El tiempo que perdiste conmigo: un relato de Jaime Bayly
En cuanto a mi exnovio, fue un alivio que no estuviera en la fiesta, invitado por mi exesposa. Supe por mis hijas que él está escribiendo una novela inspirada en su agitada vida amorosa, incluyendo el tiempo que perdió conmigo, qué miedo.
Esta semana mi exesposa y mi exnovio cumplieron años el mismo día, un quince de abril, ella cincuenta y ocho años, el cuarenta y ocho. Atravesado por las dudas, que es como suelo sobrevivir, les escribí breves y sentidos correos, saludándolos por su aniversario, pero, como era de suponer, no me respondieron. Eligieron rencorosamente no agradecerme porque no me consideran un exesposo o un exnovio convertido en buen amigo. La verdad es que me ven como un enemigo.
Me he ganado a pulso esa hostilidad. Me he portado mal con ella y con él. Aunque ahora mismo no las recuerdo, he escrito cosas sobre ellos, o contra ellos, que no debí publicar. No me refiero solamente a novelas, sino también a columnas periodísticas, que, en mi caso, son novelas por entregas, novelas que nadie me paga y casi nadie lee. A mi exesposa, empresaria hotelera, le rendí un homenaje tardío e incomprendido, la novela “El huracán lleva tu nombre”, pero a ella le disgustó verse desdibujada literariamente y, desde entonces, me consideró un soplón y un felón, alguien que no sabía guardar secretos, un asaltante de la intimidad, un pirata que saltaba de cama en cama. A mi exnovio argentino, escritor de revistas de modas, le dediqué unas líneas melancólicas en “El canalla sentimental” y, tiempo después, ciertos pasajes amargos, despechados, en “El niño terrible y la escritora maldita”.
Podría decir, tratando de salvar el honor, que yo dejé a mi exesposa y, años más tarde, rompí con mi exnovio. Mentiría. Así no ocurrieron las cosas. Mi exesposa se hartó de mí, me abandonó y se marchó con nuestras dos hijas a la ciudad del polvo y la niebla, a cinco horas en avión desde la isla en que vivíamos, la misma isla donde, por pura pereza, elijo seguir viviendo. El argumento que esgrimió para dejarme fue demoledor: Eres un pésimo amante, el peor amante que he tenido. Me espetó esa acusación porque, después de amarnos, yo a veces rompía a llorar y le decía que, además de estar con ella, quería enredarme con un hombre incierto, imaginario, un hombre que me procurase placeres innombrables que ella no podía darme. Comprensiblemente hastiada de mí, incapaz de competir con un amante fantasmagórico, se rindió, me dejó, se alejó de mí y se enamoró bien pronto de un francés ricachón, jugador de polo, alcohólico sin culpa, que supo amarla como ella merecía.
Mi exnovio argentino, escritor y coleccionista de revistas de modas, me fue infiel muchas veces, sin que yo me enterase. Yo también le fui infiel, pero una sola vez, y no con otro hombre, sino con una librera y escritora argentina, y cuando se lo confesé, él soltó una carcajada, opinó que esa joven afiebrada por los libros no le parecía atractiva y sentenció: Pensé que ya no te gustaban las mujeres. Entretanto, él, que viajaba a menudo como escritor de revistas de modas para entrevistar a grandes personajes del arte y el espectáculo, se acostaba discretamente con otros hombres, algunos de ellos amigos míos, que yo mismo le había presentado, pero no me lo decía y juraba que me era fiel. En Madrid tuvo intimidad con un famoso presentador de televisión, heraldo del cotilleo, de baja estatura y gafas coloridas, al que, no sé por qué, llamaba El Tomate. En Barcelona se enredó con un escritor venezolano, personaje de las televisiones, casado con español, a quien apodaba La Guacamaya, por su manera estridente de hablar. En Santiago de Chile encontró consuelo en un novelista talentoso que yo le había presentado en los cines del Abasto de Buenos Aires, a quien mi exnovio aludía afectuosamente como Buena Onda, y en los bosques de Zapallar vivió un romance con un escritor refinado y huidizo al que describía como El Jardinero. Por si fuera poco, en Lima, mi ciudad natal, se revolcó con uno de mis enemigos, un periodista acerbo, punzante, alias Anzuelo, y ambos, desnudos, elevados por el cannabis, hicieron escarnio de mí, diciendo que era un amante desastroso. Vine a enterarme de todos esos secretos cuando mi exnovio me anunció por teléfono, él desde Buenos Aires, yo de paso por Bogotá, que no quería verme más, o que necesitaba dejar de verme un tiempo largo. Me quedé helado. No sabía que me había sido infiel, tantas veces infiel. Le pregunté por qué me dejaba. Respondió lacónicamente: Porque ya no me calentás. Le pregunté si se había enamorado de otro hombre. Respondió: no, pero me gusta coger con otros chabones. Furioso, despechado, me rebajé a escribir una diatriba contra él, que publiqué en un diario español. Después de leerla, mi exnovio me escribió un correo largo, desalmado, brutal, contándome, una o una, sin ahorrarse detalles, todas las infidelidades que me había escondido, sus amores furtivos con El Tomate, con La Guacamaya, con Buena Onda, con El Jardinero, con alias Anzuelo y con otros hombres que yo no conocía. En represalia, le pedí que se marchase del apartamento que compartíamos cuando yo visitaba Buenos Aires. No puso objeciones a retirarse ni alegó que la propiedad le correspondía. Tiempo después, la vendí, convertida en museo del desamor. No podía dormir en su cama ni en la mía, sin recordar los años, siete nada menos, en que fuimos felices, años en los que él me engañaba y yo era tontamente feliz porque no lo sabía.
