Cazadores de virus: Quiénes son los tres ganadores del Nobel de Medicina 2020

Científicos chilenos que conocieron a los laureados cuentan sus anécdotas, en qué consiste el descubrimiento del virus de la hepatitis C, y el por qué de su importancia.




Para muchos científicos, la hepatitis viral es una de las enfermedades más antiguas jamás registradas. Antes conocida como “ictericia epidémica”, hace años se sospechó de su existencia en civilizaciones antiguas, lo que fue confirmado en 2018, cuando un grupo de investigadores de la U. de Cambridge y de la U. de Copenhague descubrieron restos de microorganismos causantes de la hepatitis B en restos de hace unos 4.500 años.

Otros registros históricos datan del siglo VIII d.C., con datos de campañas militares de los siglos XVIII al XX, incluida la Guerra Civil Estadounidense y la Primera y Segunda Guerra Mundial, donde se informó de una morbilidad significativa de las tropas, afectando las estrategias de guerra.

Aunque la inflamación del hígado es causada principalmente por infecciones virales, factores como el abuso de alcohol, las toxinas ambientales y las enfermedades autoinmunes también aparecen como causas importantes.

Pero no fue hasta la década de 1940 cuando se descubrió que existían dos tipos principales de hepatitis infecciosa: A y B. La hepatitis A es causada por la ingestión de agua o alimentos contaminados, aunque en los últimos años ha existido un aumento por transmisión de tipo sexual al tener contacto con las deposiciones. La hepatitis B en tanto, se transmite por vía sanguínea, relaciones sexuales o vía vertical en el parto, y puede conducir al desarrollo de cirrosis y cáncer de hígado.

El descubrimiento no fue gratuito. Los experimentos involucraron alimentar e inyectar heces y suero infectados en personal militar voluntario, prisioneros, pacientes psiquiátricos y hasta niños con discapacidades mentales.

“Ni A, ni B”

En los años ’60, Baruch Blumberg estableció que una forma de hepatitis transmitida por la sangre era causada por el virus de la hepatitis B, lo que condujo al desarrollo de pruebas de diagnóstico y una vacuna eficaz. Blumberg recibió por ello el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1976.

En aquél momento, Harvey J. Alter se encontraba estudiando la aparición de hepatitis en pacientes que habían recibido transfusiones de sangre. Notó que si bien el reciente descubrimiento para el virus de la hepatitis B, y el desarrollo de pruebas para la hepatitis A habían reducido el número de personas enfermas, aún quedaba un gran número de casos inexplicables.

Harvey J. Alter. Foto: Reuters

Así, Alter y sus colegas demostraron que la sangre de estos pacientes con hepatitis tenían la capacidad de transmitir la enfermedad a los chimpancés, único huésped susceptible además de los humanos. Estudios posteriores demostraron que el agente infeccioso desconocido tenía las características de un virus, por lo que se trataba de una forma nueva y distinta de hepatitis viral crónica. La misteriosa enfermedad se conoció como hepatitis “no A, no B”.

Fue entonces que la identificación del nuevo virus se convirtió en prioridad. Los esfuerzos por lograr su aislamiento duraron más de una década, hasta que otro científico, Michael Houghton, se encontró un clon positivo, que llamó virus de la hepatitis C. La presencia de anticuerpos en pacientes con hepatitis crónica implicaba fuertemente a este virus como el agente faltante.

Michael Houghton. Foto: Reuters

“Uno de los problemas que tenían los investigadores para descubrir al virus que no era hepatitis A y tampoco hepatitis B es que no se podía apreciar al microscopio. Simplemente no se veía mediante las herramientas tradicionales de los laboratorios”, explica Alejandro Soza, hepatólogo de la Facultad de Medicina de la UC.

“Fue necesario utilizar biotecnología molecular, pero no fue una tarea sencilla. Fueron varios años de intensa investigación sin resultados, hasta que Michael Houghton logró probar su existencia mientras trabajaba en el laboratorio Chiron, fundado por el chileno Pablo Valenzuela”, añade.

