¿Puede el botox afectar el orgasmo femenino?
Queremos borrar el ceño fruncido, pero quizás tenga sus razones para estar ahí. Así lo sugiere un estudio que explora cómo inmovilizar ciertos músculos del rostro con botox podría influir en el placer sexual. Aquí un neurólogo y una sexóloga explican qué hay detrás de esta hipótesis y por qué conviene mirarla con cautela.
¿Qué tiene que ver fruncir el ceño con el orgasmo? A primera vista, probablemente nada, sin embargo, un estudio publicado en 2018 por el investigador Michael B. Lewis de la Universidad de Cardiff, plantea que intervenir los músculos del rostro con toxina botulínica, -el famoso botox-, podría estar relacionado con cambios en la manera en que algunas mujeres experimentan el placer sexual.
El estudio dice que las mujeres que se han sometido a un tratamiento con toxina botulínica en el rostro experimentan orgasmos menos satisfactorios, e incluso les resulta más difícil alcanzarlos. La hipótesis propone que esto ocurre debido a que los músculos a los que suele dirigirse el botox, como el entrecejo por ejemplo, están asociados con el orgasmo y la excitación, ya que cuando los movemos, se envían señales al cerebro.
Para ello, siguió a 36 mujeres que se sometieron a distintos procedimientos estéticos y evaluó su estado de ánimo, capacidad para reconocer emociones y función sexual antes y después del tratamiento. Los resultados encontraron una disminución en aspectos relacionados con la satisfacción sexual entre las mujeres que recibieron botox, mientras que este descenso no se observó en el grupo que recibió otros procedimientos estéticos que no implicaban restricción muscular.
El rostro también participa del placer
La explicación propuesta por la investigación plantea que la relación entre cerebro y cuerpo no funciona solamente en una dirección. “Solemos pensar que lo primero que sentimos es una emoción y después hacemos una expresión facial, pero también hay evidencia de que la expresión facial misma genera un feedback hacia el cerebro”, explica el médico cirujano y especialista en neurología de adultos, Gonzalo Muñoz.
Esto es justamente lo que vuelve interesante el hallazgo del estudio. Durante la excitación sexual y el orgasmo aparecen distintas respuestas corporales involuntarias, entre ellas expresiones faciales como fruncir el ceño. La investigación plantea que algunas de estas expresiones podrían formar parte de un circuito de retroalimentación corporal.
“Las expresiones faciales no son solamente una manifestación del placer, también pueden participar en cómo lo experimentamos”, explica la psicóloga y sexóloga Camila Zamora. “Desde una mirada sexológica, el cuerpo forma parte de la vivencia erótica: lo que sentimos, expresamos y percibimos se retroalimenta”.
Para Muñoz, ahí aparece una de las hipótesis centrales del estudio: “Si bloqueamos temporalmente los músculos con toxina botulínica, podríamos estar modificando una parte de ese circuito del feedback”.
El rol de la autoestima
Hay otra dimensión que aparece cuando se habla de botox y sexualidad: la relación con la propia apariencia. Una persona puede decidir modificar una parte de su rostro porque quiere sentirse más cómoda con su imagen, porque busca verse de determinada manera o porque espera sentirse más atractiva. Y esa percepción puede relacionarse, a su vez, con la experiencia sexual.
“Hay que preguntarnos qué hay detrás de la necesidad de modificar el cuerpo”, plantea Camila Zamora. En algunas personas una intervención estética puede favorecer la seguridad corporal, pero en otras puede existir una preocupación más profunda por la apariencia que el procedimiento no necesariamente resuelve. Por ello la sexóloga pone el foco especialmente en la diferencia entre sentirse deseable y sentirse capaz de desear.
Cuando la sexualidad queda demasiado ligada a la necesidad de gustarle a otro, dice, puede perderse de vista una pregunta fundamental: “¿qué quiero yo?, ¿qué me da placer?, ¿qué fantasía tengo?, ¿qué quiero explorar?, ¿qué no quiero y cuáles son mis límites?”.
Y esta dimensión adquiere especial relevancia cuando se habla de mujeres. Zamora plantea que la sexualidad femenina ha estado históricamente atravesada por estándares de belleza y por la necesidad de ser atractiva, deseable y validada. Por eso, la pregunta no necesariamente es solo si una intervención estética modifica el cuerpo, sino también qué relación tenemos con ese cuerpo antes y después de intervenirlo.
También queda una pregunta abierta sobre la comunicación durante el encuentro sexual. Las expresiones del rostro pueden ayudar a la pareja a reconocer lo que estamos sintiendo, y el propio estudio propone investigar cómo podría cambiar esa interacción al limitar el movimiento de algunos músculos. Además, los resultados sobre función sexual se obtuvieron mediante cuestionarios respondidos por las participantes: muestran lo que ellas reportaron, pero no permiten establecer con certeza qué produjo ese cambio.
Por eso, aunque la hipótesis es llamativa, el doctor Muñoz advierte que los resultados deben leerse con cautela: “Estamos hablando de un estudio pequeño y exploratorio”. Para el neurólogo, su principal aporte está en abrir una pregunta que merece seguir investigándose: “Lo que hay que destacar más que nada es que la toxina botulínica tiene efectos que van más allá de relajar el músculo y que vale la pena seguir estudiándolo”.
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