Escolares retrotech: la generación que vuelve al MP3 y a las cámaras digitales en la era sin celulares
Cámaras a pilas y reproductores de música resurgen entre adolescentes chilenos tras la restricción del uso de celulares en colegios. Más que nostalgia, la tendencia revela una búsqueda por controlar la experiencia tecnológica y escapar, aunque sea parcialmente, de la lógica del algoritmo.
Martina (16) empezó a notarlo de a poco. Primero, algunas compañeras llegaron con cámaras digitales. Después, otras aparecieron con reproductores de música. Lo que al inicio parecía una coincidencia comenzó a repetirse en su curso y en otros espacios del colegio. Según cuenta, la tendencia se intensificó tras la entrada en vigencia de la ley que restringe el uso de celulares durante la jornada escolar.
En su caso, no compró nada nuevo. Buscó en su casa y encontró una cámara que había pertenecido a su mamá. Estaba guardada, sin uso. La sacó, le puso pilas nuevas y volvió a utilizarla. No lo hizo por necesidad, sino por una decisión estética. “Me gusta cómo se ven las fotos, como más retro”, explica. No hay filtros ni edición inmediata, solo una imagen que, según ella, se siente distinta.
El reproductor de música llegó después. Lo pidió porque está acostumbrada a estudiar con ruido blanco, una práctica que le ayuda a concentrarse. Pero también lo utiliza para escuchar canciones, y ahí aparece una diferencia clave con la lógica digital a la que está habituada: si alguien le recomienda una canción o un artista durante el día, no puede escucharla de inmediato, tiene que esperar a llegar a su casa, descargarla y transferirla manualmente al dispositivo.
Ese proceso, que hace décadas era habitual, hoy introduce una pausa. Una forma distinta de relación con la música, menos inmediata, más deliberada.
Máximo (16) describe un escenario similar. En su colegio, dice, cada vez más estudiantes están usando estos aparatos, sobre todo reproductores de música. Aunque las políticas internas aún son permisivas con el uso del celular, las restricciones han ido aumentando progresivamente. Y, con ello, también la presencia de estos dispositivos.
“Se ve cada vez más”, comenta. En los recreos y pasillos empiezan a aparecer aparatos pequeños, con funciones acotadas, sin conexión constante ni notificaciones. Tecnología que parecía obsoleta vuelve a circular entre las mochilas escolares.
El efecto desconexión
Desde marzo, la aplicación de la ley que restringe el uso de celulares en establecimientos educacionales ha obligado a las comunidades escolares a ajustar sus rutinas. La normativa no establece una única forma de implementación, por lo que cada colegio ha definido sus propios mecanismos, en muchos casos apostando por la autorregulación más que por la prohibición absoluta.
La recomendación constante de contenidos, la homogeneización de las experiencias y la dificultad para tomar decisiones propias ha hecho que estos dispositivos permitan recuperar cierto control.
En ese contexto, la dinámica dentro de las salas de clases comienza a cambiar. Menos interrupciones, menos distracciones, mayor atención. Pero ese mismo proceso ha abierto un espacio para otras prácticas tecnológicas.
En una tienda ubicada a la salida del Metro Los Leones, el fenómeno se traduce en ventas. El vendedor de ZuTech asegura que la demanda por reproductores de música se ha disparado desde la aprobación de la ley. Confiesa que vende todos los días, a pesar de la alta competencia del sector. Hoy, en cambio, las consultas son cada vez más constantes por estos aparatos.
“Todos los días preguntan”, dice. En muchos casos, quienes compran son padres que buscan estos dispositivos para sus hijos. Los precios varían según las características: desde $ 20.000 en modelos más completos, con pantalla táctil y conexión bluetooth, hasta versiones más simples, que pueden costar desde los $ 5.000.
El mercado también se extiende a plataformas de segunda mano, donde circulan dispositivos antiguos, incluso de época, a distintos precios. Aparatos que durante años permanecieron guardados, hoy vuelven a adquirir valor.
El vendedor agrega que estos productos ya tenían cierta demanda antes de la ley, principalmente entre adultos que los utilizaban para hacer deporte sin exponerse al robo del celular. Sin embargo, lo que ocurre ahora tiene un perfil distinto: la demanda proviene mayoritariamente del mundo escolar.
En paralelo, el resurgimiento de las cámaras digitales también empieza a hacerse visible. En un entorno dominado por smartphones con cámaras de alta gama y herramientas de edición integradas, su retorno podría parecer contradictorio. Sin embargo, distintos factores explican este fenómeno.
Uno de ellos es la búsqueda de una experiencia más enfocada. A diferencia del celular, donde la cámara convive con notificaciones, mensajes y aplicaciones, las cámaras digitales ofrecen un uso más directo. No hay interrupciones. Solo el dispositivo y la imagen.
Esa simplicidad, según distintos análisis, fomenta una relación más pausada con la fotografía. Menos automática, más intencionada. Un contraste con la lógica de captura rápida y constante del smartphone.
A eso se suma una dimensión estética. Las cámaras digitales compactas de los años 2000 producen imágenes con características específicas: texturas granuladas, contrastes marcados, uso intensivo del flash. Una estética que ha ganado popularidad en redes sociales como Instagram y TikTok, donde circulan imágenes que buscan precisamente ese efecto “imperfecto”.
El fenómeno no se limita a la nostalgia. También responde a una búsqueda por diferenciarse en un entorno donde las imágenes tienden a homogenizarse. En ese sentido, estos dispositivos ofrecen una alternativa.
