Opinión

La nueva geografía de la inteligencia artificial

Sashkin - stock.adobe.com

Durante años pensamos en la economía digital como una economía casi sin geografía. Los datos viajaban por la nube, las plataformas operaban globalmente y la innovación parecía depender más del talento y del software que de los recursos naturales. La inteligencia artificial está cambiando esa percepción.

Detrás de cada modelo de IA existe una infraestructura extraordinariamente física. Centros de datos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración, fibra óptica y semiconductores sostienen una tecnología que solemos imaginar como intangible. Y esa infraestructura necesita también cobre, minerales críticos, agua, territorio y, sobre todo, energía.

La dimensión de esta transformación empieza a revelarse en los números. En 2025, el consumo eléctrico mundial de los data centers creció 17%; en aquellos enfocados en inteligencia artificial, el aumento llegó al 50%. Y la tendencia está lejos de agotarse: la Agencia Internacional de Energía estima en su actualización de 2026 que hacia 2030 los data centers podrían consumir cerca de 950 TWh de electricidad al año, prácticamente el doble que en 2025 y alrededor del 3% de la demanda eléctrica mundial.

La IA, que solemos imaginar en la nube, está convirtiéndose así en uno de los nuevos protagonistas de la infraestructura física global.

La carrera tecnológica es también una carrera por asegurar energía, infraestructura y recursos estratégicos. En ese escenario, América Latina aparece con activos difíciles de ignorar: produce cerca del 40% del cobre minero mundial y alrededor de una cuarta parte del litio.

Chile tiene varias piezas de este nuevo mapa. Es uno de los principales productores mundiales de cobre, posee recursos solares y eólicos de clase mundial y cuenta con más de 62 mil kilómetros de fibra óptica, además de acceso a cerca de 69 mil kilómetros de cables submarinos internacionales.

La infraestructura digital también está creciendo. En 2025 se incorporaron 18 MW de nueva capacidad de data centers y, según cifras difundidas por InvestChile en 2026, el país alcanza 166 MW en operación, cerca del 15% de la capacidad de América Latina, ubicándose como el tercer mercado de la región.

No estamos, por tanto, frente a una oportunidad puramente hipotética.

Pero hay otro número que debería importarnos todavía más. En 2025, América Latina procesó localmente apenas alrededor del 20% de los principales minerales energéticos que extrajo, excluyendo el litio. La Agencia Internacional de Energía estima que, si la región ampliara significativamente su capacidad de procesamiento, el valor económico generado por estas cadenas podría alcanzar unos US$220.000 millones hacia 2035, cerca de un 50% más que en la actualidad.

Ahí está probablemente el verdadero desafío.

Disponer de los recursos que demanda una nueva economía nunca ha garantizado capturar el valor que esa economía genera. América Latina conoce bien esa tensión: poseer recursos estratégicos y, sin embargo, participar principalmente en los primeros eslabones de las cadenas globales de valor.

La revolución de la inteligencia artificial vuelve a plantearnos esa pregunta.

Atraer data centers es importante, pero no suficiente. Extraer más cobre tampoco lo es. Capturar una mayor proporción del valor requerirá infraestructura energética y digital, capital humano avanzado, investigación aplicada, proveedores tecnológicos, capacidades de procesamiento y marcos regulatorios confiables. Requerirá, además, conectar mejor universidades, empresas, inversionistas y Estado.

También existen tensiones que no conviene minimizar. Los data centers demandan grandes cantidades de energía y, dependiendo de su tecnología y localización, pueden ejercer presión sobre los recursos hídricos y los territorios. Los minerales críticos plantean desafíos ambientales y sociales conocidos. Competir por inversión no puede significar reducir estándares. Por el contrario, una ventaja de Chile podría estar precisamente en demostrar que infraestructura digital, energía limpia y sostenibilidad pueden desarrollarse conjuntamente.

Esto exige dejar de mirar la política energética, la minería, la estrategia digital, la formación de talento y la atracción de inversiones como agendas separadas. En la economía de la inteligencia artificial son componentes de una misma estrategia de competitividad.

La IA seguirá necesitando algoritmos cada vez más sofisticados. Pero también necesitará algo que Chile conoce bien: energía, minerales, infraestructura y confianza para invertir.

La pregunta, entonces, no es solamente cuántos data centers lograremos atraer ni cuánto cobre podremos producir. Es cuánto conocimiento, innovación, talento y valor económico seremos capaces de construir alrededor de esos activos.

En la economía de la inteligencia artificial, la geografía vuelve a importar. Chile tiene varios de los recursos que esta nueva economía necesita. Pero los recursos determinan dónde comienza una oportunidad; las capacidades determinarán quién captura su valor.

Myriam Gómez InostrozaDirectora de empresas y exdirectora ejecutiva de Imagen de Chile

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