¿Por qué la calle es un lugar peligroso para las mujeres?

Foto: Agencia Uno

La ciudad es un espacio violento para las mujeres. El 85% reconoce haber sido víctima de acoso en el transporte público. Y ellas conviven a diario con el temor y evitan caminar solas de noche o por lugares poco transitados por miedo a ser agredidas.


Hombres y mujeres pueden caminar por la ciudad. Pero ambos no sentirán la misma seguridad. La ciudad para ellas representa un espacio más inseguro. Las cifras hablan por sí solas: el 89,9% de las mujeres en Chile admite haber sufrido al menos un acoso sexual alguna vez en su vida. Así lo indica la Duodécima Encuesta Nacional de Corporación Humanas del año 2017.

Producto de esos riesgos, las mujeres sienten más inseguridad en las calles de la ciudad, y en lugares públicos. Temor que se ve acrecentado además, cuando se trata de  lugares con poca iluminación. Por eso es usual que las mujeres modifiquen sus rutinas diarias con más frecuencia que los hombres, eviten caminar solas de noche y caminar por determinados lugares por temor a ser agredidas de alguna manera.

Los medios de transporte público en las ciudades también pueden lugares propicios para el acoso sexual y el manoseo. Un informe del Banco del Desarrollo para América Latina y Mujeres en Movimiento, indica que el 85% reconoce haber sido víctima de acoso en el transporte público y que nueve de cada 10 mujeres se sienten inseguras al usar este medio.

Esa inseguridad restringe la libertad de las mujeres. Eso es lo que busca revertir y alertar la iniciativa Red Mujer y Hábitat de América Latina, proyecto liderado por la Corporación SUR (Chile) e integrado por otras organizaciones latinoamericanas como CISCSA (Argentina), Asociación AVP (Colombia), Centro Flora Tristán (Perú), Colectiva Feminista (El salvador) y Fundación Guatemala.

Espacios públicos

Es necesario pensar la ciudad desde una perspectiva de género, sostiene Olga Segovia, arquitecta de SUR- Corporación de Estudios Sociales y Educación y coordinadora de la Red Latinoamericana de Hábitat. Instalar la necesidad de la igualdad de género en el uso de espacios públicos y en la movilidad, dice, debería ser una demanda presente tanto en la agenda política como social.

Esa percepción de inseguridad es compartida por la mayoría de las mujeres, independiente de su condición socio económica y en la zona de la ciudad en que habitan. Sin embargo, dice Segovia, en las mujeres de sectores de menores ingresos esta percepción es mayor. Estudios en Santiago, muestran que mujeres de La Pintana, tienen miedo de salir a las calles por la presencia de jóvenes que están drogados y porque hay balaceras de grupos rivales. También en diversos sectores las mujeres tienen el temor de de llegar tarde a su casa porque las pueden acosar en el metro o en la micro o en una calle oscura.

Todo ese escenario, también es violencia. Es importante, subraya Segovia, que la inseguridad y la violencia contra las mujeres no solo es ocasionada por la existencia de hechos establecidos como delitos. Es violencia, también, una serie de situaciones de discriminación que actúan tanto en lo privado como lo público, y que se refuerzan mutuamente. “Por ejemplo, vivir en un barrio donde no hay un transporte publico eficiente, en el cual los buses o el metro va lleno y soy acosada, y no puedo acceder a el cuándo lo necesito, limita mi acceso al estudio y a trabajo, a mi libertad. Y eso es violencia”.

El efecto que esta situación detona es temor, el que se manifiesta de diferentes modos. Las mujeres dejan no solo de salir de sus casas, sino que además de disfrutar del espacio público, de movilizarse hacia lugares nuevos, de conocer el territorio de la ciudad.

Es una restricción que define el uso del tiempo y del espacio. “Limitando sus posibilidades de desarrollo, de comunicación e intercambio con otros, y fuertemente sus posibilidades de acceder a nuevas oportunidades de acceso al empleo o al estudio, y también de participar en actividades sociales”, destaca Segovia.

Sin duda, uno de los principales efectos es que incide en su autonomía física, económica y ámbito público. “Y junto a eso hay aspectos simbólicos nos hacen restarnos a una perspectiva de mayor libertad para decidir sobre nuestras vidas”, plantea la experta.

Pese a todas las consecuencias que acarrea, ha sido un tema que ha estado oculto, no ha sido considerado como un problema a resolver, indica Segovia. “Era un problema individual, en el cual cada persona implementaba estrategias para evitar el peligro. Las diversas manifestaciones públicas de las mujeres contra la violencia y el acoso han puesto el tema en el debate, y así lo demuestra la presentación de la Ley contra el acoso en el Congreso”.

Avanzar en una concepción que reconozca los derechos de las mujeres a una vida sin violencia y sin temor, es el primer paso para cambiar esta realidad. “A no naturalizar la diversas violencias físicas, simbólicas, sociales y culturales que están presentes en nuestra vida cotidiana y no se visibilizan. Para esto es indispensable tomar medidas que sensibilicen y eduquen a la sociedad en esta perspectiva. Y no bastan las campañas”, sostiene Segovia.

Son necesarias estrategias, que permitan a las mujeres transitar y disfrutar en el espacio público. No solo en lugares con luz y condiciones físico espaciales adecuadas, indica, sino también implementar una gestión de la ciudad,” del espacio local que garantice acceso a la movilidad, a los servicios y que promueva una mayor autonomía y favorezca una mejor convivencia urbana y participación social y comunitaria”.



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