Otro factor es la creación de contenido. Aunque los smartphones siguen siendo predominantes, las cámaras digitales han ganado espacio entre creadores que buscan mayor control sobre la imagen y el sonido. Sin embargo, en el caso escolar, su uso parece responder más a una lógica estética y experiencial que profesional.
Nostalgia y búsqueda de identidad
Para Raimundo Frei, académico de la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales, el fenómeno debe entenderse como una práctica emergente. “Se está viendo y escuchando en el ambiente juvenil”, señala, aunque advierte que aún es temprano para hablar de una tendencia consolidada.
Uno de los factores más evidentes es la propia ley. “Activó una conversación sobre cómo desconectarse”, explica. En ese contexto, los jóvenes no solo cumplen la norma, sino que la reinterpretan. Buscan formas de adaptarse que, al mismo tiempo, les permitan mantener ciertos hábitos.
Pero hay elementos más profundos. Frei plantea que estos dispositivos nunca desaparecen completamente. “No están muertos del todo”, dice. Al igual que los vinilos o los casetes, permanecen disponibles y pueden ser reapropiados por nuevas generaciones.
Esa reapropiación no es neutra. Está cargada de significados. Por un lado, hay una dimensión de nostalgia material, incluso en quienes no vivieron directamente esa época. Y, por otro, existe una búsqueda de experiencias distintas a las que ofrece el ecosistema digital actual.
En particular, Frei identifica un cierto cansancio frente a la lógica del algoritmo. La recomendación constante de contenidos, la homogeneización de las experiencias, la dificultad para tomar decisiones propias. En ese contexto, estos dispositivos permiten recuperar cierto control.
“Te permiten elegir más, tener más creatividad, ser uno mismo”, afirma. Obligan a tomar decisiones: qué escuchar, cómo organizar la música, cuándo consumir contenido. Y en ese proceso generan una relación más activa.
También permiten diferenciarse. En un entorno donde gran parte de las prácticas tecnológicas son similares, el uso de estos dispositivos introduce una marca distintiva. No es solo el objeto, sino lo que representa.
Esa diferenciación, sin embargo, no es solo individual. Se vuelve colectiva. Los dispositivos circulan, se muestran, se comentan. Se genera una estética compartida que se expande rápidamente, en parte, por la velocidad con que las tendencias se difunden en redes sociales.
Aun así, Frei es cauteloso. No habla de una nueva identidad generacional. “Son prácticas concretas que se van expandiendo”, señala.
Desde la mirada de la doctora Beatriz Revuelta, directora de Sociología de la Universidad Central, el fenómeno también puede interpretarse como una forma de resistencia. No necesariamente explícita, pero sí significativa.
En los patios y salas de clases la escena comienza a cambiar. No hay un abandono del smartphone, pero sí una redistribución de su uso. En su lugar, emergen dispositivos que operan bajo otras lógicas.
“Hay un cansancio respecto de la hiperconectividad y la presión de las redes sociales”, explica. Un desgaste que empuja a algunos jóvenes a buscar alternativas menos invasivas, menos demandantes.
En ese sentido, estos dispositivos funcionan como refugios tecnológicos. No generan la misma carga de estímulos ni la misma presión por estar conectados de forma permanente. “Son objetos más simples, menos saturados”, señala.
Revuelta advierte que se trata de una tendencia acotada. No cree que se masifique ni que desplace a las tecnologías actuales. Más bien, la sitúa en grupos específicos de jóvenes que buscan diferenciarse o explorar otras formas de consumo cultural. Aun así, destaca su valor simbólico. “No se consumen solo por utilidad, sino porque representan algo distinto”, afirma. Una forma de construir identidad en un entorno altamente estandarizado.
En paralelo, el sistema educativo continúa en proceso de adaptación. La implementación de la ley sigue generando ajustes y dudas, mientras las comunidades escolares buscan equilibrar regulación y formación.
Desde la investigación, el impacto de la reducción del uso de dispositivos tiene respaldo. La directora académica del Magíster en Neurociencias de la Educación de la Universidad Mayor, Verónica Pantoja, explica que la multitarea digital afecta la capacidad de aprendizaje. Alternar entre el celular y la clase disminuye los recursos cognitivos disponibles para procesar información. “El cerebro no puede realizar multitarea compleja”, afirma.
El proceso de adaptación, sin embargo, puede generar inquietud en las primeras semanas. Una especie de “abstinencia digital” que, según explica, tiende a ser temporal.
En ese contexto, la aparición de dispositivos como reproductores de música o cámaras digitales no implica necesariamente una contradicción con los objetivos de la ley. Más bien, introduce una forma distinta de relación con la tecnología.
En los patios y salas de clases la escena comienza a cambiar. No hay un abandono del smartphone, pero sí una redistribución de su uso. En ciertos espacios, pierde centralidad. En su lugar, emergen dispositivos que operan bajo otras lógicas. Más limitadas, pero también más controladas. Escuchar música sin interrupciones, tomar fotografías sin edición inmediata, esperar para acceder a contenidos.
Para una generación acostumbrada a la inmediatez, esa espera no es solo una limitación. Es, en muchos casos, parte del atractivo. Y en ese gesto de volver a usar dispositivos que parecían olvidados se abre una forma distinta de habitar la tecnología. Una que no elimina lo digital, pero que introduce pausas, decisiones y, sobre todo, una experiencia menos mediada por la urgencia de estar siempre conectado.
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