Opinión

Tras las líneas enemigas

Francisco Undurraga, ministro de las Culturas

Cuando Francisco Undurraga fue designado ministro de Cultura, hubo resistencia entre los republicanos.

Recordaban que fue el único diputado de derecha que votó a favor de la despenalización del aborto. También, que los calificó como un “partido de ultraderecha, populista y ultramontano”.

Y que pocos meses antes, durante la campaña presidencial, se había preguntado si “le vamos a entregar el país al señor Kast con el riesgo de que su intransigencia y su polarización nos lleve a una situación tan lamentable como la de octubre de 2019”.

Entonces, Undurraga los acusaba de “carencia de gobernabilidad” y decía que “su negocio es polarizar; la política de trincheras y no a la política de buscar el bien común”.

La respuesta del actual presidente fue, también, dura: “deja en evidencia la cobardía de algunos en política”, respondió Kast a Undurraga.

Pero he aquí que Undurraga, tras ser derrotado en la elección parlamentaria, recibió Cultura de premio de consuelo, como el único ministro del diezmado Evópoli. Mientras, Juan Manuel Santa Cruz, el presidente del partido de la “derecha liberal”, que había advertido que “le daría dolor de guata” participar en un gobierno de Kast, hoy pasa sus malestares estomacales a punta de boeuf bourguignon, macarons y croissants, como flamante embajador del presidente Kast en la OCDE, con sede en París.

Mientras Santa Cruz disfruta de los manjares parisinos, a Undurraga le toca más difícil; tiene que demostrar que es un fiel militante de la causa.

El ministro parece haber entendido que su misión es la de un soldado tras las líneas enemigas. Que su validación como miembro leal del sector que antes execraba pasa por atacar a esa élite cultural que ese grupo siempre ha tenido entre ceja y ceja.

Su debut fue desconcertante. Anunció el fin de las obras en curso del GAM, aún a costa de tener que pagar 6 mil millones de pesos por incumplimiento de contrato a la empresa constructora.

Luego se supo, que lejos del 3% de recorte ordenado por Hacienda a todos los ministerios, Cultura había elevado ese corte al 10%.

Mientras otros ministros, como los del Salud y Vivienda, peleaban por el dinero de sus carteras, Undurraga mostraba con orgullo cómo había jibarizado el presupuesto de su propio ministerio. Los $ 51 mil millones perdidos incluyen recortes a los fondos de fomento del libro, de la música nacional, fomento audiovisual y desarrollo de las artes escénicas e inversiones audiovisuales. También al plan de fomento de lectura en la primera infancia.

El 6 de mayo, en una actividad en el Centro Cultural GAM, se anunció el turno de hablar del ministro. Sonaron pifias. Algunas personas del público lo interpelaron, reclamando por la cancelación de las obras de ese mismo lugar.

“Abucheen un poco más, si esto es lo que vienen a hacer, no vienen a escuchar”, desafió Undurraga desde el podio.

En el Día del Patrimonio, vivió otro momento desagradable: fue abucheado e insultado por parte del público que se aprestaba a ver el montaje de “La pérgola de las flores”, la primera tras el fallecimiento del director del montaje, Héctor Noguera.

El ministro acusó “una encerrona” de la que responsabilizó a “la productora comandada por la actriz Amparo Noguera”, y la atribuyó a que “entiendo que no votaron por nosotros. Si de hecho propusieron una nueva Constitución. La señora Noguera era vocera del Apruebo”.

La tesis de la “encerrona” pronto fue desmentida. Amparo Noguera asistió como público a una obra que era un homenaje a su padre; el ministro de Cultura confundió a una de las actrices más prestigiosas de Chile con su hermana Piedad, productora artística del evento. El público había adquirido sus entradas por una tiquetera, de modo que mal podría haber sido parte de alguna conspiración.

Esta idea de confrontación, de ser un soldado tras las líneas enemigas, es recurrente. Ya antes de este incidente, el ministro había dicho que “a la cultura se le ha tomado por asalto y ha querido ser capturada por sectores. Hay que recordarle a la ciudadanía que ganamos nosotros”.

De sus planes sabemos poco y nada. En la cuenta pública, el presidente Kast solo mencionó a Cultura para calificar de “inaceptable” la manifestación contra el ministro, y para anunciar un plan de recuperación y limpieza de monumentos y espacios públicos.

Sería todo. Ah, y el intento de Hacienda de debilitar la propiedad intelectual en línea con las demandas de las empresas tecnológicas, un debate en que el ministro de Cultura no dijo ni pío en defensa de los creadores artísticos. El resto han sido obras canceladas, programas eliminados, planes recortados y un discurso agresivo hacia el mundo de la cultura.

“Nosotros somos ministros de un gobierno que resultó triunfante con más de siete millones de votos”, advirtió el ministro. Quienes lo abuchean “no están acatando la decisión popular”.

La cultura parece entenderse como sinónimo de limpieza, obediencia y silencio. Murallas limpias, críticas a los “triunfadores” silenciadas, público calladito y bien portado.

Una de las interrogantes de este gobierno fue si entraría en la “guerra cultural” tan de moda en las ultraderechas del mundo. El presidente Kast ha demostrado una bienvenida contención al respecto.

Su ministro, en cambio, parece entender que es soldado de una batalla en que los artistas, el mundo de la cultura e incluso el público del teatro es un pérfido y organizado enemigo, de una cabeza y muchos tentáculos.

Una mirada paranoide en que basta que una actriz haya votado distinto a él en un plebiscito para atribuirle intenciones maléficas; en que haber ganado una elección significa inmunidad ante las críticas; en que, como en un juego de cabros chicos, decir “ganamos” permite acallar cualquier debate; en que las autoridades son inmunes al cuestionamiento, y en que quitarle recursos a museos y centros culturales es una medalla que se exhibe con distinción.

Hace no mucho, un tal Francisco Undurraga advertía de los riesgos de que gobernara la “ultraderecha”, aquel sector marcado por la “intransigencia”, que cava “trincheras” y “cuyo negocio es polarizar”.

Sería interesante saber qué diría ese diputado de la forma de hacer política de este ministro.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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