Aún así, los científicos no estaban seguros si este virus por sí solo podía causar hepatitis. Charles M. Rice, investigador de la Universidad de Washington, notó una región previamente no caracterizada en el extremo del genoma del virus de la hepatitis C que sospechaban podría ser importante para la replicación del virus.

Charles M. Rice. Foto: Reuters

“La prueba consistía en relacionar partículas genéticas de un chimpancé infectado con el suero de sangre de una persona también infectada. En términos simples, en el laboratorio Chiron lograron clonar partículas genéticas del virus que estaban en chimpancé y las juntaron con las muestras de suero de personas afectadas por la enfermedad y por lo tanto, con anticuerpos contra el virus. Si esos anticuerpos se unían al material genético extraído de los animales era porque los anticuerpos atacaban la proteína del virus”, dice Soza.

“Fue un trabajo de mucha paciencia y permitió no solo descubrir el virus, sino también desarrollar un examen diagnóstico muy parecido al que se utiliza hoy en todo el mundo. Desde que se desarrolló, se realiza esta prueba a las muestras de sangre para transfusión y nadie más se ha enfermado de hepatitis C por esta vía”, sostiene.

Se trató de la prueba final que establecía que el virus de la hepatitis C podría causar los casos inexplicables de hepatitis por transfusiones. Y fue este descubrimiento, el que derivó en la entrega del Premio Nobel de Medicina 2020 para Harvey J. Alter, quien demostró que la inflamación del hígado se debía a la transfusión sanguínea; Michael Houghton, que logró aislar y secuenciar el genoma del virus; mientras que Charles Rice demostró que el virus por sí solo era el causante de la inflamación del hígado provocado por transfusiones sanguíneas.

Silenciosa y mortal

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), actualmente la hepatitis C mata cada año a 400 mil personas, mientras que 71 millones son portadoras crónicas del virus, es decir, un 1% de la población del planeta. De ellas, sólo una de cada cinco son conscientes de su enfermedad, debido las limitadas capacidades de diagnóstico a nivel mundial.

Tras una fase de infección aguda, generalmente asintomática, una minoría de pacientes, entre 15% y 45%, elimina espontáneamente el virus, pero en la mayoría de casos éste se instala en las células del hígado para convertirse en una enfermedad crónica, manteniéndose de forma silenciosa por hasta 30 años antes que aparezcan complicaciones graves como cirrosis o cáncer de hígado. De acuerdo a la OMS, entre los enfermos crónicos, el riesgo de padecer cirrosis del hígado es de entre 15% y 30% durante un periodo de 20 años.

“Se trata de un problema de salud mundial”, dice Alexis Kalergis, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y director del Instituto Milenio de Inmunología e Inmunoterapia (IMII), quien explica que “la hepatitis C es una enfermedad causada por un virus que infecta el hígado y provoca inflamación, que puede ser aguda o crónica. La transmisión de este virus es preferentemente por vía parenteral, ya sea a través de transfusiones sanguíneas o por contacto con material cortopunzante".

“Previo al descubrimiento de este virus, personas a las cuales se les realizaba transfusión sanguínea o transplantes de órganos, desarrollaban un tipo de hepatitis que no estaba descrita. Por lo tanto, recibir una donación de sangre era muy complejo, ya que podían o no desarrollar esta hepatitis. Gracias al descubrimiento de este virus se desarrollaron métodos de diagnóstico efectivos que evitan el contagio de las personas que reciben las transfusiones y trasplantes”, asevera el científico.

En Chile, la Hepatitis C es una enfermedad de notificación obligatoria y se realiza una vigilancia epidemiológica a cargo del ISP y existe una obligación en el tamizaje de los bancos de sangre, a través de diagnóstico serológico. Su incidencia es baja, cerca del 0,01%”, indica Kalergis, quien además conoce muy de cerca a Charles Rice, uno de los galardonados.

“Al Dr. Rice lo conocí cuando realice mis investigaciones posdoctorales en la Universidad de Rockefeller en Nueva York. En ese tiempo su grupo era uno de los más activos y su trabajo con hepatitis C destacaba entre sus líneas de investigación. Fue capaz de generar cepas del virus que pueden ser estudiadas en el laboratorio, lo que sin duda facilita el comprender al virus y el desarrollo de antivirales. Estos avances han permitido además entender otros virus como zika, fiebre amarilla, dengue, etc”, cuenta el director del IMII.

