Por Patricia MoralesLas barreras emocionales y sociales detrás del uso del condón
Solo el 23% de los chilenos usa condón de manera consistente y apenas el 17% se realiza exámenes de VIH o de otras ITS. Así lo muestra un estudio que aplicó herramientas de las ciencias del comportamiento para comprender qué hay detrás de estas cifras.

Solo el 23% de los chilenos usa condón de manera consistente y apenas el 17% se ha realizado un examen de VIH o de otras infecciones de transmisión sexual (ITS) en el último año. Pero el problema no es que la gente no conozca la importancia de estas medidas, es que saber no alcanza para cambiar conductas.
Esa es la principal conclusión de un estudio publicado en la revista científica Scientific Reports (Nature Portfolio), que analizó datos de más de 20 mil adultos chilenos y aplicó herramientas de las ciencias del comportamiento para entender qué hay detrás de estas cifras.
La investigación, de la que participó Dr. Salvador Chacón-Moscoso de la Universidad Autónoma de Chile se basó en la Encuesta Nacional de Salud, Sexualidad y Género (ENSSEX) 2022-2023, y concluye que las decisiones sobre usar o no un preservativo, o hacerse un examen, están atravesadas por algo mucho más complejo: las creencias sobre el placer, las dinámicas de pareja, la educación sexual recibida en la infancia y hasta las dificultades para acceder a servicios de salud sexual.
El condón y el miedo a perder el placer
Aunque según el estudio el 80% de las personas encuestadas señala que su principal motivación para usar preservativo es prevenir el VIH y otras infecciones de transmisión sexual, esa intención muchas veces no se traduce en conductas concretas. De hecho, solo el 17,5% de los participantes declaró haber usado condón siempre durante el último año.
¿Por qué ocurre esta brecha? Una de las respuestas está en el placer. La creencia de que los condones reducen el placer sexual en los hombres fue respaldada por un 41,6 % de los encuestados, que se mostraron de acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación. Además, el 43,8 % estuvo en desacuerdo o muy en desacuerdo con que el uso del condón aumente el disfrute sexual, y el 31,2 % respaldó la idea de que también reduce el placer en las mujeres. En conjunto, estos datos sugieren que la percepción de una disminución del placer, especialmente entre los hombres, junto con una imagen negativa del uso del preservativo, puede dificultar su uso constante.
Pero el placer no es el único factor en juego. En las relaciones de pareja estables, el condón suele desaparecer porque se asocia a desconfianza, sospechas de infidelidad o a la idea de que el amor y el compromiso son suficientes para protegerse. Casi un 30% de los encuestados se mostró ambivalente frente a la afirmación de que el preservativo sigue siendo necesario incluso dentro de una relación estable.
“Hay una brecha clara entre la intención y la conducta real. Las personas quieren protegerse, pero factores emocionales, relacionales y sociales interfieren en el momento de actuar”, señala el equipo investigador.
El riesgo siempre parece lejano
Si en el caso del condón las barreras tienen que ver con el placer y las dinámicas de pareja, en el testeo ocurre algo distinto: muchas personas simplemente no creen que el riesgo las incluya. Esa percepción se refleja con claridad en los datos: el 68,3% de quienes no se realizó un examen de VIH o de otras infecciones de transmisión sexual durante el último año dijo que no lo hizo porque no se sentía en riesgo.
Y eso ocurre pese a que el conocimiento general sobre el VIH es alto. Más del 85% de los encuestados sabe que el uso del condón previene la transmisión del virus y la mayoría reconoce la importancia del diagnóstico oportuno.
El estudio también identificó una importante brecha de género. Mientras el 68,7% de las mujeres había consultado alguna vez a un profesional de la salud sobre sexualidad o infecciones de transmisión sexual, entre los hombres la cifra caía al 24,3%.
Los investigadores sugieren que las mujeres tienen más oportunidades de conversar sobre salud sexual en el sistema sanitario, principalmente a través de los controles ginecológicos y de salud reproductiva. Los hombres, en cambio, suelen tener menos contacto con estos espacios, lo que podría limitar el acceso a información, consejería y testeo.
Otra diferencia aparece al mirar las nuevas herramientas de prevención. Aunque el conocimiento sobre el VIH es alto, la familiaridad con la profilaxis preexposición, más conocida como PrEP —un medicamento que reduce significativamente el riesgo de adquirir el virus— sigue siendo muy baja: solo el 10,5% de las personas encuestadas dijo conocerla.
El rol de la educación sexual
Si las creencias sobre el placer y la confianza en la pareja influyen en las conductas de prevención, ¿de dónde vienen esas ideas? Para los investigadores, parte de la respuesta está en la educación sexual que recibimos o, más bien, en la que no recibimos.
El 71,2% de las personas encuestadas dijo que en su familia nunca se hablaba de sexualidad durante la infancia. Además, solo el 30,3% recordó haber recibido educación sexual en la enseñanza básica y el 52,1% en la enseñanza media. Y quienes sí la recibieron tampoco la evaluaron particularmente bien: más del 50% la calificó como mala o muy mala. A esto se suma la escasa conversación con la pareja antes de la primera relación sexual (33,4%).
Los autores plantean que las conductas preventivas comienzan a construirse mucho antes de la vida sexual activa. Hablar de consentimiento, placer, autocuidado y relaciones de pareja desde edades tempranas contribuye a desarrollar habilidades y creencias que, años después, influyen en decisiones tan concretas como usar un condón o realizarse un examen de VIH.
Repensar la prevención
Los hallazgos tienen implicancias directas para la política pública. “Las estrategias centradas exclusivamente en entregar información probablemente son insuficientes. Se requieren intervenciones que aborden los determinantes emocionales, sociales y estructurales del comportamiento”, señala Francisco Chacón-Moscoso, uno de los autores del estudio.
El informe propone reformular la manera en que se habla del placer y del uso del condón, fortalecer la educación sexual desde la infancia y diseñar estrategias de acceso a la salud sexual que consideren las diferencias de género y las distintas formas en que las personas se relacionan con el sistema sanitario.
Porque, al menos en materia de prevención del VIH y las ITS, el desafío ya no parece ser que las personas no sepan qué hacer. El desafío es entender por qué, aun sabiéndolo, muchas veces no lo hacen.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE












