Por Roberto Camhi¿Dónde va todo ese tiempo?

Cada vez que una nueva tecnología nos permitió hacer algo más rápido, asumimos que terminaríamos trabajando menos. La experiencia de las últimas décadas dice otra cosa y la IA no parece ser la excepción: nos hace recuperar tiempo, pero recuperar tiempo no es lo mismo que trabajar menos.
Un estudio publicado el 26 de agosto pasado por el Banco Central Europeo le pone números a esa intuición. El usuario mediano de IA ahorra unas tres horas semanales, el equivalente a un 7,7% de su jornada. Suena a mucho, hasta que se mira la letra chica que dice que solo el 48,8% de los trabajadores declaró usar IA y ahorrar tiempo gracias a ella, lo que reduce la ganancia real para el conjunto de la economía a apenas un 3,8% de las horas trabajadas. Pero ese promedio esconde una brecha todavía mayor y es que quienes usan la IA para generar o depurar código ahorran cerca de ocho horas semanales, casi el triple que el resto, aunque apenas un 8% de los trabajadores la usa para esa tarea. El ahorro, entonces, depende menos de la herramienta que de para qué la usamos.
Ya lo habíamos visto antes. El correo electrónico volvió instantánea la comunicación, pero instaló la expectativa de responder de inmediato. El smartphone nos hizo disponibles en cualquier lugar, y las videollamadas eliminaron desplazamientos, aunque también abrieron espacio para llenar esas horas con más reuniones. En cada caso, el tiempo ganado no se convirtió en descanso: se convirtió en más trabajo, disfrazado de eficiencia.
A mí me ha pasado exactamente lo mismo. Cada hora que la IA me devuelve termina ocupada por otra tarea que antes no me habría atrevido a asumir. No es que ahora tenga más tiempo libre, es que mi definición de lo posible se expandió y con ella creció la lista de cosas que “ahora sí puedo hacer”.
Ahí está, para mí, el verdadero cambio. La IA no solo nos permite hacer el mismo trabajo más rápido sino que está aumentando nuestra capacidad para hacer cosas. Los agentes de IA llevan esto un paso más allá. Hasta ahora, buena parte de la promesa de la IA era ayudarnos a trabajar (escribir un correo, resumir un documento, analizar información, preparar una presentación), pero los agentes prometen algo distinto: hacer el trabajo por nosotros.
Si eso se cumple a escala, es probable que el recurso escaso deje de ser nuestra capacidad de ejecutar, para convertirse en nuestra capacidad de decidir qué vale la pena hacer. Por eso la cuestión a analizar ya no debería ser cuánto tiempo nos está ahorrando la IA, sino qué estamos dispuestos a hacer con ese tiempo antes de volver a llenarlo.
Podemos convertirlo en más trabajo, en más resultados o, quizá por primera vez, en más vida.
*El autor de la columna es fundador de Mapcity y Apanio, advisor y director de startups, autor de “Piensa al revés”, “Hackea tu mente” y “TÚ”.
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