Mauricio Wacquez y su ensayo sobre Sartre: historia de un libro olvidado que vuelve a la vida
A través de un rescate editorial de la UDP, vuelve a las librerías el ensayo sobre Jean-Paul Sartre de Mauricio Wacquez, una pieza clave para entender el diálogo entre la filosofía y la ficción en su obra. Acá exploramos sus claves y su trama.
Fue en su juventud, en aquella etapa de la vida donde se fraguan al rojo vivo aquellas influencias que nos acompañarán en el futuro, cuando Mauricio Wacquez descubrió la obra del filósofo Jean Paul Sartre. “Cuando el adolescente buscó las justificaciones de su ateísmo se encontró de frente con las obras de Sartre. Nadie lo había prevenido…ese adolescente fui yo, aunque pudo ser cualquier adolescente de mi generación, en Chile, con la suficiente curiosidad como para ocupar su ocio en rondar las librerías”, escribió él mismo tiempo después. Con ese entusiasmo primigenio, su primera lectura del francés fue Los caminos de la libertad (1945) en un espíritu “parecido a la felicidad”.
Muchos años a posteriori, cuando Wacquez residía en España y vivía cerca de José Donoso y ya había publicado sus interesantes Cinco y una ficciones (1965) o Toda la luz del mediodía (1965), estrenó Conocer Sartre y su obra, en 1977. Un libro en clave biográfica y ensayista en el que repasa los principales libros del pensador francés, en un afán netamente divulgativo. Luego, en 1981, volvió a publicarlo con otra editorial y con otro nombre: Sartre: el autor y su obra. El título tuvo una escasa difusión en Chile quedando un poco olvidado al lado de sus otros trabajos. De hecho, en ese mismo año publicó una de sus obras más reconocidas, la novela Frente a un hombre armado.
Hoy, con el sencillo y directo título de Sartre, ese libro de Mauricio Wacquez vuelve a las librerías chilenas en manos de un rescate hecho por Ediciones UDP. “Es un libro que teníamos en vista hace tiempo con Matías Rivas -comenta a Culto Felipe Gana, editor general de Ediciones UDP-. Me acuerdo que la primera vez que lo oí fue en una conversación con Germán Marín. Luego pasó que la obra de Mauricio Wacquez estuvo desaparecida por problemas con la editorial que adquirió su catálogo, después la familia recupera los derechos y pudimos volver a acceder al a su obra, nos gustaría seguir con ella y buscar las fechas para publicar Hallazgos y desarraigos, la compilación de su no ficción, que además es de los primeros libros de Ediciones UDP y de la colección Huellas, junto con El escribidor intruso, de su amigo José Donoso. Además de la novela Toda la luz del mediodía, que se publicó el año pasado”.
Daniela Buksdorf, doctora en Literatura especialista en la obra de Wacquez, nos comenta cuál era el contexto de autor al momento de trabajar en este libro. “En 1977 Wacquez se encontraba viviendo en Barcelona, pero es importante recordar que Wacquez pasó tres temporadas en Francia que marcaron su formación en Filosofía: la primera en 1962, mientras cursaba primer año de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile y que duró solo algunos meses en la Universidad de París para luego volver a Chile y retomar sus estudios. En 1965 gana una beca que lo lleva de regreso a París y en 1966, tras finalizar sus estudios en la Universidad de París obtiene el Diploma de Estudios Superiores en Filosofía, regresa a Chile para desempeñarse como profesor de Filosofía Medieval en la Universidad de Chile”.
“En 1967 postula al cargo de profesor adjunto en el Centre National de la Recherche Scientifique en París, donde es contratado para dictar clases de Filosofía Medieval hasta 1968. Podemos ver entonces que la formación académica de Wacquez está muy ligada a Francia, pero principalmente enfocada en la época medieval. Wacquez se desempeña como profesor de filosofía también en la Universidad de La Habana entre 1969 y 1970, y también en la Universidad de Chile durante su regreso en 1971 y 1972, año en el que se instala definitivamente en España y comienza su trabajo en el mundo editorial abandonando la docencia pero, como podemos ver, no así la filosofía”.
Buksdorf ha indagado en los archivos personales de Wacquez desde 1957 a 1983, que hoy se preservan en la Firestone Library de la Universidad de Princeton. “Es interesante destacar lo que el material de archivo de Wacquez nos dice al respecto: al revisar la totalidad de este material, sólo se encuentran tres cuadernos de trabajo fechados en 1977, y los tres corresponden a la escritura de este libro; por lo que podríamos conjeturar que este libro consume todo el tiempo libre que le dejaba su trabajo cotidiano editorial”.
