Opinión

Tener razón no basta

Valparaiso, 22 de julio 2026 El ministro de Hacienda Jorge Quiroz, en la Sesion Especial del Senado Sebastian Cisternas/Aton Chile SEBASTIAN CISTERNAS/ ATON CHILE

En política, como en tantas dimensiones de la vida, tener razón es importante. Pero no basta. Se puede disponer de un buen diagnóstico, sostener convicciones fundadas e incluso identificar correctamente aquello que debería hacerse y, sin embargo, no conseguir transformar la realidad.

La discusión que Chile mantiene sobre seguridad permite observarlo con claridad. Parece existir un acuerdo bastante extendido respecto de que enfrentamos una delincuencia diferente, más violenta y organizada, que desafía capacidades estatales concebidas para otra realidad. Las diferencias aparecen, naturalmente, cuando corresponde determinar qué instrumentos utilizar, hasta dónde deben llegar y cuáles son los resguardos necesarios para evitar excesos.

En la vida política es frecuente que podamos coincidir en los fines y discrepar acerca de los medios. Gobernar supone precisamente la capacidad de orientar voluntades diferentes hacia propósitos compartidos y hacer posible la acción común aun cuando no exista plena coincidencia acerca del camino que se debe seguir.

De ahí que una de las virtudes fundamentales de la política sea la prudencia, entendida en su sentido clásico: la capacidad de discernir qué conviene hacer, aquí y ahora, para alcanzar un bien posible. La prudencia no reemplaza a los principios. Los necesita. Pero sabe también que estos deben encarnarse en circunstancias concretas, entre personas distintas y dentro de instituciones que establecen límites y procedimientos.

Esto supone distinguir los fines de los instrumentos. Hay cuestiones sobre las cuales no corresponde transar porque comprometen aquello que se considera esencial. Pero existen otras en las que resulta razonable modificar caminos, incorporar ideas ajenas o aceptar soluciones imperfectas. Confundir los medios con los principios puede conducir a una paradoja: conservar intacta la posición propia y dejar también inalterado el problema que se quería remediar.

Por eso el acuerdo no constituye necesariamente una claudicación. Puede ser, por el contrario, una manifestación de buen gobierno. Alcanzarlo exige escuchar, persuadir y también dejarse convencer. La buena política requiere personas capaces de defender con firmeza aquello en lo que creen y, simultáneamente, saber concordar para avanzar.

La cuestión emerge cada vez que una sociedad debe abordar asuntos complejos. Cuanto mayor es la dificultad, menos probable resulta que exista una solución enteramente satisfactoria para todos. Gobernar requiere combinar convicción con apertura, decisión con escucha, principios con realismo. Es un ejercicio permanente de prudencia orientado al bien común.

Quizás allí radique una de las enseñanzas más antiguas y, a la vez, más actuales de la política. Las buenas razones son indispensables. Pero quien participa en los asuntos públicos debe aspirar a algo más que demostrar que las tiene. Ha de contribuir a que, mediante ellas y junto con otros, sea posible hacer el bien.

Definitivamente, tener razón no basta.

Por Álvaro Pezoa, Director Centro Ética y Sostenibilidad, Empresarial, ESE Business School, Universidad de los Andes

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