“Nuestro interés común por entender a los virus (por su lado) y la respuesta inmune contra éstos (por el mío), nos permitió participar en varias discusiones científicas muy estimulantes y enriquecedoras durante mis estudios en la Universidad de Rockefeller. Él es un experto en virus de ARN y una persona muy activa y participativa en reuniones científicas. Debo decir además que es una excelente jugador de squash, con quien tuve la oportunidad de enfrentarme en varios partidos muy ‘peleados’. Entre set y set aprovechamos de también discutir también sobre los virus, mientras recuperábamos el aire”, comenta.

Alejandro Soza en tanto, conoció a Harvey J. Alter en el año 2001, cuando completaba su formación en el NIH de Estados Unidos. “Es una persona muy humilde y divertida. Siempre tiene algo simpático qué decir. También escribe poemas, tiene mucho humor, pero por sobre todo, es un hombre muy sencillo. Estuvo en Chile en 1992, cuando vino a participar en un congreso. Nos seguimos viendo, todos los años, con las personas que nos formamos en el NIH en el contexto del Liver Meeting”.

“Gracias a la identificación del virus se pudo avanzar en el entendimiento de las distintas partes del virus, de sus proteínas, que se convirtieron en blancos para hacer terapias. En los últimos 20 años se han creado terapias. En Chile, hace tres o cinco años no teníamos no teníamos manera de curar la hepatitis C. Ahora con una pastilla al día, durante tres meses las personas se curan”, dice Soza.

Inteligencia colectiva

El anuncio de los Premios Nobel vuelve a poner en el tapete una pregunta recurrente.

¿Quedaron desfasadas las recompensas más prestigiosas del mundo en física, química y medicina, considerando que la ciencia moderna se lleva a cabo sobre todo de forma colectiva?

Los premios datan de 1901, periodo en el que la mayoría de hallazgos tenían lugar en la mente o el laboratorio de un sólo individuo, mientras que hoy la mayoría de hitos científicos se logran mediante colaboraciones en que participan decenas o centenares de investigadores que trabajan en campos diferentes pero interconectados. Así ocurrió por ejemplo, con dos equipos de 1.500 científicos que descubrieron este año un agujero negro de masa intermedia.

Eso nos lleva a una famosa “regla de tres”, establecida en 1934 para el premio Nobel de Medicina, en 1946 para el de Química y en 1956 para el de Física.

De ahí el descontento de algunos investigadores ante la “injusticia” en relación a algunos descubrimientos notables y un “cuarto hombre o mujer” que se quedó sin el premio, pese a haberlo merecido.

Algunos de ellos son Tom Kibble, por su trabajo sobre la partícula subatómica conocida como bosón de Higgs; el virólogo estadounidense Robert Gallo por su contribución en el hallazgo del virus del sida, la británica Rosalind Franklin por su trabajo sobre el ADN, y el físico italiano Adalberto Giazotto por su papel en la detección de las ondas gravitacionales.

Entre 1920 y 1930, 23 de los 30 premios fueron concedidos a científicos individuales y en la década posterior a la Segunda Guerra Mundial la cifra se redujo a 19. En los primeros 20 años de este siglo, esto sólo sucedió en cuatro ocasiones.

Cazadores de virus

El premio anunciado este lunes es el primero directamente relacionado a un virus desde 2008, que recompensó a los descubridores franceses del sida, Françoise Berré-Sinoussi y Luc Montagnier, y a un pionero de los virus del papiloma humano, el alemán Harald zur Hausen.

Después de un primer premio, el de Química a dos virólogos en 1946, este Nobel se suma a los 17 Nobel directamente o indirectamente ligados a trabajos sobre los virus. Con este 111º Nobel de Medicina, son ya 222 los laureados con el premio de “fisiología o de medicina” desde su creación, entre los que figuran únicamente 12 mujeres.

Los laureados, que comparten cerca de un millón de euros (1,17 millones de dólares), recibirán sus galardones en sus países de residencia, posiblemente a través de una embajada sueca o en sus universidades.

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