El difícil golpe de timón de Kast
Hasta último minuto el presidente se resistió a la idea de hacer un ajuste tan temprano. No solo porque rompería el récord marcado por la expresidenta Bachelet en su primer mandato, sino que por algo más complejo: el reconocimiento de que su apuesta en Seguridad -promesa que en parte lo llevó al poder- había fracasado. Y que su modelo en comunicaciones había seguido el mismo derrotero.
“Hay que hacer el ajuste ahora”.
La tarde del lunes 18 fue una de las más complejas para el Presidente José Antonio Kast, en términos personales y políticos, en sus poco más de dos meses de gobierno. Desde el martes de la semana anterior venía masticándose e instalándose con fuerza -en La Moneda y en el oficialismo- la urgencia de hacer un cambio de gabinete. Los reportes internos indicaban que la situación de la ministra vocera Mara Sedini y sobre todo la de su par de Seguridad, Trinidad Steinert, no daba para más.
Quienes estuvieron en esas conversaciones comentan que hasta último minuto el mandatario se resistió a la idea de realizar un ajuste tan temprano. No solo porque rompería el récord que hasta ese minuto ostentaba la expresidenta Michelle Bachelet, cuando en su primer gobierno -a los 126 días- apartó de Interior al histórico dirigente de la DC Andrés Zaldívar. También porque significaba reconocer que su apuesta en Seguridad -el compromiso estrella que, en parte, lo llevó al poder- había fracasado. Y que su modelo en comunicaciones había seguido el mismo derrotero.
La decisión lo golpeaba directamente, pues los rostros elegidos para esas tareas y los diseños llevaban su firma.
El diagnóstico de los “players” con quienes realizó la deliberación -el ministro del Interior, Claudio Alvarado; el jefe de los asesores del Segundo Piso, Alejandro Irarrázaval, y el director de Contenidos, Cristián Valenzuela- estaba claro. También lo conversó con Pía Adriasola, la primera dama. Todos, en distintos tonos, empujaron la decisión de apurar el ajuste, bajo el argumento de que la Cuenta Pública del 1 de junio no podía verse empañada por las persistentes críticas en esas sensibles áreas y que si no hacían el cambio ahora, por lo menos tenían que esperar un mes más para realizarlo, un tiempo que requerían para hacer lucir los anuncios y no para encarar los ruidos que estaban ocasionando las gestiones de ambas ministras. Tampoco podían arriesgarse a opacar el éxito que estaban logrando en el Congreso con la aprobación de la megarreforma en la Cámara de Diputados.
La visión compartida era que Kast era el protagonista de la Cuenta Pública y no podía haber nada que le hiciera sombra.
En el staff presidencial sabían que la tarea de convencimiento no era fácil. Kast no es partidario de desprenderse de sus equipos y así lo sostienen sus cercanos. De hecho, muchos lo vienen acompañando desde su salida de la UDI en 2016 y en las campañas presidenciales del 2017, 2021 y 2025.
Pero aseguran, también, que está consciente de que en su rol de jefe de Estado está obligado a hacer ajustes. Un punto que conversó en un minuto con el expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, quien le hizo ver que era una de las decisiones más ingratas y le aconsejó postergar cualquier cambio -por lo menos- hasta después de los primeros seis meses de mandato. Un cambio -en todo caso- en que el exmandatario también cometió errores de pulcritud, pues removió el 20 de septiembre de 1994 a su ministro del Interior, Germán Correa (hoy ex PS), justo después de Fiestas Patrias, luego de haberlo paseado en la carroza presidencial durante el tedeum. El episodio fue calificado por el periodista Ascanio Cavallo en el libro La historia oculta de la transición como “La guillotina de Fiestas Patrias”.
La idea de Kast -en todo caso- era más ambiciosa. Incluso, uno de los integrantes de las oficinas de calle La Gloria revela que el entonces presidente electo llegó a señalar ante su equipo que quería que su gabinete durara más que el de sus antecesores.
Pero la coyuntura diría otra cosa.
Fuentes de La Moneda sostienen que el movimiento de piezas se inició el martes 12, día en que la ministra Steinert expuso ante la sala de la Cámara de Diputados, en una intervención que el propio oficialismo evaluó como catastrófica.
Su falta de oratoria -la que quedó aún más expuesta cuando la sala le negó en dos oportunidades la opción de apoyarse en un Power Point y optó por leer-, unida a su incapacidad política para mostrar la existencia de un plan estratégico destinado a enfrentar la crisis en seguridad -en la línea de las fuertes expectativas que el propio presidente había levantado durante la campaña- colmaron la paciencia del oficialismo y de La Moneda.
“No va a alcanzar a bailar cueca”, fue el comentario que hicieron ese día algunos parlamentarios en el Congreso, para graficar que Steinert no llegaba en su cargo hasta septiembre.
