Maestro del instante fugaz permanente
Resulta extraño hablar de David Hockney muerto habiendo sido siempre vital. Desde hace décadas nos tiene acostumbrados a imágenes y técnicas novedosas. A ritmos de producción impresionantes en todo tipo de medios, convencionales y de última generación (acrílico, fotografía, arte digital). A escala gigante, con colores vivísimos, para escenografías de ópera. Participando en entrevistas y libros, en versado diálogo con críticos, cuando no en documentales y exposiciones. Genio y figura hasta el final, sin parar de trabajar, sin apagar el cigarrillo y sin que lo sepultaran. De hecho —al igual que Cézanne y Monet— los honores le producían aversión (rechazó el “knighthood” concedido por la Corona, aduciendo no querer causar alboroto) y, como último deseo, pidió que nadie, salvo su pareja y un sobrino nieto, asistiera a su funeral.
Para nada una excentricidad, sino su manera de perpetuar el instante huidizo de la vida que ni siquiera la fotografía le parecía capaz de fijar. Sea que ésta no es tan realista: no reproduce bien los espacios; depende de un solo ojo y perspectiva; se queda corta con las transparencias (maneja mejor superficies planas y sombras), y congela imperfectamente el paso del tiempo. De ahí su famoso “A Bigger Splash”, una zambullida que la hace aparecer quieta o pausada (le dedicó semanas de trabajo meticuloso al salpicado del agua de pocos segundos). Efecto continuo que tiene otras variaciones en su obra: olas que no culminan en el “splash” (como la de Hokusai), nadadores bajo el agua que no salen a respirar, la pareja que se ducha, el riego automático como ballet de Degas, y el acróbata que sostiene el equilibrio para siempre, del afiche de “Parade” de Erik Satie para la Met Opera de NY.
Todo lo cual aprendió mirando con atención pinturas de sus mayores. De Vermeer (mujeres leyendo o escribiendo cartas) y de Cézanne, su “life stillness”. De este último no puede no haber sabido la anécdota en la que el cascarrabias de Aix-en-Provence le riñe a Vollard para que deje de moverse mientras lo retrata. “¡Desgraciado! ¿Acaso se mueve una manzana?”; o se mueven sin moverse y lo aprendió, a su vez, de Poussin, que inmortalizó la perpetuidad arcádica. Esto último, un conocimiento tan francés que ni Picasso llegó a entender, sí, en cambio, Hockney, gran admirador del malagueño, aunque también de Matisse, y éste, por su parte, de Watteau.
Genealogía, gracias a la cual se mantiene viva hoy entre nosotros esa mítica “joie de vivre” del Antiguo Régimen, rescatada por el impresionismo burgués. Por eso, la celebración de todo lo que haga feliz, dejando a un lado guerras, revoluciones y miserias. Que le produjera ira a R. Barthes en un ataque de izquierdismo contra Matisse y “Vacaciones Pagadas en la Riviera”, que corresponde agradecer a Hockney por haber recuperado.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
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