Humor
La religión de la comedia, ese lazo invisible que a tantos liga, sostiene un único mandamiento: el humor os hará libres. En su poema de 1957 intitulado “Humor”, el poeta Yevgeny Yevtushenko, que de humorista tenía poco, cuenta que el humor es como un condenado a muerte. Cuando la gente se reúne para presenciar su ejecución, el condenado da un triple salto mortal, cae de pie ante el verdugo y le pellizca la nariz.
Porque, agrego yo, el humor florece más que nunca en el peligro, necesita un paredón en el que sobrevivir.
Escandalizarse y exigir que el humor tenga reglas, un código de conducta, es un poco ridículo, o sea, parte del humor. Porque el humor es una gran familia, en la que hay parientes ricos y pobres, flacos y gordos, rojos y azules y, por sobre todo, negros. El llamado humor negro, ese que nos hace retorcernos de incomodidad, y del que un tonto grave como yo no disfruta, funciona precisamente porque nos invita, y hasta nos obliga, a imaginar algo realmente desagradable, para lo cual requiere un público escrupuloso. Es de perogrullo, pero no sobra decir que los absolutamente crueles no ríen.
Además, parece que el mejor humor, por negro, oscuro e indecente que sea, lo es en plenitud cuando se agota en sí mismo, como esos fuegos que en los circos son tragados o escupidos o qué se yo y se extinguen al instante. Son piromanía cero en cuestión de fuegos.
De ahí que solamente el humor negro debería ponernos en guardia cuando está clara la intención positiva de incendio, o sea, no ya de juego. Si alguien se ríe de los ciegos, que no sea para cegar a nadie ni para que los ciegos o medio ciegos choquemos todos entre todos, en un caso de mala suerte altamente improbable.
Pero también, como esto del humor es algo así como una fe ciega, cabría esperar que el verdadero humorista defienda su rutina hasta el final y esté dispuesto a transformarse en un mártir de la comedia, de la divina comedia, pues los inquisidores, santones, monaguillos encenderán sus luminosos autos de fe. Si no, de recular a la primera mala cara, el humorista será un apóstata, un falso miembro de la religión del humor que se asustó ante el primer sabio o tonto, grave o liviano, que se atravesara, huyendo sin más del patíbulo.
Porque las travesuras del humor son un viaje sin retorno a los aspectos más oscuros e impenetrables del ser humano. Y es sin preservativo. Y ante cada enfermedad mortal, la risa será el remedio infalible. Y ante cada enfermo de moral, también.
Por sus chistes los conoceréis. Y si son malos o tibios, repetidos o podridos, serán vomitados, devueltos a la tragedia griega o, peor, santiaguina, en que arrastrado por el pesado destino nadie era libre ni podía reírse de eso, de nadie ni de nada sin toma de razón o, mejor dicho, sinrazón.
Por sus chistes los conoceréis. Así que, ante los escándalos, pídele a cada árbol del conocimiento que te ofrezca su fruto, su chiste más oscuro: a ver cuánto pesa. A ver cuánto vuela. Y verás si acaso tiene gracia, brillo ni libertad.
Por Joaquín Trujillo, investigador del CEP
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