Angelo Pierattini en el Nescafé de las Artes: una celebración eléctrica del milagro de la vida
El músico chileno volvió a escena con una presentación que osciló entre la introspección, el rock y la alegría compartida de estar nuevamente de pie. Con invitados como Tata Barahona, Carlos Cabezas y Pablo Ilabaca, revisó su trayectoria, incluido un bloque dedicado a Weichafe, y hasta presentó una canción inédita. El guerrero ha vuelto.
Un acorde que sonó crudo, seco, sin más amplificación que el esqueleto maderoso de una guitarra, fue la llamada de atención. Y de inmediato el público en el Nescafé de las Artes miró hacia la entrada de la sala. Ahí estaba Angelo Pierattini, con la guitarra colgando. Caminó hacia el escenario, la voz en cuello y una canción que sonó más coherente que nunca.
"No hay nada más/Que pueda explicar/Las cosas simples se hacen mentir/No hay nada más", coreó el respetable, acompañando a Pierattini para cantar Las Cosas Simples. Un tema que escribió a los 20 años y que esta noche sonó atingente a la celebración de la vida y el milagro de la música.
Con ese gesto, tan teatral y certero, arrancó la presentación de Pierattini en el recinto de calle Manuel Montt. El regreso del guerrero, se llama este concierto, atendiendo a que se trata de la primera gran presentación en público del reputado músico chileno tras reponerse del duro accidente automovilístico que lo mantuvo hospitalizado.
El abrazo del reencuentro cruzó la presentación, levantada como un repaso de la trayectoria de Pierattini. Acompañado en escena por la banda con la que registró su último disco homónimo; Diego Peralta en bajo eléctrico, Felipe “Metraca” Salas en batería, Pablo Jara en guitarra eléctrica y Dominga Corral en acordeón. Y acompañado, sobre todo, por el público que llenó la sala.
Con esa banda, muy aceitada, Pierattini repasa algunos momentos claves de su discografía. El músico luce muy vital, cantando sin problemas y manteniendo el habitual tono lleno que le extrae a la Stratocaster. Prácticamente no muestra secuelas de su brutal accidente lo que denota la disciplina con la que abordó la recuperación.
En las manos, Pierattini luce los vendajes de luchador con los que se fotografió en su último disco y en las fotos promocionales del show. No tardará mucho en despojárselas. Mientras, en escena, la banda despacha temas como la siempre emotiva Que simple vibra nuestro amor, o cortes de su último disco, como La Fiesta, que crecen en vivo.
“Muy buenas noches, aquí estoy -saluda en el primer momento de respiro-. Estoy vivo todavía cabros, gracias por esta noche”.
Y pasa al primer invitado del show, Tata Barahona. Juntos, cantan armonizando Carita de gato, aquel notable tema que Jorge González facturó en Mi destino, un disco de reinvención que de alguna forma vibra con el momento de Pierattini. Aunque en su versión de estudio el invitado es Diego Lorenzini, en la voz de Barahona la canción suena igual de vulnerable.
Pasa una notable interpretación de Lo que se ve no se pregunta, otro de los cortes del último disco, que toma una altura diferente en su paso al directo, sonando más compacta y rockera, aunque destaca el acordeón. Pierattini siente en la médula cada nota de su desatado solo de guitarra eléctrica. Tanto que queda encendido e invita a personas del público a probar suerte intentando domar a su Stratocaster, que parece lanzar llamaradas de distorsión. Tres sujetos suben a escena, casi como viviendo la fantasía de Marty McFly tocando Jonny B. Goode.
Pasa otro invitado, Carlos Cabezas, para hacer El adiós, un tema de su proyecto en conjunto, Cordillera. Ambas voces, cargadas de graves, empalman bien y suenan rotundas.
Poco después, el escenario se despeja, y se instalan dos sillas. Ahí se instalan Pierattini y Pablo Ilabaca, un cómplice eterno de andanzas musicales, desde que se conocieran como alumnos del maestro Luis Advis. Con sendas guitarras acústicas hacen Tontos bichos de hoy, de los días de Las calaveras errantes. Le sigue un momento muy particular, con la interpretación de En mi vida, una reelaboración de Pierattini para In my life de los Beatles. Ilabaca se luce con el teclado (incluso con haciendo el solo, muy similar al original que grabó George Martin). Un guiño a su corazón beatlero y a una amistad añejada en canciones.
El show transita hacia el segmento más desatado, con la revisión de algunos cortes del catálogo de Weichafe. Para ello, Pierattini convoca a una banda distinta, con Ed Quiroz en la batería y “Chino” Vargas en el bajo. Además del refuerzo de Pablo Jara, hacen cortes como Respiro la luz del sol (con su introducción que evoca a Highway Star), Pan de la tarde, La fuerza viene de la tierra y por cierto, ese himno que es Ripio y soledad. “Weichaaaafe, weichafeee”, grita el cántico de tablón del público, como rememorando los viejos tiempos.
De regreso con la banda inicial, Pierattini sorprende con una nueva composición, No estoy muerto espero. Un tema en que repasa su último tiempo, como la respuesta del cantautor inquieto frente a lo que vivió. “Te miré cuando desperté/tú estabas sonriéndome/lágrimas de amor curaron mis heridas, todas mis heridas”, canta. Se trata de una canción luminosa, de beat midtempo y sonido latinoamericano. Una creación que suena como una continuidad de lo que planteó el músico en su último disco y probablemente, traza su camino más inmediato.
Hacia el final, cuando canta sentado en una de las escalinatas del teatro, Amor por mi condena, acaba cantándosela a un antiguo profesor de Historia de sus tiempos colegiales que estaba presente en el público. La vida te da sorpresas, decía alguna antigua canción salsera, y para Pierattini no parecen acabar. Coronó una noche que se vivió como un reencuentro con sabor a fiesta. Como ese amigo que regresa de un viaje, en que miró a la muerte a la cara y la eludió a punta de canciones.
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