#Cuídate #Cuidémonos

padre




El sujeto individuo libre piensa la sociedad poniendo todo lo relativo al cuidado en un margen que escapa de su campo visual; no cuida ni es cuidado; no tiene cuerpo y vive en el vacío ambiental, añorando los cuidados de su madre, única carne cuidadora.

Ya lo sabemos: sólo cuidándonos podremos desinfectar el planeta, pero ¿sabemos a qué refieren estos imperativos que viajan en hashtags? ¿A quién debemos cuidar y de qué manera?

Cuidar es una conducta instintiva y tiene que ver con acudir a otros (el concepto esencialmente contradictorio de autocuidado ha sido un artificio neoliberal coherente con la promoción del individualismo). Estamos biológicamente configurados para desplegar conductas de cuidado y para sentir placer haciéndolo. Cuidar de otros es algo natural e innato y como especie no tenemos otra opción para sobrevivir que involucrarnos en actividades de cuidado.

Sin embargo, en nuestra sociedad el cuidado ha sido escindido de otras actividades que se han planteado como más relevantes. Así como lo privado y lo público, lo femenino y lo masculino, el cuidar ha sido puesto en oposición al producir. Pero, la pandemia nos recuerda que no existe producción sin cuidado.

La crisis sanitaria nos muestra que al acuerdo que hemos hecho como sociedad respecto de nuestros medios de producción, le falta un acuerdo previo: cómo organizar nuestros cuidados ¿Qué es la sociedad si no una red de cuidados? Este período nos ha recordado que tenemos cuerpos, y que estos son vulnerables e interdependientes los unos con los otros, así como también con el ambiente que habitan. Estas dimensiones se unen a través de las conductas de cuidado.

La biología asociada a cuidar y el contexto cultural en el que se despliega esta acción son elementos inseparables. La investigadora especializada en apego Ruth Feldman y su equipo, han investigado el “cerebro cuidador” por décadas. En uno de sus estudios, compararon cerebro, hormonas y conducta en interacciones padre-infante en familias homoparentales masculinas y familias heteroparentales. No encontraron diferencias entre los cuidadores primarios de las distintas familias. Incluso en madres en período de lactancia y de cuidador primario del infante (es decir, quien lo cuida la mayor parte del tiempo), las hormonas asociadas a la lactancia y al cuidar, así como el funcionamiento cerebral propio de estar en “modo cuidador”, no presentaban diferencias en comparación con el padre cuidador primario de la familia homoparental.

La evidencia muestra que el “cuerpo cuidador” está más determinado por el rol (el estar en dicha modalidad, recibiendo señales del infante de requerir cuidados, etc.) que por aspectos biológicos dados de antemano. Sin embargo, las conductas de cuidado se despliegan hacia aquellos que percibimos como de nuestro grupo y no se activan frente a aquellos del grupo contrario (ante quienes se activan conductas defensivas).

Para superar esta crisis y avanzar en una sociedad más justa, debemos cuidar que las decisiones y los discursos apunten a la unidad global, a la interdependencia y a reconocer que, al menos en este planeta, somos todos del mismo grupo. La única forma es cuidando A otros, no nos sirve cuidarnos DE los otros. El actual contexto nos hace un llamado al cuidado colectivo en todos los niveles: cuerpo, comunidad, gobierno, relaciones internacionales, planeta.

*Investigadora adjunta del Centro de Estudios en Psicología Clínica y Psicoterapia (CEPPS) Facultad de Psicología UDP. Docente del Diplomado en Investigación en Psicoterapia para profesionales de la Salud Mental UDP.

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