Opinión

Prat, el deber y la hora del Senado

Hace pocos días recordamos la gesta heroica de Arturo Prat en Iquique. Un hombre que, sabiendo que su vida corría grave peligro, eligió morir con honor antes que arriar la bandera. No fue solo un acto militar, sino la expresión más pura de un patriotismo que antepuso el deber y el bien común por sobre el cálculo personal. Su arenga “la contienda es desigual, pero ánimo y valor (…) mis oficiales sabrán cumplir con su deber”, resuena hoy con especial fuerza. Qué contraste con la estatura moral de un número no menor de nuestros “honorables”, más ocupados de sus trincheras ideológicas, de intentar dañar al adversario político, de eslóganes que generen algún aplauso fácil y de conveniencias electorales, en vez de atender los problemas reales de los chilenos que continúan sin respuestas de su parte.

Hacer lo que corresponde. Un buen líder siempre busca lo mejor para su gente, por sobre sus preferencias personales y lo que digan las encuestas. Eso separa a quien administra de quien verdaderamente gobierna: reconocer errores; ajustar un gabinete sin lógicas partidistas ni tiempos políticamente correctos; ejecutar recortes presupuestarios ministeriales reales; sincerar los precios de los combustibles para asegurar la sostenibilidad fiscal; avanzar en la recuperación del control territorial en zonas complejas como Temucuicui, con todos los riesgos asociados; comprometer un plan ágil y serio de reconstrucción y viviendas sociales; intervenir el corazón de los problemas de Codelco enfrentando a diversos grupos de presión; además de impulsar una reforma legislativa que termine con la maraña ideológica que frenó el crecimiento, estancó los salarios y nos dejó con la actual crisis de empleo. Eso es valentía. Eso es carácter. Eso es cumplir con el deber.

Como lo han expresado grandes pensadores desde la antigüedad, qué importante resulta para un buen político la prudencia en el juicio, la sobriedad en el discurso, y la coherencia entre la palabra y la acción, lo que, por cierto, contrasta con las críticas semanales de conspicuos columnistas, que desarrollan reiteradas digresiones intelectuales respecto a la retórica, discurso ideológico y hasta el uso de infinitivos y expresiones literarias por parte del gobierno. Frente a estos cuestionamientos, resulta apropiado recordar la escasa paciencia que tenía Confucio frente a quienes hablaban grandilocuentemente, pero no actuaban con integridad, pues para él las acciones siempre hablaban más alto que las palabras. Ojalá nuestra clase política, ponderando la evidencia y evaluando las consecuencias, escogiera siempre el camino correcto, aunque sea incómodo o difícil, con la máxima elemental de: pensar lo que se dice, decir lo que se piensa y hacer lo que se dice.

Lamentablemente, lo que vimos en la Cámara de Diputados las últimas semanas fue precisamente lo contrario. Amenazas de “tsunami” de indicaciones al Plan de Reconstrucción Nacional, con el fin declarado de hacerlo inmanejable. Revelaciones explícitas de la oposición respecto al deseo de obstaculizar al gobierno sin tener “pudor”, hasta incluso el intento de reducir el proyecto, con más de 40 iniciativas en materia de empleo, pymes, reconstrucción, seguridad y crecimiento, incluida la rebaja gradual del impuesto corporativo, al mal-llamarlo “reforma de los súper ricos”. No se trataba de legislar sino sabotear. Se intentó cambiar la institucionalidad por el eslogan, la deliberación por la consigna y la responsabilidad por el cálculo electoral. Mientras tanto, miles de chilenos sufren delincuencia, desempleo estructural y las oportunidades que no llegan. Esos problemas no se resuelven con un “tsunami”. Se resuelven con medidas serias, eficientes y orientadas a los resultados.

A pesar de los intentos de boicot, la reforma pasó su primer trámite.

Ahora le corresponde a los senadores discutirlo y mejorarlo. ¿Habrá quienes repliquen la lógica de algunos diputados: indicaciones para vaciar el contenido, frases hechas para descalificar o cálculo electoral para postergar lo urgente?. La Cámara Alta debiera exigirse otra cosa: deliberación y compromiso. Lo que se vota no es un proyecto más: es si Chile vuelve a crecer, si la inversión recupera confianza y si los chilenos vuelven a tener oportunidad de encontrar empleo. Resulta imperioso aprobar una reforma con espíritu y músculo, para prontamente continuar con la modernización de un Estado obeso, lento e ineficiente; y así abrazar las herramientas del siglo XXI, desde la inteligencia artificial hasta la digitalización integral, como parte indisociable de una política pública seria y eficaz.

Lo que falta es voluntad. Senadores con la grandeza de Prat, dispuestos a poner el interés superior de Chile por encima del propio, del de su sector o del de su próxima campaña.

El legado de nuestro héroe trasciende el episodio naval y constituye un recordatorio eterno de que las naciones las construyen hombres y mujeres que asumen su misión. La pregunta para quienes tienen un escaño en el Senado es si estarán a la altura y si sabrán cumplir con su deber.

Más sobre:OpiniónColumna

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

Plan Digital+$6.990 al mes SUSCRÍBETE