Paula

Qué cambia en una niña y un niño cuando un adulto sabe acompañar la lectura

En Chile, más de la mitad de las niñas y niños de kínder y prekínder crece sin que le lean un cuento a la semana. El resultado de esa falta de estímulo se refleja, entre otras cosas, en el SIMCE, que muestra que 1 de cada 4 estudiantes de cuarto básico no alcanza los conocimientos mínimos en lectura. Sin embargo, pocos reparan en que esa brecha también la experimentan quienes quedan a su cuidado. ¿Qué ocurre cuando se les acompaña para que sean ellos quienes enciendan ese interés? 70% de las niñas y niños mejora su motivación por aprender, 73% de los cuidadores empieza a leer y jugar con sus hijos al menos tres veces por semana, y el 91% se siente más seguro en su rol.

A las 8:15 de la mañana, cuando ya todas las niñas y niños están en sus salas de clases, en la biblioteca del colegio San Genaro de Renca se reúne un grupo de adultos a leer. Son 25 madres, padres y cuidadores, y una tutora. Todos juntos y en voz alta leen “Mi hermano tiene un auto propio”, de Vesna Sekulovic, que cuenta la vida diaria de un niño en silla de ruedas. “Mi hermano se llama Alejandro”, dicen a coro y dan vuelta la página. “Él siempre me hace reír”, continúan. A ratos paran, comentan el significado de una palabra, anticipan lo que viene, se preguntan qué habrá sentido el protagonista. Cuando terminan, el libro se cierra, pero las actividades recién comienzan: hay un memorice con imágenes del cuento, tarjetas para ordenar la cronología de los hechos, una búsqueda de palabras escondidas en el texto. Nadie tiene prisa. Cuando a los 45 minutos finaliza el taller, cada uno se lleva a casa el libro de la quincena y todos los materiales para repetir las actividades con sus hijos. Y devuelve el de la quincena anterior, el que vivió dos semanas en ese hogar.

Esa es la dinámica de Lectura Compartida, programa desarrollado por Alma, fundación que impulsa el desarrollo integral de las niñas, niños y sus familias a través de la lectura y el juego, fortaleciendo vínculos familiares. Por eso, intencionalmente no trabaja con los más pequeños de manera directa, sino con las personas que los cuidan. Su apuesta es que el cambio más profundo no ocurre en el aula, sino en el espacio íntimo entre un adulto y un niño, cuando alguien abre un libro y dice “esto es para los dos”.

El programa se implementa en establecimientos educativos, con foco territorial: entran a una comuna, trabajan con los colegios y construyen desde ahí hacia las familias y la comunidad. Los talleres son quincenales, siempre en horario escolar, justo después de la entrada de los niños, para que los cuidadores puedan asistir mientras sus hijos están en clases. Cada sesión combina la lectura compartida en voz alta con actividades diseñadas según el libro: juegos, preguntas, materiales para llevar a casa. La tutora no enseña a leer a los adultos, les muestra cómo acompañar la lectura, cómo convertir un cuento en una conversación, cómo hacer del libro algo que pertenezca a los dos.

Cuando hablamos de fomento lector en Chile, el primer reflejo suele ser pensar en acceso: más bibliotecas, más libros en los colegios, más pruebas de lectura complementaria. Es una respuesta lógica, pero incompleta. “Existen bibliotecas públicas y espacios escolares que facilitan el acceso. Lo que realmente marca la diferencia es cómo se utilizan los recursos y el sentido que se les da en la vida cotidiana”, dice Carmen de la Maza, directora ejecutiva de Fundación Alma. El problema es que nadie abre los libros junto a los niños.

Lo que hace falta, dice, no es más oferta material sino más acompañamiento. “El elemento decisivo no es la cantidad de libros, sino el interés y las ganas de los padres y cuidadores de involucrarse en la educación de sus hijos. Cuando existe esa motivación, la lectura se transforma en un espacio de encuentro y crecimiento”, asegura de la Maza.

“La lectura no se instala solo con el acceso material”, explica Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez de Fundación Colunga. “Lo que hace la diferencia es la mediación adulta, el vínculo, alguien que acompañe ese encuentro con el libro y lo convierta en una experiencia afectiva”.

Los datos confirman la urgencia. Según la Encuesta de Vulnerabilidad Escolar 2024 (JUNAEB), apenas al 36% de niñas y niños de educación parvularia le leyeron o contaron cuentos al menos una vez a la semana durante el último mes. Pero a más de la mitad no.

El efecto se acumula: el SIMCE 2024 muestra que 1 de cada 4 estudiantes de cuarto básico no obtiene los conocimientos mínimos en lectura. En segundo medio, esta cifra se duplica, la mitad de los estudiantes alcanza niveles insuficientes de comprensión lectora. A pesar de eso, para cuarto básico, es el mejor resultado desde 2015; para segundo medio, el mejor desde 2017. Algo está mejorando, pero sigue siendo una cifra que habla de una generación entera que llega a la adolescencia sin las herramientas básicas para leer y comprender el mundo.

