Por Pablo Retamal N.Alan Pauls: “Ahora mismo me preocupan menos los que escriben que los que leen”
El destacado autor argentino presenta Malas lenguas, una novela nacida del fetichismo por los detalles y una ácida mirada a la trastienda de la industria editorial. "Las escuelas de escritura proliferan como hongos, pero ¿qué pasa con las de lectura, que son tanto más urgentes?".
Mientras traducía unos manuscritos inéditos del francés Marcel Proust (los borradores originales en que el escritor dio origen a En busca del tiempo perdido), algo atrapó al argentino Alan Pauls. Le llamó la atención todo lo secundario en torno al texto mismo, y eso comenzó a dispararle una idea. “El material tenía su encanto, pero muy pronto —flechazo nabokoviano— me cautivaron más bien la introducción, el prólogo, las advertencias, los comentarios, los posfacios, las notas al pie demenciales que lo acorralaban. Con el pretexto de aclararlo, me pareció que ese andamiaje elefantiásico —que triplicaba la extensión del texto proustiano— contaba sotto voce, con un grado de elusividad diabólico, la variedad insólita de litigios, provocaciones, zancadillas, deudas impagas y rivalidades que atraviesan la industria editorial subsidiada por las royalties del divino Marcel. Me dije: qué chiflada puede ser la gente cuando lee. Eso, más una frasecita que leí en un libro de McKenzie Wark —‘Lisa Nakamura, a quien conocimos en el capítulo 1’ o algo así—, más las ganas locas que tenía de escribir, de desaparecer en primera persona: eso puso en marcha la novela”.
Esa idea lo llevó a escribir una novela en que en una biografía de un escritor ficticio -Baldó- aparece un personaje aparentemente sin ninguna importancia -Bernal-, alguien se fija en él y comienza a deshilachar su historia, la que de paso es una crítica al mundo literario, al académico, y al modo en el que se construyen las biografías. De eso trata Malas lenguas (Random House) la última novela del destacado autor trasandino. Es una narrativa densa, que exige atención muy focalizada del lector, pero que lo arrastra sin más hacia un llamativo juego literario. Siempre con la habitual pluma refinada de Pauls.

Malas lenguas parte de alguien que se obsesiona con un personaje secundario leído en una biografía. ¿Le interesaba explorar cómo ciertos detalles mínimos pueden abrir mundos enteros?
Por supuesto: el detalle es el punto negro, la mancha, la perturbación por excelencia. Es lo insignificante y lo que marca la diferencia; lo que el sentido común desdeña y descarta y lo que termina resolviendo un crimen. Decimos “¡es un detalle!” para sostener dos cosas antagónicas: que algo no es nada y que lo es todo. Esa mezcla perfecta de nimiedad y envergadura es lo que lo hace grandioso —para un escritor pero también, o sobre todo, para un lector que se considere más o menos perspicaz. Y Malas lenguas es una novela de lectores muy perspicaces.
En la novela aparece la biografía casi como un género sospechoso, lleno de zonas manipuladas o incompletas. ¿Qué le atrae (y qué le repele) del género biográfico?
Muchas cosas, pero en esta novela dos en particular: una, la relación extraña, íntima, persecutoria, que tienen los biógrafos con sus objetos, la avidez casi carroñera —la palabra es de Henry James, que intentó escaparles como a la peste— con que darían la vida por hurgar en los despojos de sus criaturas. Es difícil no preguntarse por qué alguien elige contar la vida de otro. ¿Por qué ese otro y no otro? ¿De dónde viene esa cruzada de saberlo todo, esa fijación, esa voluntad de ser un experto en vidas ajenas? La segunda es cómo leemos biografías, qué clase de angustia o de morbo —no importa lo disfrazado que esté de admiración profesional, reverencia fanática o neutralidad erudita— son esos que hacen que nos asomemos a las piruetas que hace un lunático para darle sentido a la vida de otro como al oráculo que nos revelará el sentido de la nuestra.
¿Hay biografías que le hayan llamado la atención para bien (o para mal)?
Para mal, muy pocas. Como no soy fan y el género es tóxico, siempre traté de leer las mejores. Me gustan mucho el Johnson de Boswell, el Kafka de Reiner Stach, el Duchamp de Calvin Tomkins, el James de Edel, el Flush de Woolf (y me gusta que cuando se habla de biografías se nombren siempre dúos, un poco como se habla de dúos para hablar de personajes de ficción inmortalizados por grandes interpretaciones actorales: el Otello de Welles, la Blanche duBois de Vivien Leigh...) Y me gustan sobre todo experimentos como el Evaristo Carriego de Borges, el Sobre Barbara Loden de Nathalie Léger o el Sobre Sánchez de Osvaldo Baigorria, libros de incrédulos que problematizan el género al límite y quizá lo renueven más que esos mamotretos de mil páginas donde nos enteramos de qué comía Proust en el Ritz (comía siempre lo mismo) o qué mariposa de qué color apadrinó Nabokov en sus ratos de ocio, vestido con las bermudas de boy scout que luce en una foto famosa.
¿Con esta novela pensaba en poner en cuestión al género biográfico y al cómo se arma la memoria?
No, pensaba en jugar, darle algunas vueltas a una pulsión de saber sobre la vida de los otros que, si las redes sociales no la hubieran generalizado hasta la náusea, sería quizás un tema de conversación interesante y entretenido. La memoria (sobre todo la memoria de los demás, testigos e informantes) es muy importante para los biógrafos; no tanto para Malas lenguas, donde la clave es cómo se lee hoy lo que alguien escribió ayer sobre cómo vivió un tercero hace veinte años.
¿Hasta qué punto la biografía es siempre una forma de traición o de apropiación? ¿El biógrafo compite o se confunde con el biografiado?
Supongo que todo eso al mismo tiempo, incluso en el caso de biografías intachables que son un modelo del género. Ese mix de causa noble y bajas pasiones, sacerdocio abnegado y carnicería despiadada, es quizá lo que hace que la biografía sea irresistible aun para detractores militantes como yo, que quise escribir una y fracasé.
En la novela hay un fuerte componente de crítica al mundillo cultural (intereses, promiscuidad, falta de escrúpulos). ¿Es también una radiografía ácida de ciertos ambientes literarios y artísticos argentinos o latinoamericanos?
No me consta, o no hice el trabajo de campo que hubiera sido necesario. Lo que hace la novela es “describir” ese tipo de mundos con la lucidez delirante que dan el resentimiento, la revancha o simplemente la amargura de la decepción amorosa. Una especie de despecho nietzscheano, digamos, sediento por reponer y sacar a la luz las fuerzas oscuras que cree —quizá con razón— que animan la mundanidad cultural.

