Las mujeres que sostienen los barrios
Ocho de cada diez personas que lideran organizaciones sociales son mujeres. Además de trabajar y cuidar a sus familias, dedican horas, casi siempre gratis, a resolver los problemas de sus comunidades. Pero la mayoría supera los 60 años y muy pocos jóvenes quieren tomar la posta. Quién cuidará los barrios cuando ellas ya no puedan hacerlo es una pregunta que empieza a preocuparlas.
El WhatsApp de Daniela Medina (56) no tiene horario. Los mensajes pueden llegar de noche porque se cortó la luz, un domingo en la tarde porque alguien necesita un certificado de residencia, o cualquier día, a cualquier hora, porque murió un vecino y su familia necesita conseguir una sede donde hacer el velorio. “Siempre hay una consulta o una preocupación, un robo, alguien que necesita orientación o simplemente alguien que busca a quién recurrir”, cuenta. Daniela es presidenta de la Junta de Vecinos Integración y Progreso de Graneros y también de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos de la comuna. Por eso, cuando le preguntan cómo es una semana normal en su vida, dice que no conoce tal cosa. “Un día o una semana típica de un dirigente no existe, porque este trabajo no tiene horario”.
Daniela no es una excepción. El 82% de quienes lideran organizaciones territoriales y funcionales en Chile son mujeres, según la Encuesta Comunidades 2026, elaborada por Fundación Junto al Barrio y aplicada a 298 dirigentes y dirigentas de distintas regiones del país. La cifra da cuenta de algo que probablemente muchos han visto alguna vez en sus propios barrios: cuando hay que organizar, gestionar, tocar puertas o encontrar una solución para un problema común, muchas veces son ellas las que terminan haciéndolo.
Y no se trata solo de conseguir que arreglen una luminaria o pavimenten una calle. La encuesta reveló que el 84,2% de las organizaciones desarrolla acciones relacionadas con seguridad; el 80,5% apoya a vecinos en trámites y acceso a servicios; el 76,2% trabaja en espacios públicos y vivienda; y el 66,8% impulsa iniciativas vinculadas a salud. Pero quizás lo que mejor muestra hasta dónde ha llegado su trabajo está en otras cifras: más de la mitad (51,7%) entrega acompañamiento emocional o cuidados directos y un 37,6% apoya a familias durante duelos y funerales. En resumen, además de gestionar el barrio, estas mujeres también terminan cuidándolo.
A Carolain Pavez (43), presidenta de la Junta de Vecinos Villa El Ensueño de Los Vilos, le pasa seguido. Ella dice que ser dirigenta es convertirse en “un puente entre las personas y las soluciones”, pero en la práctica eso significa mucho más que hacer reuniones, organizar actividades o hablar con las autoridades. Significa escuchar, aconsejar y estar atenta incluso a aquello que los vecinos no dicen. “A veces solo con una mirada uno se da cuenta de que algo no anda muy bien. Uno escucha, aconseja. Trata de ser hasta psicóloga”, dice en broma. Hay vecinos, jóvenes y niños que se acercan a ella simplemente para desahogarse. Por eso Carolain no habla de la dirigencia como un cargo, habla de compromiso, de estar disponible y de convertirse, como ella misma dice, en “esa persona a quien acudir en el día a día”.
La otra jornada
Luz Herrera (61) conoce bien esa disponibilidad de la que habla Carolain. Como presidenta de la Junta de Vecinos Villa América de Los Vilos, muchas veces recibe a personas que llegan con problemas que poco tienen que ver con lo que uno imaginaría como las tareas tradicionales de una junta de vecinos. “Nosotros como dirigentes no solo gestionamos temas propios del territorio, sino también de salud de muchos vecinos que no cuentan con una red de apoyo familiar”, dice.
Que sean principalmente mujeres quienes terminan ocupando ese lugar no parece casual. Daniela cree que hay algo de un rol que muchas han ejercido durante años dentro de sus propias casas y que, de alguna manera, se extiende después hacia la comunidad. “Muchas veces cuidamos a nuestra familia y a nuestros hijos, y ese cariño también alcanza para nuestros vecinos y la comunidad. Pero ser dirigente no es solo querer a la gente, ese cariño debe transformarse en una acción”, agrega. Y esa acción puede ser acompañar a alguien que está solo, pero también preguntar, insistir, hacer llamados, tocar puertas o hacerse cargo de esos problemas cotidianos que, como ella misma dice, “muchas veces nadie quiere asumir”.
