Por Constanza PalmaLas barreras que enfrentan los hombres trans en consultas ginecológicas
Para muchos hombres trans, acudir a una consulta ginecológica todavía significa exponerse a ser mal llamados, cuestionados o derivados por desconocimiento. Y aunque existen avances, la falta de formación sigue siendo una barrera: cerca del 70% de los profesionales de la salud reconoce desconocer las indicaciones de tamizaje de VPH y cáncer cervicouterino para esta población.

Antes de pedir una hora médica, Fito hace algo que la mayoría de las personas nunca tendría que hacer: abre un grupo de WhatsApp de hombres trans de todo Chile y revisa un archivo Excel. Ahí aparecen, separados por región, los nombres de los profesionales “trans friendly”, aquellos que otras personas recomiendan porque respetan los pronombres, conocen los procesos de transición y saben cómo atender sin cuestionar su identidad.
“No es llegar y tomar una hora a cualquier centro de salud asegurando una buena atención en cuanto a tus pronombres, tu identidad y género”, cuenta. “Entonces, se acotan bastante los médicos a quienes puedes acudir”.
Su experiencia no es excepcional. Un estudio desarrollado por Corporación Miles sobre el rol de la matronería en la atención de personas transmasculinas en el sistema público chileno concluyó que cerca del 70% de los profesionales de la salud reconoce desconocer las indicaciones de tamizaje para Virus del Papiloma Humano (VPH) y cáncer cervicouterino en esta población.
El informe también evidencia problemas como la falta de protocolos específicos, una formación insuficiente en diversidad de género durante el pregrado y limitaciones propias de la organización del sistema público. Como consecuencia, la calidad de la atención depende muchas veces de la iniciativa y sensibilidad personal de cada profesional, generando experiencias muy distintas entre un establecimiento y otro.
Limitaciones desde la formación
Lleysi Tamarin, matrona de Corporación Miles, recuerda perfectamente la primera vez que atendió a un hombre trans. Era interna en un hospital y, aunque su principal preocupación era entregar una atención respetuosa, también sintió la incertidumbre de enfrentarse a una realidad para la que nunca había sido preparada.
“En el pregrado no hay alguna estrategia, no hay ni un manual de cómo atender a personas que son trans en general”, recuerda. Por eso, antes de comenzar la atención, optó por lo más básico: presentarse, preguntar el nombre y los pronombres de la persona y validar su identidad.
Con los años fue adquiriendo experiencia, realizando cursos y especializaciones por iniciativa propia. Sin embargo, insiste en que esa realidad no debería depender del interés personal de cada profesional. “Hay profesionales de la salud que egresan sin tener conocimientos básicos para poder atender o dar respuesta a las necesidades de las personas trans”, afirma.
Según explica, la mayoría de los contenidos relacionados con diversidad sexogenérica aparecen como talleres o actividades optativas, pero rara vez forman parte obligatoria del currículo universitario. Como consecuencia, hay matronas que terminan aprendiendo sobre la marcha mientras otras nunca reciben formación específica.
La investigación confirma esa percepción. Chile cuenta con una Política Nacional de Salud para Personas Trans y de Género Diverso, la cual establece que todos los equipos sanitarios deben contar con formación para entregar una atención respetuosa y libre de discriminación, además de garantizar el acceso a la salud sexual y reproductiva de esta población. Sin embargo, en la práctica, tanto profesionales como pacientes reconocen que persisten brechas importantes en capacitación, protocolos y experiencia clínica.
La ausencia de formación tiene consecuencias concretas para quienes buscan atención. Fito recuerda que durante mucho tiempo evitó consultar porque la ginecología le producía rechazo. “Está muy asociado a la salud de la mujer y eso igual me generaba cierta incomodidad”, explica. Aun así, sabía que necesitaba controles preventivos.
Cuando finalmente decidió pedir una hora, la experiencia confirmó sus temores: “Fui a un centro médico porque ya me era urgente, y me decían: ‘No, usted tiene que ir al urólogo’. Y yo les decía: ‘No, necesito una matrona’”.
No fue el único episodio. También recuerda que lo llamaban por su nombre antiguo en las salas de espera, endocrinólogos que rechazaron atenderlo y profesionales que condicionaban el inicio de su transición a certificados o evaluaciones externas. “Tuve varias malas experiencias que invalidaban mi propia experiencia”, dice.
Para Lleysi, ese tipo de situaciones no son casos aislados. Son el resultado de un sistema que todavía funciona sin criterios comunes: “Actualmente está muy sujeto a voluntades de los profesionales, no hay uniformidad en la forma en que se atiende a personas trans”.
Recuerda, por ejemplo, el caso de un hombre trans de San Javier que consultó por anticoncepción y al que un profesional se la negó por desconocer la evidencia científica sobre el uso de métodos anticonceptivos durante la hormonización. “Era un profesional que tenía una información errada o antigua respecto a la anticoncepción en personas trans”, relata.
Mirar la matronería más allá
El estudio también cuestiona una idea que está profundamente instalada, y es que la matronería se limita al embarazo o a la atención de mujeres cisgénero. Fito reconoce que durante gran parte de su transición ni siquiera sabía que una matrona podía acompañarlo.
“Después me vine a enterar de que la matrona también podía acompañar mi proceso de transición”, dice. Hasta entonces, toda la información que recibía giraba en torno a endocrinólogos y cirujanos, mientras dudas tan cotidianas como los efectos de la testosterona sobre el útero o los cambios genitales quedaban sin respuesta. “Si hubiera tenido este acompañamiento desde un principio hubiese sido mucho más bacán el proceso”, reflexiona.
Ese acompañamiento, explica Lleysi, forma parte del rol de la matronería, que no solo incluye controles ginecológicos, sino también consejería en salud sexual, anticoncepción, prevención de infecciones de transmisión sexual, educación y acompañamiento durante todo el proceso de transición. Sin embargo, insiste en que para ejercer ese rol se necesitan herramientas: “La creación de protocolos es fundamental. Que todo esté sujeto a voluntades es sumamente complejo”.
A pesar de las dificultades, ambos coinciden en que una atención respetuosa puede transformar completamente la experiencia. Hoy Fito trabaja en Corporación Miles y recibe parte de su atención con las mismas matronas con las que comparte el espacio laboral.
“Creo que ha sido el mejor momento de mi salud sexual y reproductiva como persona trans”, afirma. Para Lleysi, ese es precisamente el horizonte hacia el que debería avanzar el sistema: “Mi mundo ideal sería que las personas pudieran expresarse libremente, preguntar todas las dudas que tengan y acudir a un servicio de salud sin miedo a ser juzgades o criticades”.
Fito comparte ese anhelo. “Que validen nuestra existencia. Somos personas, nos corre sangre igual que a todas las personas”, dice, y concluye: “Informarse y atreverse a atendernos. Eso es lo básico”.
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