Columna del general manager del Banco de Pagos Internacionales: “Los desafíos a los que se enfrenta la economía global demandan disciplina en la conducción de las políticas económicas ”
En el Informe Económico Anual del Banco de Pagos Internacionales se profundizan en los desafíos de la economía mundial.
La economía global ha mostrado un elevado grado de resiliencia en los últimos años. Sin embargo, distintas vulnerabilidades condicionan el entorno económico mundial actual y plantean retos significativos para los bancos centrales y el resto de las autoridades responsables de política económica.
En el Informe Económico Anual del Banco de Pagos Internacionales profundizamos en cuatro de estos desafíos: el reciente repunte de la inflación, el optimismo asociado al impacto de la inteligencia artificial (IA), el incremento de la deuda pública y las vulnerabilidades asociadas al aumento de la financiación no bancaria.
En primer lugar, la inflación ha repuntado como consecuencia del impacto del conflicto en Oriente Medio. El cierre del estrecho de Ormuz ha provocado disrupciones en la provisión de energía y de otras materias primas y elevado sus precios. La cuestión es si este incremento inicial de la inflación puede mostrar mayor grado de persistencia. De un lado, el recuerdo de la espiral inflacionista tras la pandemia podría provocar una mayor sensibilidad y una reacción más enérgica de las empresas y los hogares ante este nuevo episodio inflacionistas. No obstante, la holgura del mercado laboral es hoy mayor y los niveles de los tipos de interés son superiores a los existentes en 2021, lo que podría facilitar una menor persistencia del incremento de la inflación.
En segundo lugar, la inteligencia artificial representa el avance tecnológico con mayor poder de transformación de nuestra generación. Promete aumentos de productividad que podrían impulsar el crecimiento económico de largo plazo. Sin embargo, también podría acarrear pérdidas de empleo que moderarían el consumo, restringirían la capacidad de innovación y, en última instancia, limitarían el crecimiento.
En el corto plazo, el optimismo en torno a la inteligencia artificial ha impulsado ya un aumento muy significativo de la inversión y de las valoraciones bursátiles. Sin embargo, en el pasado, algunas innovaciones tecnológicas han venido acompañadas de fenómenos especulativos, como fue el caso de la “fiebre ferroviaria” de la década de 1840 y de la burbuja puntocom de los años noventa. Si las expectativas sobre los elevados rendimientos esperados de la inteligencia artificial no se materializan, podría producirse una corrección abrupta con potenciales efectos macroeconómicos y financieros significativos. Un riesgo que se ha intensificado ante el aumento del endeudamiento de las empresas del sector.
El tercer reto es el relativo a la elevada deuda pública. Sus niveles actuales se encuentran cerca de los máximos desde la Segunda Guerra Mundial en muchas economías avanzadas y emergentes. Su incremento está asociado, en parte, a la necesidad de implementar políticas fiscales expansivas para paliar el efecto negativo sobre los hogares y las empresas de las sucesivas perturbaciones negativas ocurridas en los últimos años. Pero también es consecuencia de la ausencia de consolidación fiscal en las fases alcistas del ciclo económico.
En cuarto lugar, en el ámbito financiero se identifican vulnerabilidades asociadas con los elevados precios de los activos (que, de nuevo, reflejan expectativas muy favorables sobre la rentabilidad de los desarrollos de la inteligencia artificial) y con el incremento de la importancia de la intermediación financiera no bancaria.
En particular, los denominados ¨hedge funds¨ han adquirido un papel muy relevante en los mercados de deuda soberana y se han convertido en tenedores importantes de deuda pública, especialmente en las principales economías avanzadas. Estas instituciones presentan un elevado apalancamiento y una dependencia significativa de la financiación a corto plazo, que incrementa la fragilidad del sistema.
Existe el riesgo de que, en determinados contextos, estos cuatro retos se retroalimenten entre sí. En particular, una evolución más negativa de los resultados de las empresas tecnológicas que la esperada por los mercados o un incremento de los tipos de interés asociado a una mayor preocupación por la sostenibilidad de las finanzas públicas, podría provocar una corrección brusca de los precios de los activos y un endurecimiento de las condiciones financieras. La mayor presencia de entidades no bancarias podría generar, a su vez, una propagación más rápida de estos efectos a escala global.
En este contexto, se imponen tres prioridades de política económica. En primer lugar, los bancos centrales deben priorizar el cumplimiento de su misión de garantizar la estabilidad de precios con el objetivo de mantener ancladas las expectativas de inflación y estabilizar los tipos de interés a largo plazo y, de esta forma, preservar el poder adquisitivo de los hogares y las empresas. Por su parte, las intervenciones de los bancos centrales, necesarias para estabilizar los mercados en episodios de tensión financiera, deben diseñarse cuidadosamente para que sean temporales y acotadas, con el fin de evitar incentivos a comportamientos irresponsables.
En segundo lugar, la política presupuestaria debe aprovechar las épocas de bonanza económica para consolidar las finanzas públicas y, de esta forma, garantizar su sostenibilidad y generar espacio de maniobra para hacer frente a perturbaciones adversas. La composición del ajuste es también importante: se debe buscar que sea lo más favorable al crecimiento económico.
Finalmente, la regulación financiera debe diseñarse de manera que se apliquen estándares internacionales igualmente estrictos a riesgos similares, con independencia de que estos riesgos se originen en entidades bancarias o en instituciones financieras no bancarias, de modo que se asegure la estabilidad financiera más allá del perímetro bancario. La cooperación internacional en la definición de estos estándares resulta crucial.
En resumen, sentar las bases de una economía mundial más estable y resiliente, exige políticas públicas que permitan afrontar los riesgos asociados a los avances en la IA, el incremento de la inflación, la elevada deuda pública y el aumento de las vulnerabilidades financieras. Abordar estos retos requiere una actuación decisiva de las políticas monetarias, fiscales y regulatorias, así como una cooperación internacional continuada. Un retraso en la implementación de estas políticas podría aumentar el riesgo de tener que tomar decisiones más difíciles en el futuro.
Por Pablo Hernández de Cos, General manager del Banco de Pagos Internacionales (BIS)
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