Ernesto Ottone

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Reportajes

Columna de Ernesto Ottone: Elogio de la migración

La demonización de la migración está construida con horribles materiales: prejuicio, ignorancia y miedo, que suele no guardar relación con hechos reales y cuyos argumentos se desarrollan más en base de pos-verdades que por medio de la razón.


La historia de la humanidad es la historia de la migración. No entenderíamos el desarrollo de la sociedad humana sin seguir la huella de los migrantes. Es más, no es comprensible el desarrollo del ser humano si no lo entendemos como un ser migrante desde hace cientos de miles de años.

La migración es tan consustancial a lo humano, que en el fondo nadie es desde siempre de algún lugar; conceptos tales como pueblos originarios y más aún pueblos nativos describen realidades temporales relativas, algunas más antiguas y otras más recientes, ninguna desde siempre.

No existe nadie cuyos ancestros no llegaron alguna vez de alguna parte.

Ningún pueblo brotó de manera compacta en un territorio y se quedó ahí para siempre, en algún momento se fue o lo hicieron irse.

Todos los territorios se poblaron a través de olas migratorias sucesivas, es así como adquirieron su forma actual los asentamientos humanos en los espacios y continentes que hoy existen, la más de las veces esos procesos se realizaron con desgarros, violencias y expulsiones, pero finalmente aquellos que se enfrentaron terminaron mezclándose y fundiéndose.

Ello es lo que explica que no existan civilizaciones compactas y homogéneas, incluso aquellas que han proclamado las excelencias de la pureza sanguínea y el enclaustramiento como una virtud muestran fisuras, intersticios que dejan pasar luminosidades, voces y coloridos distintos, afuerinos que vienen de otras historias y de otros lugares del globo.

América Latina es hija de muy variadas migraciones.

Los primeros migrantes fueron los pasados y presentes pueblos originarios, quienes llegaron desde muy lejos.

Esos extensos viajes han sido estudiados desde hace mucho, y aunque existen hipótesis que difieren en la investigación histórica biológica, antropológica y arqueológica, hay un cierto consenso en que el punto de partida está en Asia, que el cruce se efectuó por el extremo norte y que desde allí se expandieron y dispersaron hasta llegar al extremo sur.

Hace 526 años comenzó a llegar nueva gente al baile, española y portuguesa, persiguiendo riqueza, poder y gloria, portando el Evangelio y la espada, aunque quizás no en ese orden.

Durante la dominación colonial llegaría una migración que viajó encadenada, a la fuerza, secuestrada de su África natal para convertirse en esclavos portadores de ritmos, cadencias y creencias que marcaron para siempre el continente.

Cuando recién se formaban nuestras repúblicas, Simón Rodríguez, el muy excéntrico maestro venezolano, mentor de Bolívar y Andrés Bello, señalaba en 1828: “Tenemos huasos, chinos y bárbaros, gauchos, cholos y huachinangos, negros, prietos y gentiles severos, calentanos, indígenas, gente de color y de ruana, morenos, mulatos y zambos, blancos porfiados y patas amarillas y un mundo de cruzados: tercerones, cuarterones, quinterones y salto-atrás”.

Vale decir, partimos bien poco homogéneos, más bien harto entreverados.

Desde la mitad del siglo XIX comenzaron a agregarse nuevas oleadas migratorias, en una América Latina con un enorme territorio y con una población pequeña y desigualmente distribuida.

Llegaron europeos por millones: italianos, alemanes, ingleses, franceses, polacos, rusos, croatas, por solo nombrar algunas nacionalidades europeas, árabes del Medio Oriente y chinos y japoneses de Asia.

Si bien todo este proceso no estuvo exento de dominación, discriminación y sufrimientos, esta seguidilla de presencias diversas ayudó a conformar en nuestros países identidades más bien abiertas y porosas, introdujeron desarrollo, comercio y conocimiento, historias diversas, músicas mezcladas, un mestizaje potente, y enriquecieron el sincretismo cultural que ya venía desde la colonia.

Esta permanente diversidad ha impedido, afortunadamente, que alguien pueda pretender aquí pureza étnica ni cultural, la que ha dificultado el desarrollo de nacionalismos extremos y de la moderna barbarie que se expresa en la negación de la humanidad del otro, del diferente.

Ello es una gran ventaja que debemos cuidar y desarrollar en los tiempos actuales, más aún en esta fase oscura de la globalización, donde producto de muchos factores, que van desde la economía a los conflictos geopolíticos, surgen en latitudes muy diversas planteamientos racistas, xenófobos, expresiones de cretinismos nacionalistas y discursos que apelan a la supremacía de unos sobre otros.

Esos rasgos que van siempre de la mano con expresiones autoritarias que debilitan incluso democracias antiguas amenazando con el látigo de la expulsión al migrante y al refugiado y procuran convertirlo en chivo expiatorio de los problemas existentes, en objetos del miedo o en sujetos contaminantes.

La demonización de la migración está construida con horribles materiales: prejuicio, ignorancia y miedo, que suele no guardar relación con hechos reales y cuyos argumentos se desarrollan más en base de posverdades que por medio de la razón.

En Chile ha crecido mucho el proceso de inmigración en los últimos años, producto, en parte, de problemas económicos, sociales y políticos por los que atraviesan diversos países de la región, y también porque parece que en Chile las cosas son menos malas de lo que a veces pensamos y que ha habido avances notorios en la calidad de vida en nuestro país. De no ser así, nadie nos vería como tierra de oportunidades y esperanzas.

Este proceso de inmigración es una buena noticia para Chile, nuestra población es demasiado pequeña para nuestro territorio, crece muy lentamente y envejece demasiado rápido.

Muchos de quienes migran son personas audaces, dinámicas, con una decisión de esfuerzo que aspiran concretar en nuestro país, no pocos de entre ellos son portadores, además, de habilidades y conocimientos especializados que nuestro desarrollo necesita. Su presencia nos hará mejor.

Es obvio que el proceso de migración requiere reglas, atención y seguridad que favorezcan tanto al migrante como al país de acogida que permitan generar una inserción exitosa en base a derechos y también a deberes.

Es necesario cuidar, sobre todo, que no se produzcan situaciones que alienten los fenómenos de rechazo al otro que está siempre a flor de piel en la naturaleza humana.

El espíritu y la acción de las actuales autoridades, por lo menos hasta ahora, tiene más méritos que desméritos en la forma de abordar el tema y ello no es poco decir en el actual contexto internacional, también la oposición política y organizaciones de la sociedad civil han presentado opiniones y propuestas relevantes que deben ser discutidas y consideradas.

Lo importante es que el tema de la migración no se convierta en parte de la rencilla contingente y se busquen acuerdos sólidos.

La forma y el éxito de la inserción de los migrantes hablará más que mil discursos sobre la densidad democrática y el nivel civilizatorio alcanzado por nuestra sociedad.

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