Los problemas no se remitían a la última semana. Desde su instalación, la exfiscal regional de Tarapacá -quien fue una de las últimas en ser convocada al gabinete de Kast, luego de que fracasaran los intentos para convencer a Rodolfo Carter, recién elegido senador- partió enfrentando dificultades con un episodio que la persigue hasta hoy: el rol que habría tenido en la salida de Consuelo Peña, la exjefa de Inteligencia de la PDI.
El caso sobre el que se avecina un pronunciamiento no auspicioso de la Contraloría influyó en su salida, junto a declaraciones complejas -como el afirmar en Radio Agricultura que “no esperaba que en el Congreso se le exigiera un plan formal, estructurado y por escrito en materia de seguridad”-, y la interpelación que habían anunciado los diputados opositores para después de la Cuenta Pública del 1 de junio.
En paralelo, las evaluaciones internas tampoco ayudaban. El análisis de la presencia en los medios de comunicación y en las redes sociales daban cuenta de que la marca de las ministras estaba dañada. Y que esa percepción era muy compleja de revertir.
Por distintas vías -públicas y privadas- el oficialismo presionó por el ajuste, según se confidencia en Palacio.
Una muestra de ello ocurrió la mañana del lunes 18, cuando llegaron hasta el despacho presidencial la presidenta del Senado, Paulina Núñez (RN), y el presidente de la Cámara, Jorge Alessandri (UDI), a entregar sus propuestas en seguridad. La imagen habló por sí sola: las iniciativas fueron entregadas directamente al presidente, no a Steinert.
Núñez y Alessandri no sabían que el cambio estaba ad portas de ocurrir. Tampoco lo preguntaron. Pero ambos abandonaron el despacho presidencial con la sensación de que no era inmediato, que venía después de la Cuenta Pública.
Ese mismo lunes, por la tarde, Kast se juntó con su equipo y dio el vamos. Se vieron los nombres que asumirían las nuevas funciones. Martín Arrau -quien fue intendente en el Ñuble y es cercano a Kast, del tronco republicano- dejaría Obras Públicas y se convertiría en el sucesor de Steinert. Louis de Grange quedaría a la cabeza de Transportes y de Obras Públicas (hay quienes piensan que por tratarse de dos carteras tan grandes, pueden separarse de nuevo en algún momento), y Claudio Alvarado se quedaría a cargo de Interior y de la Segegob.
La fórmula presidencial esta vez fue no incorporar nuevos rostros y aprovechar el envión para cumplir otra promesa de campaña: la reducción de ministerios. Aunque la medida también fue vista como una señal para demostrar la capacidad de su equipo; que no todo se ha hecho mal.
Otra de las decisiones de Kast fue no incorporar a los partidos en las deliberaciones y propuestas, para no dar margen a una suerte de cuoteo político.
El hermetismo fue total.
Pocos ministros sabían lo que se avecinaba. Incluso, el titular de Defensa, Fernando Barros, alcanzó a ayudar a Steinert -la mañana del martes en Radio Cooperativa- diciendo que “quizás no es la reina mediática, pero hay resultados”.
La ministra había empezado la jornada con una polémica. A primera hora, la Fiscalía cuestionó públicamente que intentara capitalizar el operativo realizado esa madrugada, que había terminado con la detención del comunero mapuche Jorge Huenchullán en Temucuicui, quien estaba prófugo desde 2021. Y, luego, ante la interpelación, Steinert -sin saber que le restaban horas en el cargo- había asegurado que “siempre he recibido el respaldo del presidente de la República”.
Fue en el Congreso en Valparaíso cuando recibió la llamada de Presidencia, que le dejó un sabor amargo en orden a que el asunto no se veía bien aspectado. De hecho, pasadas las 16 horas se le vio conversando, en uno de los pasillos de la sede del Senado, con el presidente del Partido Republicano, Arturo Squella, quien fue uno de los que la recomendaron para el cargo.
A él le confidenció -con rostro compungido- que había recibido esa comunicación y que suponía que era para pedirle el cargo.
El diálogo con Sedini
Ajena también a lo que se avecinaba, Sedini alcanzó a dar un punto de prensa a las 13 horas, para respaldar a Steinert tras el anuncio que la oposición había hecho en la víspera sobre la interpelación. “En algún momento, la oposición va a tener que definir si está por la seguridad de los chilenos o simplemente para hacerle un gallito político al gobierno”, sostuvo.
Dos horas después se le vio cruzar hacia el despacho presidencial.
Cercanos al presidente sostienen que esa fue una de las decisiones más duras para Kast, ya que la actriz, periodista y cantante fue un pilar clave en su campaña, a la que se había integrado en septiembre del año pasado. Pero los constantes cuestionamientos que recibió por errores comunicacionales terminaron por debilitar su posición.
