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Usted ¿cuánto gasta para el Día de San Valentín?: las millonarias cifras que mueve el amor en Chile y el mundo

Desde el pago de la suscripción a Tinder Gold –en caso de no tener pareja– hasta el regalo para el novio o novia el 14 de febrero: si en nuestro presupuesto mensual desglosáramos el ítem llamado “Amor”, nos daríamos cuenta de que cada vez gastamos más en el antiguo ritual de querer a un otro y sentirnos queridos. Y eso que aún no llegamos a los niveles de los japoneses, que tienen una app para conseguir un personaje a quien amar creado a partir de la IA generativa por la módica suma de 17 dólares mensuales.

En 2024, la industria de las apps de citas como Tinder, Bumble, OK Cupid o Grindr facturaron en total una suma de más de 6 mil millones de dólares.

Si la cifra a secas no le dice mucho, digamos que equivale al total del producto interno bruto de pequeños países como Guyana o Surinam; ahora, si quiere una comparación más cercana, podríamos decir que los matches y corazones online facturan tanto como lo hace la industria chilena del salmón.

¿Por qué el amor –y su búsqueda– está recaudando cada vez dinero? La razón es simple, pero a la vez, profunda: en una sociedad individualista y mediada por lo digital, casi todas nuestras interacciones están ocurriendo a través de la pantalla de un teléfono. Y eso bien han sabido aprovecharlo quienes vieron allí un buen negocio: con más de 360 millones de personas en todo el mundo, poder encontrar el amor en línea se ha convertido en una industria cada vez más rentable.

Angélica Bastías, psicóloga y académica del Centro de Atención Psicológica (CAPSI) de la Universidad Andrés Bello, el amor no ha muerto por una razón: porque “es una necesidad profundamente humana de encuentro, compañía y resonancia subjetiva con un otro”. Lo que sí ha cambiado la forma en cómo entendemos el amor: “Existen nuevas maneras de estar en pareja, nuevas exploraciones afectivas y distintos modelos relacionales”, precisa.

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Sentir amor hacia un otro sigue siendo una experiencia subjetiva y humana, pero la maquinaría tecnológica que se ha desarrollado a partir de este sentimiento va mucho más allá. Así lo explica la doctora María Teresa Barbato, bióloga y autora del libro “La Biología del Match”, quien explica que Chile, como la mayoría de los países altamente tecnologizados, está inserto en un fenómeno global que hace del amor también un producto, en una lógica de mercado que no es ajena al cerebro humano.

La especialista ha investigado cómo los humanos conviven con los algoritmos modernos de las plataformas de citas, “que exponen a nuestro cerebro ancestral a mecanismos inéditos de búsqueda, selección y evaluación de posibles parejas”.

Algunos países se han tomado tan en serio el cambio de paradigma a la hora de emparejarse que incluso lo han convertido en una política estatal para mejorar las tasas de natalidad. En septiembre de 2025 el gobierno de Tokio, tras una inversión de 500 millones de yenes (3,2 millones de dólares), creó Tokyo Enmusubi, una app tipo Tinder para los ciudadanos puedan encontrar pareja y así aumentar la tasa de matrimonios y de hijos.

La propuesta es tan seria que, para inscribirse, el usuario debe explicitar en qué trabaja y cuánto gana, porque la idea es formar parejas serias, nada de amores fugaces. ¿Será el amor en línea capaz de revertir la tendencia que está dejando a varios países sin nuevas generaciones de niños?

Pagar por un corazón

Lo que antaño habría sido impensado –pagar para encontrar el amor– ahora es de lo más natural. Tener una suscripción premium en una aplicación de citas, que cuesta aproximadamente 20 mil pesos mensuales, significa comprar mayor visibilidad, lo que aumenta la posibilidad de ser “elegido”.

Servicios como Tinder Gold/Platinum o Bumble Premium ofrecen aparecer con mayor frecuencia, saber quién mostró interés antes de hacer match o retractarse de haberle dado “like” a alguien. Así, el dinero opera como un atajo, buscando entregar mayor satisfacción al usuario.

