La casa del dragón T3: A prueba de fuego
Al final, la pelea más compleja para La casa del dragón no será entre ejércitos, dragones ni reyes de orgullo herido. Será competir contra sí misma y no perder altura de vuelo, para salir airosa de la batalla definitiva.
Partir en grande. Con fanfarria, fuego y llamas. Gritando “Dracarys” a todo pulmón, con ese vértigo que produce domesticar algo que parece imposible. Porque sí, los dragones son criaturas mitológicas, pero en cierta forma, también están vivos, desde que coexisten con nosotros en el relato universal. Y, sobre todo, en el vasto mundo del streaming.
Así vuelve La casa del dragón, triunfante, en un nuevo intento por domar a la criatura más difícil: el legado de Game of Thrones. Desde su estreno en 2022, la serie basada en el libro Fuego y sangre de George R.R.Martin tuvo que desafiar su invierno personal y demostrar que podía sostenerse sobre sus propias alas. La segunda temporada, terminó con un final tibio: los ejércitos alineados, los dragones domesticados, las espadas listas para el desenvaine y la promesa de una guerra a punto de estallar. Pero también dejó suspendida una declaración de intenciones, que ahora finalmente se materializa.
Pongámoslo así: el primer capítulo de la Temporada 3, podría haber sido el último de la segunda temporada. Pero en una decisión osada, el guionista Ryan Condal puso en pausa el momento más esperado, y dos años después, lo lanza a quemarropa en este primer capítulo con la Batalla del Gaznate, enfrentamiento naval y aéreo donde la flota de la Triarquía (que defienden el ascenso al trono del rey Aegon II Targaryen ) rompe el bloqueo marítimo de los Velaryon (leales a Rhaenyra Targaryen). Lo que viene es sangre, y mucha. Además del despliegue visual y frenético al que R.R.Martin nos tiene acostumbrados.
Es aquí cuando emergen dos dimensiones, cuya contraposición mueve los hilos de la serie: la espectacularidad visual de los eventos colectivos, con la profundidad de los encuentros íntimos. La emotividad de la serie, que amenaza con diluirse entre vuelos erráticos, jinetes elegidos y herederos coléricos de nombres parecidos, se sostiene (como suele ocurrir) gracias a dos mujeres: La reina Rhaenyra Targaryen (Emma D’Arcy) y Alicent Hightower (Olivia Cooke), reina madre de la facción de los “Verdes”. Ambas actrices brillan en sus propias oscuridades, debatiéndose entre la confrontación visceral y la defensa del honor familiar, con una amistad histórica que trasciende las circunstancias, y que aún no se apaga del todo. En especial, el destino de Rhaenyra es una daga en el corazón: ya ha perdido a dos de sus hijos y a su hija recién nacida, se va quedando sin dragones, sus aliados empiezan a inquietarse y cada decisión la empuja un paso más hacia el abismo. Y aunque todo a su alrededor es tragedia y muerte, transmite una determinación que hasta ahora no había mostrado. Por primera vez, sentimos que reclama visceralmente el trono heredado de su padre.
Entre batallas sangrientas, reyes fugitivos, alianzas que se resquebrajan y el desafío de no perderse en el árbol genealógico de los Targaryen (los Buendía de Westeros), el capítulo estrenado en HBO retoma la fuerza perdida. Haciendo honor a su fuente literaria, promete más fuego y sangre. Por sobre todo, reafirma que no es otra historia de dragones, sino una tragedia universal que toma distintas formas, sobre ambición primitiva, traición familiar y erosión del poder. Una serie que sale victoriosa cuando se aferra a su aspecto más humano y que refuerza esa incómoda lógica donde todos, tarde o temprano, terminan cruzando una frontera moral.
Al final, la pelea más compleja para La casa del dragón no será entre ejércitos, dragones ni reyes de orgullo herido. Será competir contra sí misma y no perder altura de vuelo, para salir airosa de la batalla definitiva.
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