Sin embargo, que las mujeres se hayan encargado toda la vida de buena parte de esas tareas no significa que cuidar a un barrio sea algo que ocurra espontáneamente ni que salga gratis. Detrás de esa disponibilidad hay horas de trabajo que se agregan a las otras jornadas que muchas ya tienen. Según la encuesta, el 48% de los dirigentes y dirigentas dedica más de diez horas semanales a su labor, que en gran medida se realiza de manera voluntaria y sin remuneración.
Daniela lo sabe bien. Ser dirigenta no hizo desaparecer ninguna de las otras responsabilidades de su vida y por eso dice que reconocer este trabajo implica mirar también aquello que normalmente no se ve. “Es entender todo lo que hay detrás de este trabajo, el tiempo que entregamos, las responsabilidades familiares que seguimos teniendo y muchas veces el esfuerzo que hacemos por estar presentes en nuestra comunidad. Son cosas que no se ven, porque seguimos siendo mamás, esposas e hijas”.
A las horas se suma, además, todo lo que han tenido que aprender para hacer bien su trabajo. Formular un proyecto, postular a un fondo concursable, manejar herramientas computacionales, elaborar un presupuesto y después rendir los recursos son conocimientos que muchas veces nadie les enseñó. “Muchas cosas las aprendemos con los años, equivocándonos, estudiando por nuestra cuenta, preguntando y cometiendo errores”, cuenta Daniela. El problema es que aprender sobre la marcha también tiene un costo: una buena idea para el barrio puede quedar fuera de un fondo simplemente porque quienes la impulsan no cuentan con las herramientas necesarias para formularla.
Por eso, cuando estas dirigentas hablan de reconocimiento, no están pensando precisamente en homenajes. Carolain describe su trabajo como levantarse temprano y acostarse tarde, hacer reuniones, escribir oficios y andar tocando puertas, “todo eso sin sueldo, puro amor a nuestra comunidad”. Pero sabe que el amor por el barrio no alcanza para sostenerlo todo. “Nosotros no pedimos aplausos, pedimos respaldo. Porque si nos apoyan podemos hacer mucho más por nuestros vecinos”.
Y ahí las instituciones también tienen algo que responder. Aunque el 78,5% de quienes participaron en la encuesta identifica al municipio como su principal aliado, casi un tercio (32,9%) señala a la burocracia municipal o estatal como uno de los principales obstáculos para resolver las necesidades de sus comunidades. El apoyo privado es todavía menor: solo el 15,5% identifica a las empresas como un actor relevante en el territorio.
¿Quién tomará la posta?
Hay una pregunta que Carolain se hace cada vez más seguido y es quién va a seguir haciendo todo esto. “Me preocupa quién va a tomar el cargo”, dice. Y no es una inquietud solo suya. La Encuesta Comunidades 2026 muestra que el 43,3% de quienes lideran organizaciones sociales tiene 60 años o más, mientras apenas el 1,7% tiene menos de 30.
Carolain ve jóvenes con ganas, ideas nuevas y habilidades que podrían ser muy útiles para el trabajo comunitario, especialmente en tecnología y redes sociales. Pero también cree que muchos miran lo que hacen ella y otras dirigentas y ven algo difícil de asumir por lo demandante que resulta. “Ven que es mucho sacrificio, sin sueldo y a veces con poco reconocimiento”, dice. Por eso, sostiene, el desafío está en abrirles espacio y acompañarlos: “No tirarles toda la responsabilidad de una vez”. Su temor es que, si no existe recambio, “todo el trabajo que hemos realizado se apague en el tiempo”.
Luz, en cambio, se muestra más crítica respecto de la participación de las nuevas generaciones y reconoce que la falta de interés juvenil es una de las principales preocupaciones para quienes hoy lideran las organizaciones. “Nos preocupa enormemente, ya que vemos que los jóvenes no muestran interés en ser dirigentes y los que lo hacen solo piensan en sus propios intereses, creencias y posturas, sin demostrar labor social o comunitaria”.
Daniela, por su parte, prefiere mirar el recambio desde otra perspectiva. Cree que los jóvenes sí pueden asumir un papel en la vida de sus comunidades, aunque probablemente no lo harán de la misma manera que las generaciones anteriores. “No podemos pretender que participen de la misma manera o con el mismo entusiasmo que lo hicimos nosotros hace años. El desafío es encontrar nuevas formas de acercarnos y despertar ese interés o ese bichito por su comunidad”, asegura.
Para ella, tomar la posta no tiene por qué significar reemplazar a una generación por otra: “Nosotros tenemos experiencia y memoria territorial. Ellos tienen otras herramientas que hoy hacen más fácil la comunicación. Tenemos que entregar nuestra experiencia, pero también abrirnos y aprender de estas nuevas generaciones”.
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