Los tropiezos no fueron pocos. Antes de asumir -en enero- afirmó a La Tercera que las conversaciones entre el entonces presidente electo y la fiscal Steinert “llevaban un buen tiempo”, frase que abrió un flanco sobre la independencia del Ministerio Público.
No fue lo único.
Ya asumida en el cargo, difundió en las redes institucionales del gobierno publicaciones que afirmaban que Chile enfrentaba un “Estado quebrado”, asunto que llegó hasta la Contraloría; sostuvo que el exfrentista Galvarino Apablaza estaba condenado por el asesinato del senador Jaime Guzmán, cuando su calidad es de procesado como autor intelectual, y también abrió un flanco internacional por no pronunciarse en contra de las declaraciones del contraalmirante transandino Hernán Montero, quien afirmó que parte de la boca oriental del Estrecho de Magallanes pertenecía a Argentina, lo que obligó al ministro Francisco Pérez Mackenna a aclarar que esa zona pertenece íntegramente a Chile. Lo anterior, junto a otros pronunciamientos imprecisos, la situaron con la peor evaluación a nivel de los sondeos de opinión.
Y aunque en el último tiempo había experimentado mejoras, la evaluación de La Moneda era que Steinert no podía salir sola del gabinete, cuando ella también no tenía una buena evaluación, por lo que el futuro de ambas terminó amarrado.
Cercanos a la exvocera sostienen que la decisión la tomó por sorpresa, y que se encerró en su oficina, muy afectada.
Durante la campaña, Kast y Valenzuela habían explorado la idea de fusionar Interior y la Segegob, pero ello no cuajó. El propio presidenciable descartó tempranamente esa fórmula en el debate de Anatel de la segunda vuelta y la limitó a ministerios sectoriales, como Economía, Energía y Minería.
Al final se optó por un diseño centralizado desde el Segundo Piso en materia comunicacional, que tampoco funcionó. La queja de los cercanos a Sedini era que encabezaba una Segegob sin poder y sin real participación en las decisiones.
Quien se salvó fue la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, porque -dicen- no podían sacar a tres ministras mujeres. Pero su gestión no ha sido bien evaluada por sus reiteradas ausencias al Congreso, por la salida del subsecretario Rafael Araos, quien la acusó de haberle ordenado que hiciera despidos masivos, y por omisiones de sus sociedades en la Declaración de Patrimonio e Intereses.
La evaluación en la oposición es que Kast tampoco sale indemne de este episodio. No solo por jugarse por un diseño en comunicaciones y en seguridad que no le funcionó, sino que por no contar con un plan para enfrentar el crimen organizado, la migración y el narcotráfico, como lo prometió en campaña. Visión que avalan con el reconocimiento que hizo el presidente en orden a que su promesa de sacar “el primer día” del país a 300 mil personas era una “metáfora”, concepto que días después -en Caldera- cambió por “hipérbole”. Aunque quienes estuvieron en la campaña sostienen que sí se elaboró un compendio con los planes y objetivos, el que le fue entregado a Steinert y a otras autoridades nominadas.
A nivel del oficialismo se valora la decisión presidencial. “Siempre es duro para un presidente sacar a un ministro, más si son cercanos y si han sacrificado cosas por estar ahí. Pero al final, en los gobiernos cortos, más si son de emergencia, hay que ser frío y ver lo que es mejor para el país y actuar rápido. Lo que hizo el presidente demuestra una potente señal de autoridad”, dice Jorge Alessandri (UDI), presidente de la Cámara de Diputados.
Similar postura tiene la diputada Ximena Ossandón (RN). “Para la oposición -afirma-, lo sucedido es como un bocado, que demostraría que el presidente fracasó y sería débil, pero creo que es justamente lo contrario: tomó una decisión que, si bien la veníamos esbozando, no era fácil, dado que históricamente no han existido cambios de gabinete en tan poco tiempo. Lo que hizo fue demostrar liderazgo, dejando de lado el costo humano, para cumplirle a la gente y ser coherente con su programa de gobierno”.
El propio presidente admitiría el martes que el asunto no le fue fácil. “No era lo que tenía pensado para esta etapa de gobierno”, dijo esa noche en el Salón Montt-Varas, al dar a conocer el ajuste a solo 69 días de mandato. Todo, en medio de un discurso que tuvo dos particularidades: una primera dama consolando a Sedini y a Steinert (cosa que no se había visto en otros ajustes), y un presidente no escatimando alabanzas a la gestión realizada por sus exministras. Un hecho que llamó la atención y que llevó a varios en el Congreso a comentar: “Si lo hacían tan bien, ¿para qué las sacó?”.
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