Por supuesto, este Sartre y su interés en la filosofía dialogan mucho con su obra literaria. Así lo explica Bruno Núñez, editor de este libro: “No hay que olvidar que la formación académica de Wacquez fue en filosofía. En Francia, precisamente, hace su doctorado. Y aunque no publicó libros de esta índole —Sartre vendría a ser lo más cercano—, siempre mantuvo ese trasfondo teórico, nutriéndolo con los numerosos ensayos que escribió. Creo que esta parte de su obra es muy relevante, indisociable de su trabajo en ficción, en el sentido de que es posible entender sus motivaciones estéticas y las lecturas que lo marcaron, como Borges, Sartre o Yourcenar, por dar unos nombres. Pero, hay que reconocerlo, ambos aspectos son muy diferentes: aquí hay un escritor consciente de que es leído por un público más amplio, así que es mucho más ameno y accesible”.
“Sartre fue una brújula para toda una generación de escritores, desde Susan Sontag hasta Vargas Llosa, y lo sigue siendo para el adolescente que se hace preguntas en torno al ser o quiere saber de qué se trata el existencialismo. De eso mismo habla Wacquez en el prólogo, del descubrimiento que fue acceder a los libros de Sartre y de cómo fue censurada su obra en la España de Franco”.
Por su lado, añade Daniela Buksdorf: “Hay además en Sartre una característica que lo distingue y que también es propia de Mauricio Wacquez: el cruce entre la filosofía y la literatura. Para escribir Sartre, El autor y su obra, Wacquez se nutre tanto de textos literarios como ensayos filosóficos del autor y, a su vez, aunque en menor medida, Wacquez construye su ethos autoral -o intelectual- tanto desde la literatura como de la filosofía”.
Hablando de la escritura de Wacquez en este libro, es menos densa, barroca y exquisita que en su faceta literaria, pero no por ello menos interesante. Así lo explica Daniela Buksdorf: “Si hay algo que puede definir este libro es el goce, se lee a un narrador que goza con su relato, con las lecturas que hace y los momentos que detalla. Este narrador en primera persona plural construye un ‘nosotros’ lector de Sartre que se fascina con lo que lee y también con lo que escribe, y nos invita a ser parte de ese goce. De hecho, al leer el Sartre de Wacquez se experimenta ‘un estado de espíritu parecido a la felicidad’, que es el efecto que tiene en Wacquez la lectura de Sartre, tal como señala en la introducción. La lectura fluye, es ágil, estamos frente a la presencia del Wacquez profesor de filosofía sin caer en un tono academicista, sino todo lo contrario: comparte su conocimiento, su manejo sobre el tema que se manifiesta no solo en sus interpretaciones y explicaciones, sino también en la integración de las citas a lo largo del texto, que están integradas a la perfección. Pienso que este goce se debe también al lugar desde el que escribe Wacquez, que es el del lector avezado que al hacer este recorrido por la vida y la obra de Sartre, recorre también su propia vida”.
Bruno Núñez también comenta sobre este punto: “Creo que la simpleza y precisión con que explica la vida y obra de Sartre es la mayor virtud que logra Wacquez aquí. Es poco común el gesto de reconocer una deuda intelectual y dedicar todo un libro a saldarla. Respecto a la edición en sí, algo que podría mencionar es que costó encontrar la última versión de este texto, perteneciente a una colección que el mismo autor dirigía. Esa última versión, que circula aún menos que la primera, de 1977, agrega todo el capítulo final, el que da cuenta del fallecimiento de Sartre, en 1980”.
Como sea, en una entrevista de 1995 con Faride Zerán, el mismo Wacquez daba cuenta de la relevancia que tenía la dimensión del pensamiento en su literatura: “La visión de un escritor creo que tiene más ayuda de la filosofía que de la literatura. Un profesor de castellano, un gramático o un literato, lo que en Francia se llama un hommbre de lettre, un comentarista o un exegeta, está muy encorsetado por métodos que da necesariamente la escuela. En cambio, yo preferí llenar esos métodos con métodos de pensamiento, pero con contenidos ideológicos. Preferí aprender a pensar. Mi literatura sin las ideas no existiría. Antes era muy sensual, lo reconozco. Pero mi literatura está llena de trampas filosóficas, de pensamientos. La literatura sin ideas me pone muy nervioso”.
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