Opinión

Bachelet y el pago de Chile

Siempre se supo que el camino no iba a ser fácil, por un hecho fundamental: que el Presidente Trump podría querer vetarla (ella es algo así como su antítesis). Como uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas -junto con China, Rusia, Francia y Reino Unido-, bastaría su veto para, en la práctica, impedir que Bachelet se pueda convertir en la primera mujer -y en la primera persona chilena-, en ser secretaria general de Naciones Unidas.

Pero eso no desanimó al expresidente Boric -junto a los presidentes Lula y Sheinbaum- para presentarla. Su track record la avala para el cargo, eso está fuera de discusión: dos veces presidenta de Chile, además de gran conocedora de las Naciones Unidas, como fundadora de ONU Mujeres y como alta comisionada para los Derechos Humanos. Con experiencia en navegar momentos complejos y con una amplia red en el concierto internacional. Una figura que cumpla esos requisitos es de la mayor relevancia, especialmente en medio de una disrupción geopolítica que está desarmando la arquitectura internacional post Segunda Guerra Mundial.

Su candidatura entonces partió con el obstáculo trumpiano (recordemos que propuso para el cargo al presidente de la FIFA, Gianni Infantino). Pero también partió robusta por el apoyo de tres países, dos de ellos del mayor peso dentro de la región. Es, por lejos, la chilena más conocida e influyente en la escena política global.

Pero su propio país le falló.

En una errada decisión de política exterior, el gobierno del Presidente Kast, como sabemos, le retiró el apoyo de Chile. Dijo que por deferencia no apoyarían a otro candidato (faltaba más: ¿O pensaban apoyar al argentino Grossi?). No es primera vez que un candidato no tiene el apoyo de su propio país para dirigir la ONU, es cierto, pero no se trata de cualquier candidatura, se trata de una expresidenta de Chile por partida doble. Y porque, además, Chile ha tenido una mirada de Estado en materia de cargos internacionales. El gobierno de Boric apoyó a Andrés Allamand; el de Piñera, a José Miguel Insulza. (Y Boric erró cuando no apoyó a Claudio Grossman). Es -¿era?- una tradición que enaltece a nuestro país, que mostraba que había materias que quedaban fuera de la hojarasca de la trifulca política y los tiempos y estilos de cada gobierno de turno.

La decisión del gobierno de Kast, sin duda, socavó las opciones de Bachelet. Las explicaciones del gobierno fueron variadas. Que era porque tenía pocas opciones, por ejemplo. Pero es evidente que menos iba a tener si le quitaban el apoyo. O que la base más dura de apoyo se irritaba con la sola idea, pero gobernar es más que darles el gusto a los propios, ¿no? ¿O habrá sido por no llevarle la contra a Donald Trump, que se sabe que no la quiere dirigiendo la ONU? El diario Washington Post publicó esta semana lo que era evidente: que el gobierno de Estados Unidos ya había indicado previamente que no favorecía la candidatura de Bachelet debido a “una percibida cercanía con China”.

Quiere que gane alguien alineado con su mirada de la ONU. Y esto va más allá de sus ganas de pasarles “motosierra” feroz a los gastos. Quiere llevar a cabo un cambio fundamental en todo el organismo mundial, “en particular en la forma en que aborda los tres «pilares» de su Carta —la paz y la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos— y el respeto al derecho internacional”, dijo el Post.

Claramente, Bachelet no sería la persona que le permitiría desmantelar, desnaturalizar o destruir la ONU.

Pero que Trump no la valide o considere es una pésima razón para que el Estado de Chile no la haya validado. ¿De qué le ha servido, por lo demás, a este gobierno su política de adulación hacia Trump? De poco. Tener una chilena presidiendo Naciones Unidas le daría poder -real y simbólico al Estado de Chile, no solo a ella-. Es miopía no verlo.

Al cierre de esta edición, la expresidenta Bachelet estaba a la espera de reunirse con la Presidenta Sheinbaum para analizar el futuro de su candidatura, que se ve muy complejo. Las straw polls -indagaciones informales- han sido desfavorables, particularmente la segunda.

Pero que Bachelet tenga que conversar con los presidentes de México y de Brasil esta materia habla de una anomalía muy grande. La expresidenta chilena es una figura cuya dignidad como exmandataria y cuya trayectoria -y actitud de apertura permanente al diálogo y la cooperación con gobiernos del más diverso signo político, en Chile y afuera- ameritaban un trato básico de respeto dentro de su propia tierra.

Desgraciadamente, no es la primera mujer a la que le quitan el piso y le hacen la pista más pesada, justamente quienes debieron ayudarla.

Sería fácil culpar a Trump, pero habrá que partir por casa.

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