Sin embargo, como advierten los especialistas, no hay que engañarse: tener más “matches” no significa siempre encontrar a una mejor pareja; tan sólo es la aplicación práctica de la lógica de mercado aplicada a las relaciones humanas.

Pero no es sólo eso. Para la psicóloga Angélica Bastías, de la UNAB, los tiempos modernos han llevado a muchas personas a asociarlas las apps de citas a vínculos más esporádicos, generando así una experiencia ambivalente. “Algunos se sienten cómodos en esa dinámica, mientras otros buscan algo más profundo y sostenido”, explica.

En cierta forma, Bastías ve en las apps una antesala al vínculo, especialmente para quienes tienen círculos sociales más reducidos o tienen dificultades para desenvolverse en espacios presenciales. “El espacio digital también puede ofrecer un primer resguardo que facilita el acercamiento”, propone.

Al existir un espacio donde una persona puede ser desechada solo al mover el dedo, muchos pueden perder pronto el interés por seguir usando una app. Para no dejar ir a esos potenciales clientes, la industria ya encontró la solución: abrir espacios para que los usuarios puedan generar amistades u otro tipo de vínculos que no sean amorosos.

“Tinder, por ejemplo, lanzó opciones para socializar más allá del romance, y Bumble desarrolló líneas específicas para amistad y networking”, dice Michelle Schnitzer, CEO de BondUp –app para el encuentro de personas mayores de 50 años–, lo que demuestra que el usuario no siempre busca pareja, sino también comunidad, conversación o afinidad.

Cuando ya tenemos pareja: ¿Cuánto gastamos para el 14F?

Esta es otra arista de la rentable industria del amor. Cada año, para San Valentín, perfumes, chocolates y flores suben exponencialmente sus ventas, mientras que los restaurantes suelen llenar sus mesas, por lo que la fecha se convierte en uno de los puntos de recaudación más fuertes del año.

A nivel global, en países como Estados Unidos se espera que el gasto este año supere los US$27 mil millones. A nivel regional, en tanto, Chile destaca como el país de Latinoamérica que más dinero destina a la celebración del Día de San Valentín: según una encuesta de Picodi realizada a más de 6.000 personas, cada chileno enamorado gasta en promedio 43 dólares para esta fecha. Eso sí, hay diferencias por género: los hombres desembolsan cerca de 45 dólares, mientras que las mujeres destinan alrededor de 40 dólares.

Esos gastos son en caso de que tengamos a quién hacerle un regalo. Si no, en Japón, por ejemplo, la creación de apps que permiten tener compañeros o compañeras virtuales ha revolucionado el mercado: una compañía barata, que no pide bombones ni a la que hay que agasajar con costosos regalos. Un ejemplo es LoveVerse, que por una suscripción de 17 dólares mensuales permite tener un novio o novia a la carta nacida a partir de la inteligencia artificial generativa.

“Hoy percibimos que tenemos más alternativas y eso cambia la forma en que ponderamos nuestras decisiones”, explica María Teresa Barbato, frente a cómo el cerebro humano altera su percepción frente a las opciones tecnológicas disponibles.

Escena de la película Her.

“Desde esa lógica, no es descabellado pensar que agentes artificiales o robots puedan cumplir funciones parciales de apego, especialmente en contextos de vulnerabilidad, soledad extrema o etapas sensibles del desarrollo”, asegura. Al prescindir de un ser vivo, se evitan discusiones u opiniones dispares.

Al igual que la película “Her “(2013), la psicóloga María Angélica Bastías, de la UNAB, evidencia que seguimos necesitando de alguien, aunque esta no sea de carne y hueso y simplemente sea una presencia. Aquí se configura un vínculo que prescinde del cuerpo y que –ojo con esta reflexión– podría cambiar el camino de la humanidad.

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