Ahora pienso que mi exnovio se hartó de mí y me abandonó por la misma razón que alegó, hastiada, mi exesposa, es decir, porque yo era un pésimo amante, un amante distraído, desganado, apático, un amante pasivo, sin bríos ni fuelle para agitarse, un amante bobo, lento como una tortuga, que no sabía coger, prefería seguir leyendo y se revelaba indispuesto para machucar y pisar con destreza erótica a su pareja. Podría decir entonces que no me dejaron por razones sentimentales, sino por unas de índole sexual: ella no se sentía bien atendida por mí, y él, dandi, figurín, adicto a la moda, me veía como si yo fuera una pelota inflable de playa.
Lo que no estaba en mis planes era que mi exesposa se hiciera amiga de mi exnovio. Ahora ambos me detestan, no quieren verme, y sin embargo son amigos. No se ven con demasiada frecuencia, menos mal, pero si ella pasa por Buenos Aires, salen a cenar, y si él viaja a Lima y a Cusco, pagado por sus revistas para escribir reportajes sobre los encantos de esas ciudades, ella le ofrece las mejores suites de sus hoteles a tarifas rebajadas, y él tiene el buen gusto de aceptarlas, porque los hoteles de mi exesposa son preciosos, regiamente decorados por ella, quien, cuando estuvimos casados, trató de decorar también mi vida, pero fracasó, porque yo no entiendo de la moda y sus tendencias, a diferencia de ella, sílfide, y de él, carilindo, siempre vestidos a la moda, sin un ápice de grasa, mientras yo, con los años, me he convertido en un gordo mal vestido, peor peinado y siempre desaseado.
Una de mis hijas se casó recientemente en una fiesta fabulosa y fue allí donde me encontré con mi exesposa, quien lucía espléndida, rejuvenecida, tanto que parecía hermana de nuestra hija. Me alegró verla contenta, orgullosa de nuestras hijas, exitosa en sus emprendimientos hoteleros. Me emocionó besar sus mejillas, al saludarnos, y lloré como una señora mayor cuando mi hija prometió amar a su novio. Luego mi exesposa me pidió que me acercase para hacernos una foto con nuestras hijas y el novio. Dudé. Le dije: Voy a afear la foto. Ella sonrió y me dijo: No te preocupes, después cortamos la foto donde sales tú. Me reí de buena gana, aunque sentí que, de nuevo, ella, con buen juicio, se alejaba de mí, prescindía de mí, me borraba de la foto. Por supuesto, tuve la delicadeza de no preguntarle por su novio francés, quien, según me contaron, se encontraba internado, en rehabilitación, tratando de alejarlo de las bebidas espirituosas. Tenía miedo de que ella me dijera: tú también deberías internarte para dejar las pastillas. Pues no. No dejaré las pastillas. Moriré dopado, convenientemente dopado, y, con suerte, sin darme cuenta.
En cuanto a mi exnovio, fue un alivio que no estuviera en la fiesta, invitado por mi exesposa. Supe por mis hijas que él está escribiendo una novela inspirada en su agitada vida amorosa, incluyendo el tiempo que perdió conmigo, qué miedo. Aquella noche, después de la fiesta, alojado en un hotel cómodo, aunque no lujoso, pues mi exesposa no me ofreció sus hoteles señoriales a precios rebajados, tuve que duplicar mi dosis habitual de pastillas, porque una idea persistente e insidiosa me impedía conciliar el sueño: mi exesposa y mi exnovio se arrepienten del tiempo que perdieron conmigo.
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