Construir vínculos a través de la lectura

Cuando los cuidadores llegan por primera vez al programa de Alma, la mayoría trae consigo una mochila invisible de inseguridades. Sienten que no saben leer “bien”, que no tienen tiempo, que la lectura es cosa del colegio y no de la casa. “Ven la lectura como una obligación escolar, algo ligado solo al aprendizaje y no a la vida familiar”, explica Carmen de la Maza, directora de la fundación. “Incluso quienes ya leen con sus hijos descubren que lo hacían de manera más monótona, centrados en pasar páginas sin mucha interacción”.

Lo primero que hace el programa es descomprimir esa idea. Mostrarles que no se trata de leer de corrido ni de tener grandes conocimientos, sino de estar presentes, escuchar y conversar. Con el tiempo, algo cambia. “Los adultos comienzan a experimentar la lectura como un espacio de encuentro y conexión. Aprenden a detenerse en las imágenes, a hacer preguntas, a escuchar. Poco a poco comprenden que no se trata de leer correctamente, sino de disfrutar y estar juntos”, cuenta de la Maza.

Los resultados lo confirman. El 91% de los cuidadores que asisten al programa percibe un aumento significativo en su autoeficacia parental: se sienten más capaces, más seguros en su rol. El 73% de quienes completaron el programa lee y juega con sus hijos al menos tres veces por semana. Y el 70% de las niñas y niños mejora significativamente su motivación por aprender al finalizar el programa. No solo su nivel lector, sino su relación con la lectura. Las ganas. El gusto.

Hay algo más que los números no capturan del todo. Son los niños quienes empiezan a pedir el mismo cuento cada noche, no porque no recuerden el final, sino porque el libro se convirtió en un pretexto para estar juntos. “Esa insistencia nos muestra que los niños se transforman en protagonistas de su aprendizaje”, dice de la Maza. Y agrega algo que sorprende: algunos grupos de cuidadores terminan formando clubes de lectura entre ellos. Empezaron viniendo por sus hijos y descubrieron, de paso, su propio gusto por leer.

El vínculo que se reconstruye

Entre todas las historias que ha acumulado Fundación Alma en sus años de trabajo, Carmen de la Maza recuerda especialmente una. Marcela —nombre ficticio— había estado privada de libertad durante tres años. Comenzó a cumplir su condena cuando su hija tenía apenas un año y, al regresar, la niña ya tenía cuatro. Eran prácticamente desconocidas. “La niña sentía el abandono y ni siquiera le hablaba”, cuenta de la Maza.

Marcela llegó al programa que se impartía en el colegio de su hija sin saber bien qué esperar. Lo que encontró fue una forma de entrar en su mundo. “Nos contó que gracias a los cuentos y a las estrategias aprendidas pudo reencontrarse con su hija y reconstruir su relación”, dice de la Maza. El libro fue el puente. No porque tuviera las palabras perfectas, sino porque creó un espacio donde no hacía falta tenerlas: bastaba con estar ahí, juntas, mirando las mismas páginas.

“Cuando un adulto se detiene a leer con un niño, ese niño se siente escuchado, visto y valorado”, explica de la Maza. “Estos momentos de sintonía emocional, si se repiten en el tiempo, se transforman en patrones de relación que impactan directamente en la salud mental y en el desarrollo social y emocional”. Las profesoras de los colegios donde trabaja Alma lo observan también: los niños cuyos padres participan en el programa muestran mejor comportamiento en la sala de clases, más empatía, más capacidad de colaboración.

“El acompañamiento lector es un factor protector en el desarrollo integral de niñas y niños”, dice Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga. “No es un lujo ni un extra cultural. Es parte de los cimientos que necesitan para crecer bien”.

Los espacios que potencian el vínculo

El vínculo con los libros puede construirse desde antes de que un niño sepa leer. Mucho antes. Los bebés olfatean las páginas, las chupan, las hojean, se detienen en las imágenes. “Desde el comienzo mismo de la vida, el niño siente la alegría del descubrimiento”, dice Constanza Mekis, presidenta de Fundación Palabra, una organización sin fines de lucro dedicada a propiciar el goce y el vínculo de niñas, niños y jóvenes con la lectura desde la primera infancia, además de alojar una de las ocho guaguatecas de la región Metropolitana. “Son curiosos investigadores tratando de convertir sus observaciones en generalizaciones válidas”. Lo que necesitan en ese proceso no es un método ni una rutina: es un adulto que esté ahí, que señale, que nombre, que comparta la curiosidad.

