The Mandalorian and Grogu: Placer sin Culpa
Quién dijo que la comida rápida era mala. Bien preparada y en porción abundante, siempre alegra a un día gris. Más o menos eso es The Mandalorian and Grogu, una película que funciona como capítulo extendido de la serie, pero que satisface hasta al más voraz de los fanáticos.
Para que complicarse con nuevas historias, personajes inventados y paisajes virginales. El viejo western y el clásico género de samuráis ya lo tenían todo a vista y paciencia del mundanal ruido. Sólo hace falta un director con oficio, un guionista medianamente hábil y un algunos actores de gancho taquillero garantizado. Tampoco hay que romper el chanchito de los ahorros y pagarle a Brad Pitt, pues con el confiable y aún accesible Pedro Pascal basta y sobra.
Este podría ser el resumen del memo de un productor de Hollywood dirigido a la compañía para dar luz verde a un filme de fácil digestión utilizando una vieja franquicia de impacto asegurado. Es lo que uno piensa que se les pasó por la cabeza a los responsables de The Mandalorian and Grogu (llegó con título en inglés a Chile), la nueva película del universo Star Wars en su cine favorito.
En tiempos en que las miles de secuelas y spin-off de spin-off se acumulan en las plataformas de moda, cuesta comprender qué diablos puede traer de nuevo esta película para pagar la entrada al cine.
Pues bien, no hay nada nuevo, pero al mismo tiempo todo. Aunque muchos conocen la historia y los personajes, la sola existencia y valor de una sala de cine en cuánto canal privilegiado del espectáculo transforman a estas aventuras en otra cosa.
Hace 30 años es probable que las odiseas del mandaloriano y su protegido Grogu hubieran sido carne de secuelas en la gran pantalla. Hoy eso no pasa, pues se sabe que las plataformas realizan aquellos divertimentos, generalmente a menor costo. El problema es que el talento sigue siendo un bien escaso y los bodrios per cápita atiborran también al streaming.
La buena noticia es que el director y actor Jon Favreau maneja como pocos el humor y la entretención, tal como lo demostró en las dos primeras Iron Man y en los clásicos familiares Elf y Zathura. Junto a su habitual guionista Dave Filoni (con el que creó la serie The Mandalorian en el 2019), construye aquí lo que muchos han llamado no sin razón un capítulo extendido, pero con más CGI y algunos nobles invitados extras.
Favreau se vale otra vez del género del western para contar las aventuras y desventuras del mandaloriano Din Djarin (Pedro Pascal), ese pistolero enmascarado que obedece al mejor postor, pero suele cazar recompensas para el lado bueno de la fuerza. Junto a su inseparable amigo y potegido Grogu (un ser de la misma raza de Yoda, pero en formato de niño) se enfrenta a entuertos imposibles y villanos duros de matar.
En esta oportunidad, una militar de alto de rango del lado de la Alianza Rebelde (Sigourney Weaver) le encarga ir en busca de Rotta the Hutt (Jeremy Allen White), el hijo del ya desaparecido señor del crimen Jabba the Hutt (personaje de El Regreso del Jedi). El objetivo es devolverlo a casa de sus tíos, supuestamente amenazados por los secuaces del Imperio.
En tamaña tarea, el Mandalorian rara vez se saca el casco o muestra algún signo de aflicción. Es estoico como un buey y valiente como un ronin, en la línea de los cowboys sin nombre del italiano Sergio Leone. La contraparte humorística y al mismo tiempo sobrenatural es el mentado Grogu. Esta pareja dispareja es tan efectiva como la del samurái y la guagua de la serie de filmes de Lobo Solitario y su Cachorro (1972-1974), referente ineludible.
La película se disfruta con la misma rapidez con la que se olvida y nadie dijo que eso fuera un pecado, sino que tal vez todo lo contrario. Un placer
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