La demografía y nuestra política exterior
Durante décadas, la baja natalidad fue asociada a un asunto de políticas sociales, previsionales o laborales. Sin embargo, el desplome demográfico chileno se ha convertido en una variable con influencia en el desarrollo económico y su poder internacional. La política exterior chilena ha estado orientada por la geografía: fronteras, océanos, tratados, comercio y equilibrios regionales; sin embargo, ahora urge incorporar una nueva dimensión estratégica: la demografía. Así como la diplomacia aprendió a pensar en multilateralismo y comercio, deberá enfocarse en natalidad, envejecimiento, migraciones y disponibilidad de capital humano para convertirse en una variable estratégica.
Hoy, la discusión sobre el poder considera el tamaño de la economía, las capacidades militares, el acceso a recursos estratégicos y el desarrollo tecnológico. Sin embargo, detrás de estos factores existe uno que debemos sumar: las personas. La disponibilidad de trabajadores, innovadores, emprendedores, contribuyentes y ciudadanos constituye el fundamento de la capacidad nacional.
El envejecimiento no solo tensiona los sistemas de pensiones y salud; altera las bases del crecimiento económico. Diversos estudios muestran que las sociedades más envejecidas tienden a adoptar con mayor lentitud nuevas tecnologías, presentan menor disposición a innovar y son más reacias a asumir riesgos. El resultado puede ser una economía menos dinámica, con menor emprendimiento, menor productividad y una capacidad más limitada para crear nuevos sectores productivos. En un país donde el crecimiento dependerá cada vez más de la productividad que de la expansión de la fuerza laboral, esta tendencia adquiere una dimensión sumamente estratégica.
La historia demuestra que los grandes cambios demográficos terminan modificando los equilibrios de poder. Las tendencias demográficas influirán crecientemente en la posición internacional de Chile, en su capacidad de innovar, atraer inversiones y proyectar influencia. Este escenario obliga a ampliar el horizonte de nuestra política exterior. La política migratoria ya no es sólo un asunto de control fronterizo, sino una herramienta para atraer talento, conocimiento y capital humano, y la Cancillería debe ayudar a identificar esas oportunidades. Del mismo modo, fortalecer los vínculos con las regiones donde se concentrará el crecimiento demográfico es una inversión estratégica para la inserción internacional del país.
Pero ninguna estrategia exterior sustituirá el desafío interno. Recuperar la natalidad es o debe ser, un asunto de interés nacional. No se trata de promover determinados modelos familiares, sino de comprender que la vitalidad demográfica es un fundamento de vida. Durante años observamos el descenso de los nacimientos como un problema social, pero llegó el momento de entenderlo también como un desafío estratégico y de política exterior. Porque, en última instancia, el poder de los Estados sigue dependiendo de algo tan simple como decisivo: las personas y el poblamiento de su territorio.
Por Teodoro Ribera, Rector Universidad Autónoma de Chile y ex ministro de Relaciones Exteriores
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