Opinión

La odisea de la reforma de pensiones, ¿podrá llegar a buen puerto su implementación?

Andres Perez

Tras más de una década de debate previsional y tras dos años de tramitación legislativa, Chile logró aprobar recién en 2025 una reforma estructural al sistema de pensiones. Como el mítico viaje de Odiseo, la reforma sale al mar luego de la batalla de Troya y esperamos llegue en forma a Ítaca y que se traduzca en una mejora en las pensiones de los chilenos, pero para ello es necesario un plan correcto de implementación, porque los desafíos, los monstruos y los dioses seguirán siendo parte de la ecuación.

Un cambio de estructura fundamental son los fondos generacionales, que reemplazarán los actuales multifondos A, B, C, D y E. Si bien este cambio representa un avance en la gestión del ahorro previsional, su impacto positivo dependerá mucho más de cómo se regule, se implemente y supervise que del cambio de modelo en sí mismo.

Los fondos generacionales permiten que el foco de la gestión se mueva desde el saldo acumulado a la pensión proyectada, mientras que los afiliados se asignarán automáticamente a carteras de inversión según su edad y horizonte de jubilación, reduciendo la capacidad de elegir el nivel de riesgo. Esto responde a la lógica que estaba detrás del diseño de los fondos por defecto, esto es que los trabajadores jóvenes pueden asumir más riesgo porque su principal activo es su capital humano (ingresos futuros), mientras que quienes están cerca de jubilar deben tener una exposición más conservadora.

Uno de los desafíos clave para el éxito del nuevo sistema es una transición ordenada desde los multifondos, que sea gradual y flexible para evitar que los cambios de cartera generen pérdidas de valor, problemas de liquidez o distorsiones en los mercados financieros.

Otro punto importante es el diseño de incentivos adecuados, ya que el nuevo esquema incorpora premios y castigos según el desempeño frente a una cartera de referencia. Pero si las exigencias son demasiado estrictas, las AFP podrían limitarse a replicar el benchmark y reducir la gestión activa que podría generar mayores retornos de largo plazo; a su vez, si es demasiado laxo, se elimina el rol disciplinador que sí se esperaría que tuviera.

También este nuevo sistema debe contemplar una comunicación efectiva a los afiliados. La información no debería centrarse en la rentabilidad o el saldo acumulado, sino en la pensión proyectada, la probabilidad de insuficiencia y los riesgos que afectan el ingreso futuro durante la jubilación. Es crítica una adecuada comprensión de los objetivos detrás de este cambio.

Se debe considerar la flexibilidad ante escenarios de crisis. El nuevo régimen debe contemplar el diseño de mecanismos que permitan enfrentar este tipo de escenarios. Postergando rebalanceos o ampliando temporalmente los márgenes de desviación cuando existan situaciones extremas de mercado, evitando ventas forzadas que perjudiquen a los afiliados, y dando espacio a reevaluar la estrategia de largo plazo tras un ajuste brusco en el mercado.

El éxito del nuevo régimen debe evaluarse por su capacidad de generar mejores pensiones y no solo por el cumplimiento de indicadores financieros o comparaciones de rentabilidad entre administradoras.

Estamos ante un cambio de estructura que a diferencia de Odiseo no puede someterse a la improvisación y contar con el favor de los dioses. Requiere de una implementación clara, ordenada, flexible y transparente.

*Los autores de la columna son académicos de la Escuela de Negocios Universidad Adolfo Ibáñez (UAI)

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