Opinión

Prófugos

El aniversario del asesinato de Jaime Guzmán tuvo un sello especial, puesto que dos cifras marcan un momento simbólico: se enteran 35 años del crimen y este año habría cumplido 80 de vida. Caminando hacia las cuatro décadas de su partida comienza a consolidarse un juicio histórico sobre su figura, influencia y legado. Falta mucho para que ese veredicto se consolide, pero la senda ya está clara, es el camino de la grandeza hacia el podio de la inmortalidad que muy pocos recorren.

Los países son el producto de esfuerzos colectivos que, desde distintos ángulos, van construyendo una cultura, instituciones y un cierto destino. Sin embargo, es inevitable que algunos se constituyan en verdaderos pilares estructurantes, que soportan el grueso del edificio, sin los cuales el conjunto sería impensable. Por más que pese a algunos, Chile no sería el que es, sin las figuras excepcionales de Portales y Bello en el siglo XIX y de Guzmán en el XX.

El país presidencialista, con un acendrado sentido de la ley y admirador del orden emergió de la mente pragmática del primero y de la sabiduría inconmensurable del segundo. Luego, en el siglo pasado fue Guzmán el que influyó como nadie en recoger esa herencia y fortalecerla con principios como la subordinación del Estado a la persona humana, la libertad como expresión concreta de la subsidiariedad y la noción de un conjunto de derechos fundamentales anteriores y superiores a cualquier forma de organización política o social.

Nada de eso, por supuesto, es creación exclusiva suya -tampoco lo era el Derecho Civil de don Andrés Bello-, pero fue su brillantez, perseverancia y talento político, los que le permitieron articularlos, junto a mucho otros principios, para convertirlos en un proyecto de sociedad plenamente vigente y que se plasmó en nuestra resiliente Constitución Política, cuya arquitectura fundamental pervive y en cuya redacción fue absolutamente central.

Junto con el aniversario de su asesinato se conoció que aquel al que la investigación policial sindica como su autor intelectual está prófugo, pues la policía argentina no ha dado con su paradero para proceder a su extradición a Chile. Es verdad que, 35 años después, su crimen permanece mayoritariamente en la impunidad, pues casi todos sus autores han eludido la acción de la justicia.

De una forma u otra son prófugos, eso es lo que los define y eso es lo que serán por el resto de la historia. Miserables, en el sentido más propio de la expresión, a los que la posteridad conferirá, cuando más, notas al pie de página como testimonio de la vergüenza y cuya identidad se perderá en la noche de los tiempos. Ojalá la justicia encuentre al prófugo en Argentina y tenga que rendir cuenta, aunque tarde, de sus hechos.

Pero el fallo del juicio que más importa está recién escribiéndose y en él Jaime Guzmán, ya se vislumbra con claridad, ocupará el lugar que merece, mientras que los prófugos, eternamente condenados, huirán para siempre por las profundidades de las alcantarillas de la historia.

Por Gonzalo Cordero, abogado.

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