definitiva en el país; por otro —y quizás lo más polémico—, la posibilidad de destinar hasta un 70% de las adjudicaciones a diez “áreas prioritarias” definidas por el propio ministerio y las autoridades de turno. No es un detalle menor: cerca de treinta sociedades científicas, el Consejo de Rectores y el Instituto de Chile han pedido reconsiderar la medida.
Como cientista social, no voy a dedicar estas líneas a defender al gremio —ya lo han hecho, y bastante bien, distinguidos colegas de las ciencias duras—, sino a reflexionar sobre un puñado de asuntos que me parecen, al menos, paradójicos.
El primero está a la vista. Curioso que un gobierno de la “verdadera derecha” decida echar mano de las agencias estatales para determinar qué áreas serán relevantes en el futuro próximo. No parece ser el mercado el que autorregula, sino más bien una suerte de bola mágica instalada en el Ministerio de Ciencia, capaz de anticipar nuestras necesidades de las próximas décadas.
El segundo es menos evidente para todos, aunque no debería serlo para las autoridades. Curioso que sea la propia ministra —licenciada en Castellano y Filosofía— la que juzgue, porque a fin de cuentas eso es lo que hace, a las humanidades y las ciencias sociales como poco prioritarias. Curioso, además, porque su propia biografía la desmiente: fue esa formación humanista la que le permitió leer su entorno, entender los problemas y, desde ahí, construir una carrera como emprendedora y gerenta general de una empresa de inteligencia artificial, trayectoria que en su momento destacó Forbes. Su caso no es excepcional. Stewart Butterfield, fundador de Slack, es licenciado y magíster en Filosofía; Alex Karp, director ejecutivo de Palantir —una de las tecnológicas más duras que existen—, se doctoró en teoría social. No es anécdota: cuando Slack salió a la bolsa, cerca de la mitad de su plana directiva provenía de carreras ajenas a las áreas STEM o los negocios.
Y no se trata solo de nombres. En plena expansión de la inteligencia artificial, varias tecnológicas han vuelto los ojos hacia las humanidades. Cognizant —con unos 350 mil empleados— anunció que este año contrataría de forma más decidida a antropólogos, sociólogos, psicólogos y periodistas. Las encuestas a empleadores apuntan en la misma dirección: en el Job Outlook 2025, cerca de nueve de cada diez valoran la capacidad de resolver problemas, y ocho de cada diez, la comunicación escrita. Resulta llamativo que la ministra, que hace pocas semanas encabezó una gira por Silicon Valley y se reunió con siete grandes tecnológicas, no haya reparado en que son justamente esas empresas las que hoy contratan a los humanistas que aquí se declaran prescindibles.
El tercero es más incómodo. Curioso que, en medio de lo que el propio ministro de Hacienda ha llamado una “decadencia económica” y de un severo ajuste fiscal, la señal que reciba la ciencia sea la de cerrar puertas antes que abrirlas. Y digo curioso porque Chile es de los países que más ciencia produce en relación con lo poco que invierte: destinamos a I+D una fracción cercana al 0,35% del PIB —la más baja de la OCDE, cuyo promedio ronda el 2,7%— y, aun así, sostenemos una productividad científica notable, con cerca del 60% de nuestras publicaciones nacidas de colaboraciones internacionales y apenas 1,1 investigadores por cada mil trabajadores, frente a los 8,6 del promedio OCDE. “Hacemos mucho con muy poco”, como dirían algunos. Restringir precisamente la puerta de entrada —la internacionalización, los postdoctorados— es una forma curiosa de cuidar ese activo.
Estas curiosidades son solo eso (eso espero). Me niego a pensar que sean reflejo de un desconocimiento profundo de cómo opera la industria, del impacto del conocimiento, del poder de las ideas y de la necesidad, siempre urgente, de comprendernos.
Por Pedro Fierro, Investigador P!ensa y director CIL UAI
Lo último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE