Cédric Villani: Matemáticas, política y mucho estilo

Diputado por l'Essone, en la región parisina, Villani es consejero del distrito 14 de la capital francesa y presidente de la Oficina Parlamentaria de Decisiones Científicas y Tecnológicas. FOTO: Georges Conon-Guillermas/Hans Lucas.

Científico, académico y parlamentario, el francés que en 2010 obtuvo la Medalla Fields (el “Nobel” de su disciplina) ofrece este mediodía, vía Puerto de Ideas, una conferencia acerca de los errores de la ciencia.




Lo ha contado el propio Cédric Villani (Brive, Francia, 1973), que entre otras cosas es un ejecutante del piano. Años atrás, el trabajo le abrió cierta tarde una ventana para ir a un concierto del ruso Boris Berezovski, su admirado intérprete de Liszt, Chaikovski, Brahms y otros. Asistió, entonces, y esa misma noche tuvo la ocasión de encontrarse con Berezovski. Apenas se encontraron, el pianista le dijo, como si no creyera lo que veía cuando lo vio: “You look just like Franz Liszt”.

Receptor 2010 de la Medalla Fields, la más alta distinción en el campo de las matemáticas, solía Villani portar un peinado del tipo “príncipe valiente” que ya no asomó durante la conversación por Zoom con La Tercera, el pasado miércoles. Ya no se parece tanto a Franz Liszt. Ya no porta la lavallière próxima a la pajarita que ha lucido en otros momentos, aunque asoman sin falta una corbata con nudo mariposa y su araña como broche en la solapa izquierda del traje de tres piezas (dentro del cual hay siempre un reloj de bolsillo).

Nuevas variaciones conoce hoy el look dandy-romántico-decimonónico de este diputado de la Asamblea Nacional francesa, bautizado en 2015 por Huffington Post como “el Lady Gaga de las matemáticas que quiere transmitirle a todo el mundo la alegría de su disciplina”. El look, dice hoy a la distancia, es parte de una identidad que definió a los 20 años, cuando optó por dejar atrás las parkas y las zapatillas gastadas (“era mucho más descuidado que la mayoría”) para abrazar esa apariencia con la que puede aparecer en GQ y en Charlie Hebdo, En Libération o en Le Figaro.

Una identidad que no gobierna ni define su vida profesional/académica, pero que le agrega no poco sazón:

“El vestuario forma parte de nuestra identidad, es algo a lo que somos muy sensibles como seres humanos, y es algo que asumo. Llevo 20 años usando relojes de bolsillo. Esta araña me la regaló una militante [muestra la solapa]. Estos objetos corresponden a momentos de mi vida en los que realmente me abrí a la sociedad y en los que pasé de ser el niño tímido en el rincón, a un joven adulto plenamente integrado en la sociedad”.

Y tan integrado sigue estando, que hoy no le basta con oficiar de embajador de las matemáticas mientras mantiene “en pausa” su puesto de profesor de la Universidad de Lyon e integra un grupo de diputados (Écologie Démocratie Solidarité, EDS) que han declarado como prioritaria, cuenta Villani, “la ecología como opción de sociedad”. Muy de cabeza en los alcances políticos de la inteligencia artificial y sus algoritmos (el 2018 presentó a la Presidencia un documento de seis puntos y 235 páginas para “dar un sentido” a la IA, que a su juicio tiene menos de inteligencia que de eficacia), ha abrazado también la causa animal, propugnando la moratoria de construcción de centros de crianza de animales a gran escala y haciendo de sí mismo un vegetariano. Todo ello desde la ciencia, incluso cuando se equivoca.

Porque los científicos se equivocan como se equivoca todo el mundo, y eso no invalida a las ciencias, en general, ni a la ciencia deductiva de las matemáticas en particular. Es parte de lo que Villani transmitirá al público chileno hoy en su conferencia “Caos creativo. Error y falla en la ciencia de ayer y hoy”, que se transmitirá a las 12.30 vía puertodeideas.cl.

¿De qué va a hablar? De lo que anuncia el título, naturalmente. También de la gran aventura de la medición de la Tierra en el siglo XVIII y de la controversia sobre la edad de la Tierra en el siglo XIX, así como la que se dio en torno al desarrollo de la energía nuclear en el siglo XX, “con descubrimientos científicos cada vez más extraordinarios, pero también con errores, conflictos y debates que se extienden hasta el presente”.

Hoy, remata Villani, “nos encontramos en una paradoja en la que la ciencia hace maravillas con las vacunas contra el Covid y al mismo tiempo la confianza en la ciencia disminuye en la población. Esto viene acompañado de grandes discusiones, del caos: se tiene la impresión de que los científicos se contradicen constantemente. Mi mensaje es que el caos ha sido natural en la ciencia. Yo insisto en sus errores y muestro cómo, a veces, el mejor científico del mundo en un tema está completamente equivocado. La ciencia avanza, pero lo hace en un proceso caótico. No es lineal, no es sencillo. Y este proceso, aunque sea confuso, es saludable”.

Difusor y defensor

Según reporta Wikipedia (que a su juicio es “lo más parecido a la promesa del saber compartido para todos”), Cédric Patrice Thierry Villani nació el 5 de octubre 1973. Con antepasados greco-corsos, es hijo de una pareja de profesores de literatura, hermano de un compositor de música para cine y sobrino de una poeta y un jazzista que también enseña matemáticas. Un “extraterrestre”, al decir de su padre, fue alguien que nunca obtuvo menos que la nota máxima en en matemáticas, que fue el primero de su clase en el bachillerato, y que de esa manera pudo entrar en 1992 a la muy selectiva École Normale Supérieure, donde además de operar el señalado cambio de look, llegó a presidir su centro de alumnos.

Egresó en 1994 y desde temprano destacó en su ámbito por un trabajo que al decir de su colega chileno Patricio Felmer, “tiene que ver con modelos para describir el comportamiento de sistemas termodinámicos fuera de equilibrio. Él estudió la ecuación de Boltzmann, una ecuación planteada en la segunda mitad del siglo 19, cuya comprensión representa enormes desafíos y que todavía no se conoce completamente”.

Profesor-Investigador desde 2000, ha ejercido en París, Lyon, Atlanta, Berkeley y Princeton. En 2009 fue nombrado director del Instituto Henri Poincaré, uno de centros de investigación más antiguos del mundo en matemáticas y física teórica (sólo abandonó el cargo en 2017, tras ser electo diputado). Pero algo cambió tras recibir el “Nobel” de su disciplina. Uno de los efectos de este reconocimiento fue convertirlo en comunicador y embajador, cuando no en apóstol: de la matemática, en específico, y del conocimiento científico, en un sentido amplio.

Porque si la matemática es el lenguaje de la naturaleza -y Villani no tiene dudas al respecto-, urge comprenderlo y hacer de ella un modo de comprender el entorno, de situarse en el mundo. ¿Y cómo se hace eso? Por ejemplo, sacando un libro acerca de cómo trabajó durante dos años junto a su colega Clément Mouhot en el Amortiguamiento de Landau, como se conoce al efecto de disminución exponencial, en un plasma, de las ondas electrostáticas de Langmuir.

Théoreme vivant (“Teorema viviente”, 2012) tuvo cierta resonancia y fue la primera de una serie de publicaciones que se suman a sus charlas por los cinco continentes y que persiguen dejar en claro que lo de Villani no es la abstracción por la abstracción, sino un modo de entender, de explicar y de pensar. Hubo también un cómic -Soñadores. Cuatro genios que cambiaron la historia (2016)-, que sigue los pasos Werner Heisenberg, Alan Turing, Leo Szilard y Hugh Dowdin. También, un par de volúmenes acerca de las ciudad de París y otro, de 2018, en el que afirma que “la matemática es la poesía de la ciencia” (Les mathématiques sont la poésie des sciences). Allí escribe:

“El matemático transforma un aspecto del mundo físico en unas pocas ecuaciones que retiene en su mente antes de ponerse a trabajar en el papel. De igual modo, un poeta recrea un mundo en el espacio restringido de unas pocas estrofas, permitiendo a sus lectores hacerlo suyo”.

Villani ha sentido quizá que en “país de matemático, cuchillo de palo”. Pese a que Francia es de los más ganadores de la Medalla Fields, los colegiales franceses son de los que peores resultados obtienen, a nivel europeo, en los tests matemáticos secundarios. De ahí la pertinacia de sus esfuerzos, que por ahí han encontrado incomprensiones, incluso donde uno no imaginaría. Tres años atrás, en respuesta a un informe parlamentario de Villani acerca de la enseñanza de las matemáticas, el filósofo y exministro de Educación Luc Ferry aseguraba: “En la vida cotidiana, las matemáticas no sirven para nada. Las matemáticas les fascinan a los matemáticos y aburren a los demás. Es vital en algunos ámbitos, pero no en la vida cotidiana… lo siento”. Sin perder la compostura, Villani contestó: “Lo útil en la vida cotidiana no es el resultado matemático, sino el proceso”.

“Luc Ferry fue provocativo, y yo traté de mantener cierta altura en la respuesta, pero la pregunta es por qué hacemos matemáticas, incluso los que no son matemáticos”, afirma hoy el investigador. “Hacemos matemáticas porque es bueno entender que son una herramienta y que nos enriquecen. Hacemos matemáticas porque desarrollan nuestros mecanismos cognitivos, y cuando progresamos en matemáticas, progresamos en todas las materias. Es un entrenamiento para razonar, para la lógica. Hacemos matemáticas, también, porque es una construcción cultural que forma parte de nuestra historia, como las ciencias, y no podemos decir, qué pena, no me importa, del mismo modo que no podemos decir, no necesito leer a Cervantes, o a Victor Hugo, y me limitaré a ver la televisión, y no me haré ninguna pregunta”.

Esto de comunicar en libros, de ofrecer charlas y recibir condecoraciones por el mundo, como la que le entregó la Facultad de Ciencias de la U. de Chile en 2015 (El Mostrador habló entonces del “excéntrico genio francés”), corrió en paralelo a un interés por la política que ya había manifestado en 2010, cuando se integró a un grupo de reflexión federalista, oficiando luego de vicepresidente del laboratorio federalista de ideas EuropaNova, y más tarde miembro del Consejo Cientifico de la Comisión Europea.

Pero la política a lo grande sólo se le apareció en 2017, cuando se presentó y salió electo diputado por l’Essonne, en la región parisina. Integraba entonces una fuerza recién creada por Emmanuel Macron para ir por la presidencia: La République en Marche (LREM). En 2020, sin embargo, se rehusó a bajar su candidatura para alcalde por la capital francesa, que proponía entre otras cosas usar la inteligencia artificial para limpiar las calles. LREM lo acusó de dividir la votación oficialista y lo excluyó de sus filas. “El LREM es hoy un movimiento cuya línea ideológica se desconoce, así como los valores sociales que defiende”, dice por Zoom. “Hay tanta diversidad dentro del partido que no sabemos qué posición defiende. Al principio, eso me parecía una ventaja”.

Hoy, Villani forma en la Asamblea un grupo con una decena de diputados. Y no se arrepiente de haberse metido en política. Más bien lo contrario.

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