Pulso

La IA no escribe por mí, piensa conmigo

Hay algo muy interesante que está empezando a pasar y de lo cual probablemente recién estemos viendo el comienzo. Durante años, incluso en época de Internet, la sociedad premió la perfección. Escritos impecables, fotografías perfectas, videos cuidadosamente editados y discursos sin errores. Luego llegó la inteligencia artificial y esa perfección se volvió de acceso prácticamente gratuito. Hoy cualquiera puede generar un texto correcto en segundos.

Sin embargo, mientras más perfecta se volvió la producción de contenido, menos interés comenzó a generar, lo que se ha notado especialmente en las redes sociales. LinkedIn advirtió tempranamente la situación y ya comenzó a modificar sus algoritmos para reducir la visibilidad del contenido genérico y repetitivo, privilegiando publicaciones que aporten experiencias, conocimiento propio y una mirada humana. Aunque muchos usuarios comenzaron a advertirlo hace algunas semanas, yo no lo leo como una guerra contra la IA, sino más bien como una reacción contra la uniformidad, que ya se está dando como fenómeno en muchas otras plataformas.

Alguien abre ChatGPT, escribe dos líneas, copia el resultado y publica. El texto suele estar bien redactado, tener buena estructura y ser completamente olvidable. La IA sabe escribir, pero no sabe vivir, equivocarse, emprender, fracasar o construir una mirada propia, que es donde justamente está el valor.

Debo confesar que yo escribo con IA prácticamente todos los días, pero nunca le pido que piense por mí. En cambio, mi proceso siempre comienza con una idea que nace de mi experiencia.

Puede ser una intuición, una opinión, algo que me incomode o una pregunta que me persigue. Escribo una primera versión, normalmente desordenada, llena de errores e inconsistencias.

Después uso la IA para desafiar mis argumentos, buscar evidencia, encontrar contraejemplos o mostrarme perspectivas que no había considerado. Recién entonces vuelvo a escribir. Cambio frases, elimino párrafos, agrego experiencias personales y muchas veces termino pensando algo distinto de lo que pensaba al comenzar. El secreto es que la IA nunca reemplace mi pensamiento. Lo obliga a ser mejor.

Si miramos la historia, ese rol no es nuevo. Es exactamente lo que hacía un buen editor, un socio intelectual o una conversación con alguien que te hacía mejores preguntas. La diferencia es que antes ese privilegio estaba reservado para unos pocos y hoy cualquiera puede acceder a él por un costo cercano a cero.

No debe extrañar entonces que en el último par de años estemos viendo una explosión de contenido y también una explosión de libros, de autores que puede que hayan pensado que no tenían nada que decir y ahora se atrevan a expresarse. Eso, en sí mismo, me parece una buena noticia en la medida en que entiendan que el verdadero desafío ya no es publicar, sino que es tener algo propio y relevante que decir. Producir contenido se volvió un commodity, pero producir criterio sigue siendo escaso. Nadie quiere relleno con buena ortografía. La inteligencia artificial democratizó la capacidad de escribir, pero no democratizó la experiencia, el juicio ni la profundidad. Esos atributos, por ahora, siguen siendo exclusivamente humanos.

La próxima vez que leas un artículo, un post o un libro, no te preguntes si alguien usó IA. En cambio, pregúntate si hay una persona pensando detrás de esas palabras.

Por cierto, esta columna también fue escrita con IA. Espero que se note que yo también estaba aquí.

*El autor de la columna es fundador de Mapcity y Apanio, advisor y director de startups, autor de “Piensa al revés”, “Hackea tu mente” y “TÚ”.

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