¿Considera que esta novela dialoga en parte con ese género tan latinoamericano de las biografías ficticias? (Me refiero a Historia Universal de la infamia, o La literatura nazi en América)
No; más bien con la tradición de la insidia, la malevolencia, el chisme como una de las bellas artes: El affaire Skeffington de María Moreno, por ejemplo, o La estatua de sal, del gran Salvador Novo.
El mundo académico también es visto con cierta distancia y crítica, pero en un tono de comedia amarga, ¿cuánto de lo que habla son en parte tus propias vivencias?
Poco o nada. Por salvaje que pueda ser, ninguna guerra real por cargos, cátedras o subsidios llega a los talones de las carnicerías pueriles a las que se entregan con regocijo los personajes de mi novela.
¿Hay algo autobiográfico en Malas lenguas, aunque sea de forma oblicua o irónica?
Puede ser: mi gusto por las formas oblicuas de hablar, las lenguas bífidas, los artistas de la alusión y la maledicencia, los remolinos de autosugestión en los que entran ciertos lectores cuando llevan la herramienta de la sospecha hasta las últimas consecuencias.

La novela trabaja mucho con personajes secundarios y vidas laterales. ¿Le interesa pensar que la literatura puede rescatar justamente aquello que parecía marginal o insignificante?
Sí. No por nada, para apuntalar una de las tantas inferencias convincentes pero falaces que la pueblan, la novela cita a una autoridad como Giovanni Morelli, un experto en arte del siglo XIX que descubrió que para distinguir una obra de arte genuina de su falsificación no había que examinar los elementos importantes del cuadro —figuras, luz, uso del color— sino cositas de nada como uñas, el lóbulo de una oreja o la forma de los dedos de los pies, donde el copista al parecer se relajaba y perdía de vista al maestro que copiaba, delatándose sin remedio. Para el extraño personaje que narra Malas lenguas, hay más verdad —y una verdad involuntaria, de esas que hunden para siempre a quien las deja escapar— en un cameo que ocupa cinco renglones de una biografía que en las cientos de páginas que la biografía dedica a su biografiado, un viejo profesor de clásicas que (dicen) redondea ingresos explotando con poco escrúpulo la biblioteca cuya dirección le confiaron.
En otro plano, ¿cómo ve a las actuales generaciones de escritores argentinos y latinoamericanos?
No sé, soy pésimo para los diagnósticos y las visiones panorámicas. Pero descubro cosas interesantes todos los días, así que deben estar bien. Ahora mismo me preocupan menos los que escriben que los que leen, no tanto porque sean menos como porque cada vez se dejan reducir más a la triste categoría de usuarios. Las escuelas de escritura proliferan como hongos, pero ¿qué pasa con las de lectura, que son tanto más urgentes?
¿Qué lee últimamente?
Un libro precioso de Rosario Bléfari, Mis dependencias. Estanterías ajenas, la bella autobiografía de lectora de Nora Catelli. El Curso de Poética que dictó Paul Valéry entre 1937 y 1940. How to end a story, los diarios de Helen Garner.

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