Las guaguatecas parten exactamente de esa convicción. Son espacios bibliotecarios diseñados especialmente para niñas y niños de entre 0 y 4 años, coordinados por el Servicio Nacional de Patrimonio Cultural –dependiente del Ministerio de las Culturas–, donde los más pequeños llegan siempre acompañados por sus cuidadores. No son bibliotecas en miniatura: tienen mobiliario blando, materiales sensoriales, juegos, música, cuentacuentos y una colección de libros especialmente seleccionado para esa edad. Todo está pensado para que el encuentro con el libro sea una experiencia compartida. La guagua y el adulto que lo sostiene, ambos mirando las mismas páginas, ambos descubriendo. Porque la lectura comienza desde la cuna: incluso en los primeros meses de vida, cuando todavía una guagua no sabe hablar, el contacto con los libros favorece el desarrollo del lenguaje, la imaginación y la construcción de vínculos afectivos. “Las guaguatecas los vinculan no solo con los libros, sino que con el mundo que les rodea”, dice Constanza Mekis. Lo que se lleva un cuidador de ese espacio no es solo un cuento; es la experiencia de haber estado presente de una manera distinta.

Fundación Palabra trabaja en esa dirección desde distintos frentes. Su programa Palabra Viajera lleva lectura, talleres y formación a colegios, jardines infantiles e instituciones educativas, desde la primera infancia hasta cuarto básico, involucrando no solo a los niños sino también a docentes, familias y comunidades completas. Su Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil (BILIJ), ubicada en la calle Ventura Lavalle 470, en el barrio Matta Sur, es uno de esos lugares donde las niñas y niños entran por primera vez y descubren que leer tiene que ver con la felicidad. Y su programa Nido convoca a familias con niñas y niños de entre 0 y 5 años a encuentros de lectura, música y juego, llevando también esas experiencias directamente a jardines infantiles y salas cuna. La idea es siempre la misma: que el cuidador no sea un espectador sino un participante activo, que aprenda en ese espacio cómo acompañar, cómo preguntar, cómo convertir un libro en una conversación. Son espacios que existen, funcionan y están ávidos de que más familias los utilicen.

Lo que el colegio puede y lo que no puede solo

Desde hace décadas la responsabilidad de enseñar a leer la tiene la escuela. Y hay razones concretas para eso: las Bases Curriculares del Mineduc organizan la asignatura de Lenguaje y Comunicación en torno a tres ejes —lectura, escritura y comunicación oral— como contenidos mínimos obligatorios para todos los establecimientos del país. Pero esa lógica tiene raíces más profundas: desde la Ley de Educación Primaria Obligatoria de 1920, el Estado chileno tomó a su cargo la instrucción de los niños, instalando culturalmente la idea de que aprender a leer es tarea del colegio, no de la casa. En la práctica, hoy el colegio lo hace con mayor o menor éxito según los recursos disponibles, el contexto de la comunidad y las habilidades del profesorado. Pero hay algo que el colegio no puede hacer solo: instalar el gusto por la lectura.

Sabido es que las escuelas hoy enfrentan una acumulación de presiones que dificultan su misión. La violencia escolar, la salud mental de los estudiantes, los problemas de convivencia: todo aterriza en el aula y le exige al profesorado un rol que va mucho más allá de enseñar contenidos. En ese contexto, el vínculo afectivo entre docente y estudiante —que es también una condición para aprender a leer— se vuelve difícil de sostener. Un cuarto de niñas y niños pasa segundo básico sin dominar la lectura no porque sus profesores no se esfuercen, sino porque llegan sin la base afectiva que hace posible aprender: sin haber escuchado cuentos antes de dormir, sin haber visto a un adulto leer por placer, sin haber experimentado que las palabras pueden ser entretenidas, sorprendentes, emocionantes.

La solución, entonces, no puede venir solo del colegio. Tiene que venir de antes. De la casa, del jardín infantil, del espacio comunitario donde un adulto abre un libro y dice: mira, esto es para nosotros dos. Eso es lo que guía el trabajo de Fundación Alma y de su programa Lectura Compartida. De vuelta en el Colegio San Genaro, en Renca, el taller termina. Las madres, padres y cuidadores guardan sus materiales, regresan el libro del ciclo anterior a la tutora, meten el libro nuevo en la mochila y salen al patio donde durante los recreos juegan sus hijos a quienes volverán a ver por la tarde. Los adultos saben que consigo llevan algo más que un cuento: llevan la certeza de que saben cómo usarlo.

“Es fundamental que las políticas públicas reconozcan el rol de los cuidadores como primeros educadores”, dice Carmen de la Maza. “Se necesita invertir en programas que involucren a las familias, les entreguen herramientas prácticas, acerquen los libros a los hogares y que promuevan la lectura como un espacio de encuentro y goce”.

“Así vamos formando una comunidad lectora, mientras las niñas y niños suman experiencias que les permitan seguir aprendiendo durante toda su vida”, agrega Constanza Mekis de Fundación Palabra. Esa comunidad empieza en una guaguateca, en una biblioteca, en un taller con padres un martes en la mañana. Cuando se acompaña a los cuidadores, algo cambia. El hábito no se hereda, pero sí se aprende.

“Lo que Chile necesita”, dice Paloma Del Villar, de Observatorio Niñez Colunga, “es entender que el fomento lector no es un programa cultural ni un indicador educativo. Es una política de infancia. Y como tal, tiene que llegar a todas las familias, no solo a las que ya saben que existe”.

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