Santiago incaico
“Este libro cambiará la forma en que miramos Santiago”, dice la contratapa de Mapocho Incaico y la Fundación de Santiago de Chile, el texto de 167 páginas del arqueólogo Rubén Stehberg que está en librerías desde mayo. Y así es. Para quienes venimos siguiendo desde hace años los hallazgos de Stehberg junto al historiador Gonzalo Sotomayor y al geógrafo Juan Carlos Cerda, este libro produce una inmensa alegría, pues permitirá que miles de santiaguinos y chilenos se impresionen con la historia no contada, y hasta ahora omitida, de la verdadera fundación de Santiago.
Mapocho Incaico explica de manera didáctica que el valle donde hoy se levanta nuestra capital no era un espacio vacío, menos uno improvisado. Los españoles no llegaron a un lugar donde había que partir de cero. Por el contrario, eligieron este punto de Chile pues se trataba de un territorio organizado, con autoridades, caminos, canales, agricultura y centros de poder. Pedro de Valdivia y sus acompañantes llegaron a un centro administrativo y religioso incaico, lo que se demuestra con evidencia arqueológica y documental rigurosa. Aquí estaba el centro político ceremonial inca más austral del Tawantinsuyu.
A partir de hallazgos de cerámicas, restos de construcciones, archivos coloniales tempranos y cartografía histórica, esta investigación reconstruye cómo ese sustrato indígena condicionó el trazado inicial de Santiago, la elección del valle por los conquistadores españoles, y determinó los rumbos de nuestra ciudad hasta hoy. Veamos un ejemplo decisivo: la red de canales de regadío con las que se encontraron los españoles.
“Su elevado número y su extensión remitieron a un período relativamente largo, a la incorporación de miles de hectáreas a la agricultura del maíz y otros cultígenos, pero sobre todo a un periodo de paz entre la población local y el Tawantinsuyu, puesto que sin ella la construcción y operación de estos canales hubiera sido imposible. La producción agrícola excedentaria debió constituir uno de los motivos que guiaron a Pedro de Valdivia a elegir el valle del Mapocho para fundar la capital del Reino. La ciudad de Santiago se fue construyendo y organizando en torno a las chacras regadas por estos canales, inicialmente de origen indígena”, explica Stehberg.
“Se gobierna desde el mismo sector donde lo hiciera el gobernador inca Quilicanta y sus antecesores. La carretera Panamericana circula paralela a las dos vías longitudinales prehispánicas más importantes que fueron el camino que va a los Promaucaes y el camino del Inca. La regencia del país se sigue realizando desde el mismo lugar donde lo hicieran los lonkos y las autoridades incaicas. La importancia estratégica del valle del Mapocho, consistente en servir de paso obligado entre las poblaciones de más al norte y de más al sur, sigue plenamente vigente”, anota Stehberg, quien tiene un objetivo muy claro con esta publicación: que los actuales santiaguinos conozcan y valoren su pasado prehispánico.
Tiene tanta razón este verdadero héroe urbano, quien trabajó entre 1974 y 2017 en la sección de Antropología del Museo Nacional de Historia Natural, y cuyo interés por este desconocido pasado de Santiago empezó con su tesis sobre la fortaleza incaica de Chena, en 1975, donde postulaba que el objetivo principal de esta instalación fue “evitar la entrada de los opositores al Tawantinsuyu al importante asentamiento y quizás centro administrativo inca del Mapocho”. Stehberg usaba la palabra “quizás” hace 50 años. Hoy la podemos cambiar por “definitivamente”. Para eso fue fundamental la investigación interdisciplinaria efectuada entre 2011 y 2020, cuyos resultados están dispersos en más de una docena de artículos científicos. El descubrimiento de su compañero de ruta, Gonzalo Sotomayor, en el que analizó un juicio colonial inédito de 1611 que versaba sobre la exacta ubicación del camino del Inca, fue un hito. A eso hay que sumar las excavaciones que realizaron en torno a la Plaza de Armas entre 2015 y 2016. El principal hallazgo ocurre en el Patio de los Naranjos de la Catedral: varios fragmentos alfareros decorados del período Tawantinsuyu.
En paralelo, los arqueólogos Luis Cornejo y Miguel Saavedra descubren un pozo lleno de fragmentos cerámicos decorados con motivos incaicos en el subsuelo del Museo Precolombino, así como otras excavaciones en los patios interiores del Museo Histórico Nacional y el Cuerpo de Bomberos de Santiago permiten dar con restos de pircas y cerámicas de origen incaico.
Otro dato extraordinario que revela el libro es el siguiente. El 11 de junio de 1541 se convoca a un cabildo en Santiago para nombrar a Pedro de Valdivia como gobernador, lo que se realiza en el “tambo grande”, el edificio incaico de mayor tamaño y que estaba junto a la plaza de la ciudad.
No es un día cualquiera: es el solsticio de invierno (en esa época regía el calendario juliano), el más importante evento anual de la población local. Este hecho no habría sido casual. Era muy conveniente que la persona que iba a ser elegida Gobernador de Chile fuera reconocida y aceptada por la población indígena, tanto incaica como local, así como por el gobernador Quilicanta, quien por este acto quedó destituido. Es más, el nuevo gobernador se presenta como un inca, reclamando sus derechos sobre las propiedades pertenecientes al Tawantinsuyu, ya que el Estado incaico había caído en manos españolas.
Un último dato: La Moneda está a menos de 500 metros de las casas desde donde el gobernador Quilicanta administraba la provincia incaica del Mapocho. Nada de esto es coincidencia, es continuidad histórica. Sugiero comprar este libro, leerlo y transmitir su contenido. Si entendemos nuestra historia y conocemos nuestro pasado, es posible que eso nos ayude en la búsqueda por comprender qué significa ser chileno.
Por Rodrigo Guendelman, conductor de Santiago Adicto de Radio Duna.
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